Miguel Alvarado
Toluca, México; 26 de septiembre de 2020. La infiltración es una práctica común y más enraizada de lo que se acepta. Movimientos sociales opuestos al gobierno y a los megaproyectos que impulsa junto con empresas privadas han sido identificados hace años como obstáculos para el desarrollo de México, y tanto lo son para esas instancias que el desaparecido Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), los consideró oficialmente una amenaza para la Seguridad Nacional.
La política de represión también fue justificada en la Agenda Nacional de Riesgos (ANR) de 2014, un documento que después fue clasificado como confidencial por doce años, pero en el que se consignan los nombres de las organizaciones indeseables y el proceso de espionaje, hostigamiento y persecución al que han sido sometidos sus militantes. Junto a ellos, junto a estos indeseables del sistema –los “macheteros” de San Salvador Atenco, los profesores rebeldes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), o los miembros del extinto Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), por ejemplo– aparecen los estudiantes de las normales rurales.
La “Agenda de 2015 revela que la movilización social se ha convertido en el segundo tema de importancia para el gobierno de Peña Nieto, sólo por debajo de la ‘delincuencia organizada’”, según se lee en una investigación de Érika Ramírez para la revista Contralínea, y en la que Martín Esparza Flores, exsecretario general del SME, advierte que para acabar con un movimiento, “[…] primero se meten, lo dividen, criminalizan, y cuando ven el momento ocupan la fuerza del Estado. Recientemente vimos Nochixtlán, vimos la desaparición de los 43 normalistas, mineros asesinados, electricistas golpeados […]”.
A los insurrectos y a sus agrupaciones el Estado les hace lo mismo. El oficio de la infiltración es practicado, sobre todo, por los jefes y dirigentes.
Ese camino de sombras lo recorrieron líderes estudiantiles de Ayotzinapa. Uno de ellos, en diciembre del 2014, afirmaba públicamente que no descansaría hasta que los responsables de las desapariciones estuvieran presos y sus compañeros presentados con vida. Pero las cosas cambiarían, y tres años más tarde ese mismo líder estrecharía la mano de Aurelio Nuño Mayer, entonces secretario federal de Educación, dando a entender con ese gesto que la normal rural había formulado acuerdos, a pesar de que ya no la representaba. Esa fue una de las primeras acciones visibles que señalaban al exsecretario general de Ayotzinapa, David Flores Maldonado, como un personaje al que no había que perder de vista.
Los luchadores sociales saben, porque ese conocimiento lo han pagado con la vida de compañeros y familiares, que es inevitable convivir con agentes dobles, comer con ellos, e incluso hacer una vida en común donde se comparte casi todo. Están tan bien camuflados que hasta relaciones amorosas entretejen. Y aunque se termina por identificarlos, eso casi siempre sucede cuando todo está perdido. Movimientos armados enteros, como la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), en el brutal Guerrero de los años noventas del siglo pasado, sucumbieron cuando esa penetración dejó al descubierto ubicaciones, estrategias y fisuras que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) aprovechó para disolverlos desde el razonamiento de la metralla, en la comunidad de El Charco. Ahí, en la montaña, el 7 de junio de 1998, murieron al menos once personas que se habían reunido para discutir, entre otras cosas, un plan de protesta contra la negativa del gobierno estatal para hacer efectivos algunos programas comunitarios.
Así como los universitarios de esa década transitaron por la misma vía que condujo a la matanza de Tlatelolco en 1968, las normales rurales fueron infiltradas para hacerlas parecer perniciosas, como sucedió con la de El Mexe, en Hidalgo, donde uno de sus dirigentes, El Pantera, organizó secuestros de camiones sin que mediara ningún motivo. Esa fue la excusa para cerrar esa normal en 2005, después de enfrentamientos entre estudiantes y granaderos. Negociaciones posteriores con las autoridades adelantaron su clausura y con ella todos perdieron, aunque El Pantera encontró trabajo en la Secretaría de Gobierno de Hidalgo, cobijado por el exsecretario federal de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. La normal del Mexe cayó en la trampa y ha sido imposible reabrirla. Casos similares se presentaron en la escuela de Tenería, en el Estado de México y en la normal de El Quinto, en Sonora.
Ayotzinapa se encuentra en el violento municipio de Tixtla, y a espaldas de la normal, a menos de veinte minutos, se alza Chilpancingo, la capital guerrerense, disputada por los feroces cárteles de la Sierra Unida Revolucionaria (SUR), la Bandera o lo que queda de los Guerreros Unidos, los Ardillos y los Rojos. La presencia de los sicariatos puede registrarse de todas las maneras posibles. En el contexto del levantamiento de los estudiantes de Ayotzinapa, estudios realizados en el 2015 por el Índice de Paz clasificaron a Guerrero como el estado más peligroso, y a su capital, de apenas 247 731 habitantes, como la segunda ciudad de México con más homicidios y delitos violentos, apenas detrás de la ciudad de Culiacán, en Sinaloa.
