23 mayo, 2026

El pasillo

El pasillo

Marco Antonio Rodríguez

Bip-bip, bip-bip. Pasa la enfermera con su indiferencia que forma parte del protocolo; con esa prisa que ya no es prisa sino estilo. De su bata cuelga un gafete tan gastado como su paciencia. Junta firmas, pregunta por preguntar, sin quedarse a oír nada, y se lleva las frases a medias embarradas en la espalda. Bip-bip, bip-bip, el respirador terco. Y los pulmones del paciente —impaciente desde hace rato— siguen sin estar listos para dejar el aparato. Una suerte de codependencia. 

Las paredes raspan, las cortinas cobijan. Las ventanas dan una probadita del exterior. El viento que ofrece es un recordatorio constante que afuera se pelean otras batallas. Los colores chillantes de alrededor -en tonos verde apistachado- insisten sin embargo que estamos en un hospital. Bip-bip, bip-bip. Suenan llamados que nadie recoge, como si la enfermera de hacía medio minuto se hubiera vuelto fantasma o se hubiera perdido entre los pasillos del mundo. “Un camillero en infectología”. La voz se pierde entre los enfermos.

La botella de agua, ya vacía, cruje de pronto entre las manos de su verdugo: un veterano profesor de Filosofía que, tras un infarto cerebral, habla de Dios y de comida en la misma frase, como si ambas imágenes apaciguaran un hambre espiritualmente estomacal. Sus ideas se desbordan en una ambigüedad tan incierta como su rostro que no termina de definir si lo que habita ese cuerpo es hartazgo o resignación. Bip-bip, bip-bip. Se queda dormido.

Unas llantas avanzan; es un sonido disparejo. El golpeteo irregular que producen interrumpe por momentos el bip-bip, aunque sin lograr imponerse. En la escena, un hombre sin pelo sostiene con la mano izquierda el tubular del que cuelgan suero y medicamentos; con la derecha se asegura de no dejar ni un pedazo de piel al descubierto y lleva su mano a modo de pinza sobre la parte trasera de esa bata vieja. 

Bip-bip, bip-bip. Va a paso lento pero firme de un lado a otro del cuarto como midiendo el espacio para corroborar que no es más grande de lo que era ayer. Bip-bip, bip-bip. Rara vez se detiene, pero cuando lo hace no descansa: acomoda las mangueras que nacen de su brazo, las desenreda si el caso lo requiere, verifica, vuelve a asegurarlas, y retoma el trayecto.

A lo lejos se distingue el cubrebocas morado de la enfermera fantasma, pero tan pronto da media vuelta su silueta se pierde, otra vez, en un tránsito blanco de iguales donde los rostros se hacen difusos y donde el paso apurado los borra por completo, dejando apenas la huella de una sombra que ya no está. Bip-bip, bip-bip.

Bip-biip-biiip-biiiip-biiiiip-biiiiiip… el sonido, que va creciendo, moviliza a una mujer de blanco hacia la cama 438, donde una “oclusión por burbuja de aire” ha desatado la furia del aparato que no deja ya de sonar. “Es la caja”, dice un hombre. La enfermera asiente y lo repite con más volumen, casi para que llegue a los otros cuartos. Ella sabe que el ruido, que podría significar tragedia en oídos equivocados, es también el sonido de la despedida. De la muerte. 

Bip-bip, bip-bip. Ha vuelto la tranquilidad.

Bip-bip, bip-bip. Unos van, otros vienen. 

Bip-bip, bip-bip. Cada quien se mueve a su ritmo.  

Es la suma de tiempos que no terminan nunca de coincidir. Los enfermos avanzan despacio, midiendo su esfuerzo en pasos cortos, respiraciones inquietas o trayectos que pesan. Los de blanco, en cambio, atraviesan el espacio con prisa, como cortando el aire.

Bip-bip, bip-bip.

Poco a poco el hospital se va apagando y con ello las luces de la habitación. No es silencio sino otra forma de ruido. Más delicado, más atento,  pero también más cansado. 

Bip-bip, bip-bip…

Y así, entre ruido y espera, entre incertidumbre y esperanza; entre aire prestado y silencios inciertos, se va pasando la vida en los pasillos de un hospital cualquiera. Bip-bip, bip-bip.

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