20 enero, 2026

¡Es y sigue siendo el Estado!

Omeapa, Guerrero; 26 de septiembre de 2025

Eduardo Sánchez Encarnación

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Viernes 26 de septiembre de 2014. Eran las 20:30. Estábamos a punto de culminar la penúltima clase del Módulo 3 de la Maestría en Derechos Humanos y de la Naturaleza, posgrado que había iniciado en mayo de aquel año. En aquella ocasión el maestro en turno formaba parte de la Comisión de Atención a Víctimas y a esa hora estábamos ultimando detalles para terminar un trabajo final que se entregaría al día siguiente. La mayoría tomaba nota y preparaba mentalmente su documento, que debía realizarse en el transcurso de la noche.

De pronto el celular de uno de nuestros compañeros, adscrito a la Comisión de Derechos Humanos de la Zona Norte y oriundo de esa región, comenzó a sonar. Él vio el mensaje que le había llegado y pude visibilizar un ceño de preocupación y angustia en él. Con cierto nerviosismo se acercó al titular de la clase para solicitar un permiso ante la gravedad del asunto que, vía telefónica, le habían informado. Sin mediar explicación y ante la sorpresa del alumnado, salió con paso apresurado de las instalaciones.

A las 21:10 salimos del aula de Maestría y en las escaleras que conducen hacia la planta baja pregunté a dos compañeros de clase, uno de ellos perteneciente a la Comisión de Derechos Humanos, y otro en la plantilla del gobierno de Guerrero, por lo que había pasado.

“Un problema con unos muchachos en Iguala”, fue la respuesta. Luego, todos apresuramos el paso porque teníamos ante nosotros la tarea que debíamos entregar al día siguiente.

22:15. Tixtla, Guerrero. El auto habilitado para vocear e informar a la población circulaba en distintas calles difundiendo que los estudiantes de la normal de Ayotzinapa nuevamente eran reprimidos en algún lugar del estado, por lo que se solicitaba el apoyo de la población, grupos solidarios y la presencia de familiares y egresados de la escuela. Inmediatamente comenzamos a tejer redes de comunicación para actuar en consecuencia. Estábamos lejos de imaginar la magnitud del Crimen de Estado”.

2

Sábado 27 de septiembre de 2014. 11 de la mañana. A esta hora se informaba de tres estudiantes asesinados en Iguala y la posible detención de algunos más. Nos presentamos entonces a las instalaciones de la escuela de Ayotzinapa, que estaba repleta de madres y padres de familia que, desesperados, buscaban a sus hijos o por lo menos un poco de información acerca de su paradero. El poco alumnado que había disponible se había dado a la tarea de salir en la busca de sus compañeros, por lo que había un vacío de organización. Todos hacían lo que, en un ambiente de desesperación, se podía hacer. Previamente, esa mañana, ya se había entablado comunicación con los camaradas de la Comisión de Derechos Humanos que apoyaban con información que iba surgiendo al momento.

Fue un golpe duro ver ahí a los padres y a las madres, algunos de ellos familiares y vecinos. Compartimos los números de los estudiantes desaparecidos e intentamos llamarles en innumerables ocasiones, pero nadie logró el objetivo. Los celulares estaban inactivos.

Ante el caos comenzamos a elaborar algunas de las primeras listas de desaparecidos y las compartimos con los camaradas que se encontraban en Iguala, los cuales decían que buscarían en hospitales, barandillas y otras direcciones.

Fue en este momento que un recuerdo invadió mi mente y el dolor de revivir la noche que nuestra generación también fue detenida en la ciudad de Iguala, un 18 de noviembre de 1997. Reapareció ante mí el brillo de las armas con las que apuntan los policías y la angustia de correr por calles desconocidas y oscuras en esa ciudad.

3

Domingo 28 de septiembre de 2014. 10 de la mañana. Los egresados de Ayotzinapa nos citamos a esta hora y en este día en la Sala Audiovisual de nuestra alma mater. Era la Sala en la que, como estudiantes, nos impartían Círculos de Estudio y ahora lucía abarrotada. Egresados de todas las generaciones acudían en apoyo y solidaridad con nuestros hermanos menores.

Teníamos el antecedente lamentable de haber participado, también, en las acciones en apoyo a la normal por los hechos del 12 de diciembre de 2011, donde dos estudiantes murieron asesinados extrajudicialmente, atacados por miembros de alguna corporación policiaca. En esa lucha cientos de compañeros egresados emprendieron acciones en apoyo de nuestros camaradas caídos. Ahora la trágica noche de Iguala cohesionaba nuevamente a decenas de liderazgos que venían a aportar lo mejor de sus vivencias de la época de estudiantes. Cuando el colectivo agotó el orden del día y una vez debatidos todos los puntos de organización y acciones, un grupo pequeño de estudiantes accedió al templete y nos comenzaron a explicar algunos de los hechos sucedidos en los días 26 y 27 de septiembre.

Uno de ellos era Omar García, a quien le decían “Jackie Chan”. Esta persona nos relató varios hechos, entre ellos el asesinato de sus compañeros. Su postura era firme al principio pero poco a poco, de pie en el centro del auditorio, se fue empequeñeciendo. Entonces decidió sentarse en la tarima de cemento del templete. Terminó por casi ocultarse, recorriéndose a la orilla del ventanal buscando, tal vez, la protección de la multitud formada por los compañeros egresados. Una vez  en ese sitio, comenzó a llorar y algo enrareció el ambiente. Hoy, conversando con otros compañeros que estuvieron presentes, coincidimos que ese llanto fue motivado por la enorme culpa que Omar García sentía entonces.

4

Lunes o martes del 29 o 30 de septiembre de 2014. A las 13:00. La fecha no la tengo precisa, pero recuerdo que fui a trabajar por la mañana. Pasado el mediodía venía llegando a Tixtla. Tomé caminando el rumbo a mi casa cerca de la tranca de Ayotzinapa, rumbo a los corrales. Era un caminar en el que la cabeza te da vueltas ante no saber qué hacer por la situación que enfrentábamos.

Metros antes de llegar a casa, comencé a buscar mis llaves en mi mochila. Abrí la puerta, entré y mi esposa me saludó mientras preparaba algo en la cocina. La barra del desayunador nos separaba y su semblante mostraba tristeza y desesperación. Entonces me dijo: “¿no sabes nada de Adán?”. Adán era su primo desaparecido.

–¿No le has marcado?– me preguntó enseguida.

Le dije que desde la mañana lo había intentado y que no había habido respuesta. Comencé a sacar el teléfono celular de mi pantalón y a buscar las llamadas recientes.

Ahí estaba el contacto de Adán (Abraján de la Cruz), por lo que oprimí el botón para volver a intentarlo. Esta vez, y a diferencia de los intentos anteriores en los que una voz me decía que “lo sentimos, el usuario se encuentra fuera del área de servicio”, esta vez, para mi sorpresa, el tono de llamada comenzó a sonar una vez, otra más y otra y otra. Oprimí el botón del altavoz y mi esposa se sorprendió aún más cuando desde el otro lado se activó la llamada.

–¡Adán! ¡Adán!– atiné a decir, pero en el otro lado se hizo un silencio total.

–¡Adán! ¿Dónde estás?– pregunté gritando, de nuevo. Al otro lado de la línea se escuchaba el vacío total. Recuerdo que supliqué otras cosas por unos 50 segundos, pero ante el temor mi esposa, prima-hermana de Adán de la Cruz, me pidió que colgara. Para esa fecha ya se hablaba del grupo criminal de los Guerreros Unidos, pero también de la participación del Ejército mexicano.

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