4 diciembre, 2025

Entre Robert Pattinson y una bolsa de palomitas

Entre Robert Pattinson y una bolsa de palomitas

Brenda Cano: diseño. Miguel Alvarado: texto.

Toluca, México; 26 de marzo de 2022.

A Batman la realidad cotidiana le queda grande. Incluso le queda grande esta realidad toluqueña, de ciudad chiquita y feminicida que vivimos en las banquetas y que no hay que elucubrarla o investigarla porque se trata de una violencia de puertas abiertas que no se esconde porque no necesita hacerlo.

Cinco personas ejecutadas, cuatros de ellos niños, cuatro de ellos mujeres en Zinacantepec fue el reporte que llegaba al celular mientras Batman, interpretado por el actor inglés Robert Pattinson, se devanaba el seso para entender una frase en español que resolvería una serie de crímenes: “El rata alada”, además una pista para dar con quien al final resulta ser el obvio jefe criminal de la mafia de Ciudad Gótica.

Pattinson cobró 5 millones de euros más los royalties o regalías que le permitirán embolsarse al final sus 40 millones de euros como mínimo. La película costó 200 millones de dólares, que en México, al tipo de cambio de hoy representa algo así como  4 mil millones de pesos, lo cual para una película de superhéroes es un presupuesto sorprendentemente bajo para ese tipo de cintas pero que equivale a las operaciones anuales de un municipio como Toluca, de una escuela como la UAEMéx o como el dinero que jamás veremos en nuestra vida.

Y mientras este joven actor de 36 años murmuraba en español la frase aquella, en Zinacantepec las cinco personas ejecutadas apenas obtenían una manta para cubrir sus restos mientras llegaban los forenses.

Mientras Batman aporreaba pandilleros, el valle de Toluca se retorcía en otra vuelta de tuerca más negra que esta sala de cine atiborrada de personas en silencio, impactadas por lo que miran, pero más asustadas por lo que no quieren ver.

Aceptemos de inicio que nunca ha sido fácil ser Batman en el cine, uno bien construido. Blindado como robot, es de por sí tieso y sus movimientos resultan mecánicos como un androide, a pesar de que en 2022 se le ha aligerado. Aceptemos también que el único cine redituable en los circuitos comerciales es el cine de superhéroes, cuyo éxito económico ha ido socavando el criterio de los cinéfilos y confunde, por decirlo de alguna manera, los parámetros de actuación, producción, dirección y arte.


Batman se mueve como un peso pesado que baila el Lago de los Cisnes no como lo haría Rocky Marciano sino como lo interpreta Rocky Balboa.

En cambio, el alter ego de Bruce Wayne, es otra cosa y desde ahí, desde esa sombra de lo que puede ser una historia cinematográfica para Batman, podría comenzar a dibujar al murciélago. Otra vez Wayne, sin embargo, se quedará en esa superficialidad doliente perpetuada ya como un tatuaje imborrable.

Además, siempre estará el inconveniente de que los antagonistas le robarán todos los créditos actorales al personaje central como sucedió con el Joker de Heath Leadger hace unos años. La sonrisa y el bilé representaban la mueca inexpresable que muchos nos tragamos todos los días. No se trata de la humanidad que representaba ese Joker, sino de la monstruosa posibilidad de ser así.

De todas formas, incluso a ese guasón sanguinario vuelve a superarlo la simpleza de lo siniestro del Estado de México. En la última audiencia de Andrés Mendoza, a quien le dicen el Monstruo de Atizapán por haber matado hasta a 19 mujeres, la Fiscalía local exhibió videos grabados por el propio asesino en los que aparece devorando el corazón de una de sus víctimas. Destazándola. Violando los restos. Empaparse de sangre.

Como en las películas.

Para descubrir a este asesino no hubo investigación ni pistas masculladas en inglés, sólo una casualidad. El esposo de una de las mujeres ejecutadas entró buscándola a la casa de Mendoza y se topó de frente con los restos. Entonces avisó a la policía y capturaron al asesino, un anciano con la fuerza suficiente para matar y también para dejarse aprehender.

Como en las películas, también.