Acapulco y el mar, a poco más de una hora y media cuando mucho de Ayotzinapa, terminan de cerrar el paso a los normalistas. El puerto turístico más importante y famoso del país, también fue la ciudad más peligrosa de México hasta el 2015, como algunas mediciones lo clasificaron, pero también fue la cuarta a nivel mundial, detrás de Caracas, Venezuela; San Pedro Sula, Honduras, y la capital de El Salvador, “con una tasa de 104.73 asesinatos”. En 2020 otras clasificaciones fueron más benevolentes y apenas le concedieron el séptimo puesto del planeta.
Pero si los municipios que rodean a Ayotzinapa espantan, Tixtla resulta ser de los más salvajes. A cinco minutos de las puertas de la normal, con 37 300 habitantes y una iglesia en cada uno de sus barrios, es el contexto social inmediato de la Isidro Burgos. Ciudad de nadie, tiene su particular toque de queda, el cual comienza una hora antes de la medianoche. En ese momento, con casi todos alejados de las calles, sicarios y halcones se dejan ver como dueños absolutos de la población, y desde tiendas y talleres mecánicos controlados por los cárteles vigilan el paso de personas y vehículos. Tixtla, histórica porque fue capital del estado en algún momento del siglo XIX, pero también porque allí nacieron Vicente Guerrero, el segundo presidente en la historia de México, e Ignacio Manuel Altamirano, muestra las caras de una moneda cuyo valor efectivo es el terror. De día es pujante y comercial, aunque amenazada por secuestros y ejecuciones. De noche se torna callada, silenciosa, casi muerta, copada por las garras del crimen organizado.
Antes de llegar a Ayotzinapa se atraviesa Iguala en el camino. En esta ciudad, la noche del 26 de septiembre murieron algunos de los normalistas levantados, y aunque la ciudad guardó el secreto durante seis años, ahora las puertas de las casas de seguridad se han abierto para que pueda verse lo que pasó esa noche. Lo mismo ha sucedido con las fosas clandestinas localizadas hasta ahora, que desde sus bocas tenebrosas narran lo inverosímil de una Iguala que no es lo que parece y que siempre ha ido mucho peor.
Iguala no sólo fue escenario del levantamiento de los estudiantes de la normal, ya que esa noche, al menos otras cuarenta personas fueron ejecutadas en sus calles cuando sicarios de los Guerreros Unidos y los Rojos se enfrentaron en una batalla que fue ocultada por el gobierno de Guerrero y borrada de las investigaciones, a pesar de que pistoleros participantes en esa guerra la narraron en sus declaraciones, cuando fueron detenidos.
En Iguala, antigua población de Yohualcehuatl, voz náhuatl que quiere decir “Donde serena la noche”, se encuentran los acantonamientos del 41 Batallón de Infantería y del tenebroso 27 Batallón de Infantería, que participaron tenaces la noche de los levantamientos. Es la tercera ciudad en importancia de Guerrero y su economía la dicta la actividad narco-minera.
Sus comercios abastecen de insumos a la Torex Gold Resources, propietaria del megaproyecto aurífero de la Media Luna, en Cocula, también a la minera Equinox, que opera el proyecto de Los Filos, entre otras. Y precisamente en Cocula se encuentra la segunda mina de oro más productiva del país. Muy lejos está Yohualcehuatl de ser el sitio “Donde serena la noche”, pues ahí el narcotráfico y el ejército mexicano lo controlan todo, y por lo mismo ha logrado consolidarse el dominio de estas mineras depredadoras.
Juntas, Equinox y Torex, apoyadas por sus subsidiarias, dominan regiones enteras en las que apenas sobreviven pueblos como Carrizalillo, devastados por la extracción a cielo abierto y vigilados por grupos paramilitares. Como si no fuera suficiente, Iguala fue designada sede de un clúster minero enclavado en el desarrollo industrial Tecnopolo que incorporará en poco tiempo a siete mega extractoras. Los dos mil millones de dólares en inversiones que se aplicaron durante 2018 y 2019, además de la fuerza imparable que resultará de esa alianza unificadora de mineras, resultan atractivos por donde quiera que se les vea, incluso si se considera la devastación que también se producirá, y cuyas consecuencias serán las migraciones forzadas, el traslado brutal de riquezas minerales a otros países y la conformación de cuerpos paramilitares cuya misión es desplazar poblaciones para apropiarse de las tierras abandonadas. Si se suman, los resultados configuran una guerra que afecta a todo el estado y a la cual se oponen luchadores sociales, que por eso se convierten en los primeros objetivos que debe eliminar el crimen organizado.
