Miguel Alvarado
Toluca, México; 30 de noviembre de 2020.
Cualquiera que sea el desenlace de la pandemia del coronavirus, para México representa desde hace mucho una tragedia que hasta el 29 de noviembre había cobrado la vida de 105 mil personas. Eso, sumando a la violencia letal que transcurre al mismo tiempo, a la larga lista de desapariciones cuyo corte oficial quedó hace pocos meses en 73 mil registros y a la pobreza cada vez más miserable del mexicano, profundiza en el enorme agujero del que país no puede salir.
Pese a las buenas intenciones del gobierno federal y del gobierno de Alfredo de Mazo, la pandemia rebasó cualquier límite sospechado o previsto. Veintiuno de los 54 hospitales que atienden la infección por covid-19 se encuentran a punto de la saturación y los números de contagios siguen subiendo. En el Estado de México sucede alguno similar y pacientes que necesitan ser internados son rechazados de los sanatorios en el valle de Toluca porque los insumos se han terminado. No todos atraviesan la misma situación, pero hacia allá se dirigen. Encima, en 2021 se atraviesan las elecciones de diputados locales y ayuntamientos, lo cual obligará a hacer campañas presenciales -pues no se puede de otra forma, a menos que se le apueste a superar la cifra promedio de abstencionismo, que es de 44 por ciento-.
En los partidos políticos locales ya se habla de su necesidad de salir a las calles, y muchos apuntarán los temas centrales de sus propuestas a la recuperación económica y laboral del desastre que deja la presencia de la pandemia. Uno se imagina a personajes como Isidro Pastor o Higinio Martínez buscando en la calle los votos.
La verdad es que personajes como estos resultan más prescindibles que nunca y su obsolescencia, su corrupción, su fiereza a la hora de faltar a su propia palabra es tan innecesaria como los feminicidios, los levantados, las ejecuciones, la dizque guerra del narco que ha emprendido la Fiscalía del Estado de México contra la Familia Michoacana y que ha dejado un reguero de cadáveres imposible de contar.
Las elecciones por venir parecen ser la cereza al pastel de la pandemia y la violencia.
En una entidad en donde las estructuras de salud funcionan sostenidas con pinzas, es deleznable que se gaste en elecciones y que se reelija, de nueva cuenta, a la ineptitud que actualmente gobierna en el Estado de México. Cada vez más confrontada por la miseria y la violencia, la sociedad mexiquense ni siquiera se imagina lo que falta por pasar antes de que la pandemia del coronavirus sea controlada o baje debido a su propio comportamiento. Apenas hoy, la Organización Mundial de la Salud advirtió a nuestro país que se encuentra en una mala situación con respecto a la infección porque se duplicaron los casos de contagio y muerte. La OMS no podía haberlo dicho más ramplonamente.
Se trata de una emergencia nacional en la que no es posible revertir nada, porque han fallado los protocolos que se establecieron. Desde lo elemental que resulta que el presidente use cubrebocas hasta la ignominiosa ignorancia que se arrastra desde hace años, y que obliga a pueblos enteros a creer que con las medidas de salud se les quiere exterminar. Así ha sido, de cualquier manera. A los pueblos se eles extermina y se les arrebatan sus riquezas y bienes. No tendrían por qué pensar distinto si la relación con el poder siempre ha sido esa. Hoy lo sigue siendo. Y si no se cree, habría que voltear a ver a quienes una minera se les ha instalado en sus tierras, a quienes una autopista les exige sus propiedades, a quienes una termoeléctrica les dará un lago inabarcable, a quienes un tren los dividirá.
“Queremos pedirle a México que se lo tome muy en serio”, dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus, jefe de la OMS, quien observa a nuestro país desde los números y la generalidad. A uno, que le toca observar la muerte de ocho de sus vecinos por coronavirus, como sucede en la calle de Fuerza Área, en el pueblo de San Pablo Autopan en Toluca, le parece que esa recomendación es tan ridícula como las buenas intenciones de los tres niveles de gobierno.



