Miguel Alvarado
Toluca, México; 19 de junio de 2020
Desde que la humanidad se dio cuenta de que lo era, de que podía cocer sus alimentos, cubrir su cuerpo de alguna manera, el miedo la ha acompañado siempre. No se trata del temor a lo desconocido, un término que resulta más bien analfabeta, sino más bien del miedo a lo inexpresable. En un principio, que también es el principio de la apropiación de la palabra, las explicaciones a los fenómenos naturales se sumergieron en lo mágico, lo imposible y lo improbable para entender la lluvia, el sol, el aire, la muerte, los porqués de la vida. Para eso se inventaron discursos como el de las religiones, nacidas de la necesidad de una explicación a lo primario. Esos balbuceos interpretaron por siglos lo fundamental del hombre, lo arquetípico, lo que no podrá disociarse aunque nos desintegremos cuando muramos. La explicación religiosa fue sustancial para moldear a las sociedades tal y como son ahora, dubitativas y apegadas a lo profundo que resulta el misterio de la vida y de la muerte. Después, la razón y la ciencia, que iban explicando los fenómenos a la sombra de lo místico tomaron un papel más decisivo e incluso ahora, en la etapa de mayor oscurantismo debido a la cantidad de información inútil con la que se nos bombardea y en la cual se cree sin ambages, tienen la última palabra. Que no las entendamos, es otra cosa.
Esta es una era oscurantista, analfabeta, repleta de monstruos de todo tipo. Es también una época de restricciones y de límites. Ni siquiera podemos circular libremente porque los caminos no son públicos. Es tal la mercantilización de todo, que ya funcionan tiendas de aire, a las que se acude para respirar mezclas adecuadas de oxígeno. Desde lo que la pandemia del coronavirus está revelando, recordando y remarcando, al menos la sociedad mexicana es frágil, miserable por empobrecida, desvinculada de sí misma y profundamente ignorante y necia, violenta y sanguinaria.
Sí, pero también es una sociedad atemorizada. Por el SAT, por las deudas impagables, por el desempleo, por el hambre, por la pérdida, por la miseria, por la corrupción, por la violencia y por lo que nosotros queramos, incluso el amor y la bondad.
Infecciones como la del coronavirus y el miedo que genera se han abordado ya de distintas formas, desde ópticas científicas, sociales y arcanas. El vampirismo, por ejemplo, y su legado misterioso que cancela la muerte condenando a vivir casi para siempre, en los caminos de la sangre, es una de ellas.
Los vampiros, los chupadores de sangre, han existido en casi todas las culturas, y es sin duda el conde Drácula el más famoso de todos gracias a la novela de Bram Stoker, que recogió la sordidez que rodeaba al personaje desde la cómoda distancia que le prodigaban las islas británicas. Pero Drácula es algo más que un vampiro y en la historia de su país no necesita de ninguna reivindicación. Vlad Tepes, como así se llamaba, era un noble, en realidad un héroe de aquel país que se opuso con fiereza y terrible nacionalismo a la ocupación otomana de Mahomet II, el gran sultán turco que conquistó la antigua Bizancio, en el siglo XV. Fue Drácula, y ninguno otro, quien lo mantuvo a raya por algunos años de Europa empleando la misma crueldad que el sultán practicaba con sus enemigos. Drácula había vivido en esa corte turca debido a un convenio de paz firmado por los valacos con Mahomet, y que lo convertía en rehén, junto con uno de sus hermanos. Si Drácula se convirtió en un experto empalador después, fue porque lo aprendió de sus enemigos, técnicamente superiores en el arte de la tortura. Vlad era en el tercer Drácula en la línea de su familia y su nombre significaba “Hijo del dragón”, que unido a su apodo, Tepes, hacía referencia a las matanzas que ahogaron en sangre a la región de Valaquia. Al fin, en 1476, Drácula cayó en una emboscada y después de matar a unos 40 de sus perseguidores él solo, fue atravesado por el acero de sus enemigo. Era tal la importancia de su homicidio que sus vencedores le cortaron la cabeza para enviársela al sultán como prueba de que el Hijo del Dragón había caído para siempre. Así lo hicieron, pero el cuerpo, dice la bruma histórica de lo que sigue, debió ser enterrado en la isla de Snagov -a unos 45 kilómetros de Bucarest- en donde todavía hay un monasterio y en ese lugar monjes adeptos apoyados económicamente por Drácula.
