Miguel Alvarado
Toluca, México; 25 de mayo de 2020. Se prepara el regreso a la “nueva normalidad” en algunos municipios del país, pero no en el Estado de México. Aunque hay cifras acerca del número de contagios, la percepción acerca de la infección por coronavirus, sobre todo en pueblos de la entidad, ha resultado distinta. El virus es moral, por supuesto, cuando encuentra las condiciones adecuadas para desarrollarse y atacar en la debilidad de los organismos. Toluca, un municipio que apenas llega al millón de habitantes, tenía un registro, hasta la mañana del 25 de mayo, de 20 personas muertas por coronavirus y 466 casos confirmados de infectados. Parecen pocos, pero no lo son.
Un reporte del alcalde de la ciudad, Juan Rodolfo Sánchez Gómez, emitido hace un mes, decía que algunas de las colonias en las que se presentaban mayores focos de infección eran El Seminario, hacia el sur del municipio, y señalaba que en los pueblos y delegaciones había casos, sin especificar cuántos. Pero en ese mes pasaron muchas cosas y sirvieron de ejemplo para entender que en las comunidades rurales o en pueblos el coronavirus tiene otra connotación. La violencia de las ciudades, la carga asesina que esa sociedad ha desarrollado gracias a una serie de mecanismos de impunidad es también diferente a la que se practica en el ámbito rural. Si bien mortales ambas, las razones pueden ser explicadas de otra manera. Los usos y costumbres prevalecen y resuelven mejor algunas situaciones que otras.
El coronavirus, una infección que llegó en marzo de Estados Unidos a México, desde el pueblo turístico de Vail, en Colorado, a donde se va, sobre todo, a esquiar, se regó pronto por el país. Al principio, las mediciones realizadas por la Secretaría de Salud federal no asustaron a nadie, pero paso a paso, día tras días, el panorama que ahora se presenta no es el mejor. ¿Cómo llega la información a las comunidades, de por sí segregadas? Pues llega, de alguna forma y su interpretación depende ya de la localidad.
En Villa Victoria, habitantes de la colonia Gustavo Baz quemaron una carroza fúnebre creyendo que llevaba líquido con coronavirus. No hubo muertos de milagro. En Zinacantepec algunos vecinos se organizaron para rechazar la supuesta presencia de policías, enfermeras y militares que iban a vacunar con dosis de virus a quien se dejara, para así causar mortandad. Las explicaciones al respecto que circulan en redes sociales y que son las que se consumen en general, ofrecen toda clase de teorías: que los países grandes quieren comprar a los países chicos para tenerlos en su poder; que en los hospitales extraen líquido de las rodillas para hacer funcionar las antenas 5G, dedicadas a difundir ondas de internet. Y que, finalmente, el plan del gobierno, cualquiera que sea éste, es acabar con el mayor números de habitantes.
Otros casos de violencia irracional, casi mística, se registraron en Almoloya de Juárez, en donde soldados y marinos fueron avistados, jeringa en mano, vacunando mortalmente a los habitantes. Eso costó un levantamiento y la destrucción de una patrulla. Hoy al mediodía, en el pueblo de San Cristóbal Huichochitlán las cosas estuvieron a punto de salirse de control.
Un grupo de Protección Civil y de Bomberos del ayuntamiento de Toluca llegó a ese lugar, en el norte de la ciudad, de prevalencia otomí y el más pobre de la ciudad, para invitar a cerrar a los comercios no esenciales, como parte de las medidas de protección contra el coronavirus. Este equipo se retiró del lugar, sin mayor éxito. Pero algunas versiones en internet dijeron que se trataba de un equipo de fumigadores, y no de sanitizadores, lo cual tuvo el poder de reunir a los vecinos, quienes expresaron que no los dejarían hacer ese trabajo. “Son ellos o son nuestros hermanos dijeron”.
Una de las personas reunidas ahí dijo que la fumigación ha causado las muertes por coronavirus de la zona. Dijo que una buena parte de ellos trabajaban en la Central de Abastos y que sí, que los vecinos ya se habían dado cuenta de la relación que había entre la sanitización y los muertos. Una comunidad pequeña puede tener control sobre el número de muertos que se registran, puede saber las causas y aunque exista una versión oficial, conjeturar acerca de los fallecimientos. Hombres-lobo y pie-grandes han sido visto en otras comunidades de México y hace años un animal conocido como chupa-cabras también fue identificado, en zonas rurales, como el asesino de ganado. En 1737, un hombre al que solamente se le conoció como El Maldito fue relacionado con las muertes horrendas de la peste que azotó, sobre todo, a la orgullosa Ciudad de México. Se trataba de un enterrador deforme que viajaba en las carretas donde se acarreaban los cuerpos, y no enfermaba. Esa peste mató al 25 por ciento de los habitantes de la capital de la Nueva España y se le conoció como “matlazahuatl”, que quería decir erupción en forma de red, por la forma que la enfermedad timaba en la piel de quien la contraía.
“Desde Tacuba la peste se expandió con rapidez asombrosa por todo el valle de México. El avance de la terrible enfermedad siguió —fiel a la tradición— los caminos reales. Así, en enero de 1737 Atizapán, San Pedro Calimaya, Metepec, Tlayacapa y el valle de Toluca se encontraban bajo sus efectos. Para febrero había alcanzado Cuernavaca y, en marzo, Guanajuato en el norte, el Bajío en la zona central y Cholula, Acatzingo, Zacatelco, Tlaxcala, Tepeaca, Tepeji y la ciudad de Puebla en el oriente, luchaban denodadamente contra el ‘ángel de la muerte’”, dice el investigador Miguel Ángel Cuenya, de la Universidad Autónoma de Puebla. La epidemia duró dos años y llegó hasta Durango, pasó por Zacatecas, Aguascalientes, Michoacán y Jalisco. Los más afectados fueron los indígenas. Por cierto, fue Toluca la puerta de salida para la propagación de la enfermedad, que cabalgó, por decirlo de alguna manera, por la extensa Nueva España gracias a los comerciantes, que la llevaron a donde iban.
San Cristóbal Huichochitlán es una comunidad otomí y es una comunidad en pobreza permanente, cuya cosmogonía y orden social ha sido absorbido por la ciudad. ¿Integración? La integración significa la muerte para los pueblos originarios, pues este falso positivismo, si se cumple, genera la destrucción del pueblo o nación que lo permite. Cancela usos y costumbres y también el tejido social que alguna vez funcionó de manera adecuada. Huichochitlán y la zona norte de Toluca no están integrados, pero sí se encuentran segregados desde hace muchísimo tiempo. Los intentos por independizarse del municipio de Toluca han sido vanos siempre. Se trata de la nación otomí, cuyos habitantes han resistido a los embates de los matlatzincas, de los aztecas, de los españoles, de los criollos y de esta entelequia que se denomina México.
Ignorantes los hay en todos lados, y algunos han sido indignos representantes de nuestro país, han hablado ante la ONU o han ganado millones de manera alevosa, injusta y criminal.
Entonces, ¿segregados o ignorantes?



