7 marzo, 2026

La sangre de Ayotzinapa

Ciudad de México; 27 de septiembre de 2025
Miguel Alvarado/ texto e imágenes

Esperaron más de media hora al pie del Ángel de la Independencia, en la avenida Reforma de la Ciudad de México, que mandó construir el emperador Maximiliano para que su esposa Carlota paseara y pudiera ir al centro desde el Castillo de Chapultepec. Ahora el Ángel, ordenado por Porfirio Díaz, fue rodeado con murallas de acero clavadas profundamente en el pavimento. No pudo hacerse la verbena de todos los años porque esas escalinatas quedaron canceladas y no había dónde sentarse.
Pasada esa media hora esperaron todavía un poco más hasta que la lluvia comenzó a caer, muy suavemente, pero lo suficiente para empapar profusamente a todos. Los padres y madres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa iban primero en aquella marcha anual de cinco kilómetros hacia el centro de la ciudad, hacia el Zócalo que también había sido convertido en una muralla de acero y silenciosa luz.
Se formaron los padres, que once años de aquel levantamiento forzado y asesinato de los chicos, siguen buscándolos porque no se pueden rendir aunque algunos de estos rastreadores hayan fallecido y otros estén enfermos o confrontados. A esto se le llama desgaste y es una táctica universal que un sitiador, un acosador, implementa para debilitar al enemigo. Eso es lo que ha hecho el gobierno federal de México, primero en la administración del infame e inepto Enrique Peña Nieto, representante de la derecha rancia y corrupta del país. Pasó lo mismo con la administración de Andrés Manuel López Obrador, sometido por las fuerzas armadas y voluntades realmente poderosas, las que realmente gobiernan en México y que se pasaron entre las piernas aquella idea chabacana y hueca que pregonaba el fin de la historia y el inicio de una transformación que se atoró en las cloacas de una izquierda que simula serlo pero que en realidad es la retorcida continuación del salinismo, del peñismo, del calderonismo, del foxismo y por extensión de cada una de esas corrupciones. Ahora la presidenta de México, la morenista Claudia Sheinbaum, no puede hacer otra cosa, porque no quiere y no sabe, que continuar protegiendo al ejército y colabora con ellos y con las fuerzas inamovibles que representan el narco y la oligofrenia de Donald Trump. Entregado el país a un presente desconocido y que todos los días dicta un futuro distinto pero siniestro, la desaparición de los 43 de Ayotzinapa se ha molido lentamente hasta convertirla en un minúsculo grano de algo cuya importancia ya no se comprende de la misma manera que hace una década. Ahora la orden para las granjas de bots que medran en las redes sociales es criminalizarlos, silenciarlos, desintegrarlos y hacer el vacío a todos aquellos que traten de dar una versión distinta a la del gobierno federal. Para eso tienen de su lado a los verdaderos infiltrados en la normal, encabezados por el diputado federal plurinominal Manuel Vázquez Arellano, que arrastra su lengua y sus palabras por los pasillos del Congreso acatando las órdenes que debe llevar a cabo, junto a funcionarios como Omar García Harfuch, que llegará a ser presidente de México si continúa encubriendo al ejército y al general Salvador Cienfuegos.

Por eso esta onceava marcha, disminuida desde el comienzo por el cierre deliberado de calles que impidió que casi la mitad de los participantes llegara, es importante. Se trata de preservar la memoria y que desde su silencio suene tan fuerte como un disparo. Se trata unir y reunir voluntades, de evitar que el ejército siga desapareciendo y que el gobierno, ya sea la rancia derecha o la falsa izquierda, gobiernen como el crimen organizado que son en realidad. Se trata de exigir que el ejército entregue los expedientes que faltan por revisar.
Entonces los cinco mil que se han reunido a los pies del Ángel tullido que ahora es el tal monumento a la Independencia, inician la marcha. Primero los padres y después los alumnos y ex alumnos de la normal.

Los siguen decenas de organizaciones y voluntarios de todas las edades y condiciones. A lo largo de los cinco kilómetros que durará ese recorrido se gritará y se cantará con rabia, con la misma rabia que la primera vez, cuando cerca de un millón de indignados salieron a mentarle la madre a Peña Nieto, a patear la cabeza de una enorme piñata que lo representaba como el guiñapo que siempre fue. En 2014 las pintas crucificaban a Peña y lo enviaban directo al exilio del infierno. Chingas a tu madre, le decían, burlándose desde la miseria que era el país hace once años
Hoy, que ha llegado la transformación y que la artificial izquierda va dando un traspiés tras otro, la historia de las pintas y las mentadas se repite. Se gritan las mismas consignas pero ahora los nombres de Andrés Manuel y Claudia han sustituido al de Enrique. Quiere decir mucho que los muros de camino al Zócalo digan que Claudia miente y que los normalistas de todas las escuelas canten a gritos que el gobierno miente y que todo sigue igual.

La lluvia cae con mediana fuerza a mitad del recorrido, durante una media hora y conseguirá que quienes venden impermeables regresen felices de la marcha. Pero esa agua es apenas una anécdota prescindible.
Al llegar al Zócalo ya ha anochecido y las luces del Palacio Nacional están encendidas. Amarillas y frías, esas luces alcanzan a iluminar la reunión que cada vez se hace más grande. Los siete mil asistentes que ahora son escucharán a Melitón Ortega, el habitual representante de los padres de los 43, que a voz en cuello informa que el gobierno federal ha impedido la construcción del pódium desde el que los familiares dan mensajes e información. Esta vez no hay tal y los posicionamientos tendrán que darse a ras de suelo. Ortega y los padres no se amilanan y recalcan que Sheinbaum o alguien ordenó el cierre de los andadores con barreras de piedra para dificultar el paso de la marcha. Lo más grave es que, nuevamente, la investigación está empantanada y el gobierno no quiere obligar al ejército a entregar los 800 folios que faltan por escudriñar. Qué contienen, nadie sabe o nadie lo dice, pero no hay manera de avanzar. La protección al ejército es descarada y muestra deslealtad a los oprimidos.
Así, enojados y tristes, los de Ayotzinapa terminan aquella reunión. Enfrente de ellos, hasta el fondo de la plaza central, el Bloque Negro ha conseguido replegar a los cuerpos de granaderos, desplegados en calles aledañas del centro, listos para intervenir por cualquier cosa. Ahora los polis bailan la epiléptica danza del fuego y la pólvora cada vez que alguien les arroja un petardo, que estalla con furia multiplicando en el eco de los edificios la fuerza de la explosión.

Los polis han retrocedido sin atacar al Bloque Negro, que ejecuta con precisión esa operación contra los antimotines. Los polis bailan con las botas quemadas por las efímeras llamaradas hasta que la reunión frente al Palacio termina. Se viene otro año de lucha y resistencia, de denuncias y descubrimientos, de exigencias pero también de negativas por parte de Sheinbaum, que ha aprendido a nadar de muertito en la sangre de Ayotzinapa.

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