Por siglos a Vlad Tepes se le creyó enterrado en ese lugar, pero una exhumación demostró que ahí, en ese cementerio, sólo había cuerpos enteros, lo cual no concuerda con la historia de la muerte de Drácula. Cuándo se convirtió Vlad en un no-muerto es algo que no se sabe, aunque esas posibilidades se han explorado desde la literatura y el cine, sobre todo. La escritora Elizabeth Kostova intentó explicar en la novela “La historiadora” el destino siniestro del conde, pero la técnica no le alcanzó y lo que hizo ni siquiera alcanza la categoría de obra menor porque se parece más a un guion para una película que a un repaso de la historia. Pero aun con la literatura fallida, Kostova propone que los monjes trataron reunir el cuerpo y la cabeza arrancada de Drácula y en esa aventura se identifica una pandemia, la infección de los no-muertos que deben tomar sangre para sobrevivir en la paradoja que su maldición les impone. Porque es cierto, no se vive pero al mismo tiempo deben hacer lo posible para no perecer. ¿Cómo es que muere el que no vive? Los vampiros que no beben se consumen y sus despojos, que pueden llegar a ser polvo, conservan la inteligencia y las sensaciones. Si no beben, la arenilla que serán se dispersará y en cada partícula habrá sufrimiento.
El contagio que significa beber sangre de un cuerpo humano vivo es la pandemia que en la exploración de Kostova azotó Constantinopla y Valaquia, a donde la maldición de Drácula permaneció oculta en lo que se creyó que era una enfermedad. El viaje del cuerpo del sanguinario conde para reunirse con su cabeza sangrante lo realizaron monjes que pensaron que llevaban una reliquia a tierra turca y que en su periplo visitaron monasterios como el de Sveti Georgi en Bulgaria, cuyo símbolo era un dragón derrotando a San Jorge.
Pero si el cuerpo del verdadero Drácula no yace en la isla de Snagov, ¿en dónde está?
Al mito de Drácula le pasa lo mismo que al de Jack, el destripador de Londres. Las respuestas para ambos nunca serán del todo satisfactorias aunque las versiones acerca de dónde yace Drácula y de quién es Jack ya revelan mucho. Pero el mito será impenetrable a pesar de todo. Los despojos del empalador han sido ubicados, después de que la investigadora estonia Érika Stella los rastreó hasta la iglesia de Santa María la Nova, en Nápoles, una ciudad que en los últimos 50 años se ocupó más de la Cosa Nostra y del argentino Diego Maradona que de ninguna otra cosa.
La pandemia que el vampirismo de Drácula ocasionó también se menciona en el cine, en la película Nosferatu, pero no la de la Friedrich Wlhelm Murnau, el clásico de 1922, y que adaptaba de manera libre la novela de Stoker acerca de Drácula, sino en su reinterpretación, filmada por el director alemán Werner Herzog. “Nosferatu: Phantom der Nacht”, se proyectó en 1979 con un reparto que incluía a Klaus Kinski, Bruno Ganz e Isabelle Adjanis en los roles del vampiro, Jonathan y Lucy Harker, y que se trata de una especie de dream team de la actuación. La verdad es que lo fue, y lo sigue siendo.
Lo que le resultó a Herzog fue una obra maestra, tan buena como el Nosferatu de 1922, que explora no sólo la noche del vampiro, sino la debilitada estructura social. Ambientada a finales del siglo XIX, la película de Herzog muestra el quebranto de una sociedad a la llegada de una pandemia, que en realidad es el no-muerto que mata, pero cuyos asesinatos se confunden con algo que no se ve, que no tiene nombre y que no se sabe cómo ha de combatirse. Una escena puntualiza la pérdida del temor, pero al mismo tiempo, el miedo a seguir vivo en medio de la enfermedad. En ella se observa un banquete público que terminará en orgía mientras las ratas devoran la comida. El Nosferatu de Herzog vaga por las calles de la ciudad desierta en busca de alimento. No hay nadie ya a quien extraer sangre. En el vacío de lo ausente se encuentra el miedo y el Nosferatu danzante representa la presencia de lo infectado. Y no, no es igual a lo que pasa hoy. Por lo menos la realidad mexicana es bastante más horrorosa que las pandemias literarias o cinematográficas descritas ya.
El del vampiro es un mundo de apariencias porque su figura, si ha bebido, es rozagante y hasta hipersexualizada. Es -aunque no lo sea- una persona cuya condición de monstruo radica en el contagio de una condición, la de no poder vivir como alguien normal. Hoy se trataría de la condición de un asintomático en cuyo cuerpo se incuba el coronavirus. Contagiará forzado por su propia naturaleza y no se dará cuenta de su condición de propagador porque ni siquiera cree que exista el virus.
Ambos, vampiro y asintomático, podrán causar la muerte de otros, pero sólo uno de ellos tendrá la conciencia tranquila. El otro no tendrá tiempo de encomendarse a Dios.