Entonces, ¿qué se busca en el cine? Y después, ¿por qué ver Batman si hay cientos de películas mejor construidas? ¿Qué se espera entonces del cine de Batman?

Nadie espera que Batman sea un poema y por eso inexpresable que es, debe acudirse a José Carlos Becerra, uno de los más grandes poetas que ha dado México, y cuya visión de este enmascarado, que escribió hace más de 50 años, antes de morir él mismo en un accidente de auto en Italia, es más “el brusco aleteo con que la oscuridad va impulsando la noche”. Y es largo, largo, como la película del hombre murciélago.

Batman

Recomenzando siempre el mismo discurso,

el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para

distraer al silencio;

la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por

todos.

Aguardando siempre la misma señal,

el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.

(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto…)

La noche enrojeciendo, la situación previa y el pacto previo

enrojeciendo,

durante la sospecha de la gran visita, mientras las

costras sagradas se desprenden

del cuerpo antiquísimo de la resurrección.

Quiero decir

el gran experimento,

buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla

faltante,

y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos

porque las luces eternamente se apagan de pronto,

mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese

corto circuito,

de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que

llamamos el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.

Llamando, llamando, llamando.

Llamando desde el radio portátil oculto en cualquier parte,

llamando al sueño con métodos ciertamente sofocantes,

con artificios inútilmente reales,

con sentimientos cuidadosa y desesperadamente elegidos,

con argumentos despellejados por el acometimiento que no

se produce.

Palabras enchufadas con la corriente eléctrica del vacío, con

el cable de alta tensión del delirio.

(Acertijos empañados por el aliento de ciertas frases, de

ciertos discursos acerca del infinito.)

Recomenzando, pues, el mismo discurso,

recomenzando la misma conjetura,

el Clásico desperfecto en mitad de la carretera,

el Divinal automóvil con las llantas ponchadas

entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos,

que transitan Clásicamente en sentidos contrarios.

Recomenzando, pues, la misma interrupción,

la pedorreta histórica de las llantas ponchadas,

el sofisma de cada resurrección,

el ancla oxidada de cada abrazo,

el movimiento desde adentro del deseo y el movimiento

desde afuera de la palabra,

como dos gemelos que no se ponen de acuerdo para nacer,

como dos enfermeros que no se coordinan para levantar al

mismo tiempo el cuerpo del trapecista herido.

(Aquí el ingenio de la frase ganguea al advertir de pronto

su sombrero de copa de ilusionista;

ese jabón perfumado por la literatura con el cual nos

lavamos las partes irreales del cuerpo,

o sea el radio de acción de lo que llamamos el alma,

las vísceras sin clave precisa, los actos sin clave precisa,

la danza de los siete velos velada por la transparencia del

dilema;

y por la noche, antes de acostarse,

la dentadura postiza en el vaso de agua,

la herida postiza en el vaso de agua, el deseo postizo en el

vaso de agua.)

La señal… la señal… la señal…

Así sonríes sin embargo, confiando otra vez en tu discurso,

mirándote pasar en tus estatuas,

flotando nuevamente en tus palabras.

La señal, la señal, la señal.

Y entretanto paseas por tu habitación.

Sí, estás aguardando tan sólo el aviso,

ese anuncio de amor, de peligro, de como quieran llamarle,

ese gran reflector encendido de pronto en la noche.

Y entretanto miras tu capa,

contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados

sobre la silla, hechos especialmente para ti,

para cuando la luz de ese gran reflector pidiendo tu ayuda,

aparezca en el cielo nocturno,

solicitando tu presencia salvadora en el sitio del amor

o en el sitio del crimen.

Solicitando tu alimentación triunfante, tus aportaciones al

progreso,

requiriendo tu rostro amaestrado por el esfuerzo de

parecerse a alguien

que acaso fuiste tú mismo

o ese pequeño dios, levemente maniático,

que se orina en alguna parte cuando tú te contemplas en

el espejo.

Miras por la ventana

y esperas…

La noche enrojecida asciende por encima de los edificios traspasando su propio resplandor rojizo,

dejando atrás las calles y las ventanas todavía encendidas,

dejando atrás los rostros de las muchachas que te

gustaron,

dejando atrás la música de un radio encendido en algún

sitio y lo que sentías cuando escuchabas la música de un

radio encendido en algún sitio.