Una larga lista de líderes engrosa los números de asesinados y desaparecidos, como el caso del jefe de la Unidad Popular de Iguala (UPI), Arturo Hernández Cardona, ultimado en 2013, suceso muy ligado a la tragedia de Ayotzinapa. Los cerros que rodean la ciudad, conocidos como El Cielo de Iguala, están repletos de cadáveres sin identidad que atestiguan la violencia extrema.
Lo que las extractoras hacen en el Cinturón del Oro se observa a simple vista desde la carretera Iguala-Acapulco, e incluso desde los límites de Tixtla. A menos de setenta kilómetros de Chilpancingo se puede constatar el avance de la mina de Los Filos sobre los cerros en los que extiende su devastación, en forma de una mancha café.
Para obtener un gramo del oro en polvo que ahí se localiza, se debe triturar una tonelada de tierra. El proceso exige el uso de arsénico y cianuro, sustancias que se vierten después en los mantos freáticos, por lo que contaminan para siempre la tierra que tocan. Pero la riqueza que se obtiene es fabulosa. No en balde, la mina de Los Filos repartía cada año hasta 55 millones de pesos entre los campesinos del pueblo de Carrizalillo como pago por rentas y otros servicios porque la ganancia de la compañía hasta 2011 superaba los cuatro mil millones de pesos.
La mina de Los Filos ha resultado algo más que un negocio entre mineras. En 2005 se descubrió ahí una reserva por sesenta millones de toneladas de oro, para extraerse en los siguientes veinte años. Maribel Castilleja Vázquez, asistente de la Gerencia Técnica del proyecto aseguró que la inversión total sería de mil millones de dólares para esa región.
Con todo, Carrizalillo es un enigma que se cuece aparte. Para ese pueblo los mil millones de dólares anunciados apenas han significado cualquier cosa menos bonanza o progreso, y a 14 años de iniciados los trabajos, lamenta haber confiado en una extractora. Los secretos que oculta esa comunidad rebasan cualquier cosa imaginable, y por ahora los protege gracias a la ayuda que las minas han recibido de las fuerzas de seguridad pública y de grupos paramilitares.
El Cinturón del Oro explica parte del asedio contra la normal de Ayotzinapa, aunque la razón de fondo por la que el gobierno mexicano la considera una amenaza es el activismo de sus estudiantes. Conflictos por agua, narcotráfico, abuso de autoridades, comunidades desarraigadas, las mineras y la depredación de recursos naturales, así como la aparición de autodefensas en los pueblos más acosados, hicieron de la normal el punto de reunión de toda la rabia y el descontento de Guerrero y del país entero.
Desde el sexenio del presidente emanado del Partido Acción Nacional (PAN), Vicente Fox, se ha practicado un genocidio desde la extracción de minerales y la explotación indiscriminada de recursos naturales disfrazado de una supuesta guerra contra el narcotráfico. Eso causó la muerte de más de 199 mil 792 personas en apenas doce años, en el periodo que va del sexenio del panista Felipe Calderón al del priista Enrique Peña Nieto. Pero aún hoy, el gobierno de la Cuarta T protege los intereses de las mineras extractoras a pesar de que la entrega de concesiones ha bajado significativamente. Pero una cosa es detener las concesiones y otra marcar alto a la actividad.
¿Qué es entonces Ayotzinapa? ¿Qué significan para la escuela los siniestros apodos del Parca o el Eterno? ¿Cómo se defiende del asedio de los cárteles de la droga? ¿Quién o quiénes torturaron, desollaron y ejecutaron al estudiante Julio César Mondragón? ¿Cómo pudo ser identificarlo, entre tantos que corrían, en la noche cerrada de Iguala, y llevárselo sin más? ¿Por qué el alumno sobreviviente, Omar García, afirma que a Julio lo mataron porque tuvo el valor de escupir a la cara de sus captores? ¿Cómo pudo enterarse de eso? ¿Había droga en uno de los camiones que secuestraron los de Ayotzinapa al entrar a la terminal de Iguala? ¿Qué está haciendo el ejército con los habitantes de Guerrero? ¿Qué esconde el pueblo de Carrizalillo, en territorio de la minera canadiense Equinox?
Ayotzinapa es un vocablo náhuatl que significa “El lugar de las tortugas”, y por eso ese animal es símbolo de la Isidro Burgos, que haciéndole honor, a paso lento pero incansable, ha tratado durante los últimos años de recomponerse de yerros y traiciones. Por encima de Iguala y Chilpancingo, de los líderes estudiantiles corruptos, de los soldados y de los narcotraficantes al acecho, de los políticos asesinos, la única pregunta que en realidad importa, la que todos se han hecho alguna vez y siempre se enfatiza con una mueca sin mensaje, la que tiene que ver con lo sucedido con los jóvenes, con su destino final, para la que sólo había un encogimiento de hombros, ya puede contestarse.
La respuesta no le va a gustar a nadie.