Sigue la noche subiendo la noche,

y en cada uno de los peldaños que va pisando, una nueva

criatura de la oscuridad rompe su cascarón de un

picotazo,

y en sus alas que nada retienen, el vuelo balbucea los

restos del peldaño o cascarón diluido ya en aire;

y mientras tanto tú no llegas aún para salvarte y salvar a

esa mujer

que según dices

debe ser salvada.

¿En qué sitio, en qué jadeo

el sueño recorre el apetito reconcentrado de los dormidos?

¿Qué ola es ésa, que al golpear contra el casco

hace que el marinero de guardia ponga atención por un

momento, para decirse después que no era nada

y torne a pasearse por el cuarto, mirando de vez en cuando

por la ventana las luces dispersas de la calle?

¿Qué ir y venir está gastando el cuerpo de su andanza

contra el casco manchado, cubierto de parásitos marinos?

…porque de pronto has dejado de pasearte por la

habitación.

¿Acaso escuchas realmente ese ruido? ¿Ese ruido viene del

pasillo o viene de tu deseo?

(Cierta especie de ruido que tropieza con cierta especie de

silencio dentro de ti,

como alguien que se topa con una silla al caminar a

oscuras…)

¡Tal vez ya prendieron el reflector para pedirte auxilio!

¡Tal vez fue esa mujer quien lo encendió!

Pero no, todavía no,

nadie camina por el pasillo hacia tu puerta, nadie tropieza

con una silla dentro de ti,

y allí están doblados tu traje de héroe y tus sentimientos

de héroe,

listos para cuando entres en acción.

¿Pero por qué no han encendido ese gran reflector?

¿Es sólo el ascenso de la noche lo que deja sus cascarones

rotos en el aire?

¿Qué criatura de la oscuridad picotea para que el aire tome

forma de cascarón roto, de peldaño dejado atrás?

¿Qué es aquello que detiene de súbito tus paseos por la

habitación mientras te dices

«Acaso deba esperar otro rato»?

Y vuelves a asomarte por la ventana.

¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo rayándolo

fugazmente con sus pequeñas luces de navegación?

Y algo dentro de ti que tú crees que es la noche allá afuera,

cruje pisando cascarones rotos, peldaños donde el cuerpo

de su andanza deja un hilo finísimo de baba o soliloquio,

mientras retorna el fantasma de una mujer bandeado por

la oscuridad

donde el mar se encaverna después del zarpazo,

y ese fantasma, que es la otra cara de la espuma, repite

contra el casco del barco el golpe del sueño

salpicando al silencio desde lejos.

Y vuelves a asomarte por la ventana.

¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo?

¿Qué es ese ruido que te hace mirar tu traje y tu antifaz,

y asomarte después por la ventana?

Ir y venir alrededor de una silla,

enrevesado viaje alrededor de una silla, guardando el

equilibrio difícilmente

al caminar y girar sobre un hilo finísimo de saliva.

Ir y venir, habladuría alrededor de una silla donde está un

extraño traje doblado,

ir y venir alrededor de un viejo y descompuesto automóvil

que estorba el tráfico en la carretera,

gestos entrecruzados, habladuría de ventanas y escaleras

labrando la estatua cuyo sentido griego vacila y se viene

abajo en el trayecto entre una ventana y un reflector que

no se ha encendido,

mientras los cascarones rotos de la oscuridad crujen y se

disuelven bajo el brusco aleteo con que la oscuridad va

impulsando la noche.

Y otra vez te paseas,

¿quieres desovillar el hilo de saliva, el hilo de palabras sobre

el que te balanceas en precario equilibrio?

¿En qué juego de tus frases, en qué humillante silencio has

puesto el oído?

Y otra vez te paseas y otra vez te vuelves hacia la ventana,

pero ese resplandor… pero ese resplandor que descubres de

pronto,

es el amanecer,

palidísimo gesto de esa luz entre los edificios, donde el

silencio enhebra las pisadas lejanas de todo lo nocturno.

¿Y ahora

qué es lo que sientes que se aleja,

como alguien corriendo descalzo por la playa, entre la

niebla que la luz va a ocupar?

¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía

distinguirse

la señal de un reflector encendido?

Paseos alrededor de una silla donde está un extraño traje

doblado,

monólogo alrededor de una silla donde está un simulacro en

forma de traje doblado,

mientras el amanecer se deja llevar por su propia marea

ascendente, y por el ruido de las barredoras mecánicas

y de los primeros camiones urbanos

que aparecen por las calles desiertas.

Ya leído, nada queda por decir.

La historia por la que va este nuevo Batman se cae desde el principio porque el misterio que propone se resuelve desde las primeras escenas: los malos, pues los conocemos porque hace 70 años que leemos cómics, ya están ahí, no se esconden y son accesibles hasta para el despistado Pattinson. Al Pingüino, Carmine Falcone, el Acertijo, el propio Joker y la corrupción del fiscal, del agente de narcóticos, de los policías de a pie, de los funcionarios de Ciudad Gótica que es oscura pero solamente porque todo sucede de noche, los conocemos demasiado bien y no nos eluden, por ejemplo, como lo hacen para siempre Leopold Bloom y Stephen Dedalus en el Ulises de James Joyce. El problema es que los villanos nos encaran siempre con la misma voz, el mismo disfraz de dandy o petimetre, las mismas caras desoladas emanadas del mal como una cosa que nunca se concreta.

Las tres horas de Batman, palomitas y hot-dogs al final se juntan y se indigestan. Las licencias acerca de los personajes que desde 1937 están más que establecidos siguen incomodando porque la razón de esos cambios está encaminada esencialmente a ganar más dinero en aras de parecer políticamente correctos. Tratar al espectador como un tonto no ha sido nunca una buena idea, aunque lo hacen miles de películas sin problemas y sin consecuencias, como si de políticos se trataran.

Como en la vida real.

Toluca es más democrática en ese sentido: aquí todos los funcionarios de cierto nivel hacia arriba son corruptos, aquí todos podemos ser asesinados o estar señalados de cometer un crimen y terminar presos, como los 12 mil encarcelados de manera injusta que actualmente hay. Aquí la justicia tiene su precio y el lugar común de lo impune nos ha enseñado que muy pocos pueden pagarla. 

El propio Batman no se salva de eso. Su creador, o su supuesto creador, Bob Kane, entregó un boceto crudo a su colaborador Bill Finger en 1937 para que lo puliera. Finger no sólo hizo aquello, sino que creó todo el universo de Batman: los padres asesinados, los villanos emanados del mal puro, la ciudad, sus callejones, la fría baticueva y el poderoso batimóvil fueron creación de él. Kane, con el prototipo afinado de Batman en sus manos, consiguió un contrato de por vida que le adjudicaba todos los derechos solamente a él.


Finger trabajó a la sombra de ese manto de abuso por años, mientras Kane se enriquecía. Años después se reconoció por fin su participación pero nunca pudo superar ese segundo plano histórico.

Kane nunca elaboró un guión o creó un personaje, a excepción de Dos Caras, pero sí cobró regalías, salarios y comisiones. La inmensa O con la que firmaba el trabajo de otros pervive hasta hoy en los créditos relacionados al hombre-murciélago.

Muy pocas veces algún trabajo con Batman como pretexto consigue superar la barrera infantil de la que no ha podido desapegarse. El Arkham Asylum de 1989, una novela gráfica de las superestrellas del cómic Grant Morrison y Dave McKean puso a la idea de Batman por encima del personaje y por fin lo convertía en una sensación, una presencia omnisciente cuya atmósfera ahogaba todo. Otra novela, la Broma Mortal de Alan Moore, un profeta de la narrativa gráfica, también lo conseguía. Y con ellos, el ya mencionado actor Ledger, con su interpretación del demente aunque filosófico Joker en la película The Dark Knigth de 2008.

No hay diferencias entre la Gótica del director Matt Reeves y la Toluca del gobernador priista Alfredo del Mazo, excepto que una es mentira y otra verdad.

O quizá no. Quizás las dos sean la misma cosa.

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