16 abril, 2026

Don Diablo Rock, el músico que enseña una lengua originaria con su guitarra

Don Diablo Rock, el músico que enseña una lengua originaria con su guitarra

Ramsés Mercado: imagen. Karen Colín: diseño. Fernanda García: texto.

Toluca, México; 22 de febrero de 2022.

Daniel Rosales se preguntó si podía hacer que el rock urbano construyera un puente entre su identidad indígena y la rebeldía. Comenzó a tocar su guitarra y entonces sucedió.

Las canciones que le enseñaron de desamor y enamoramiento, como Cuarto para las dos, de Liran’Roll, comenzaron a fluir en otomí. Entonces su esencia de músico dejó de luchar entre las ganas de difundir su lengua y acercar a los jóvenes, a los que por miedo a la discriminación niegan sus raíces, a la cultura otomí.

Desde los 10 años comenzó a forjar su destino, aprendió de música y se integró a una rondalla indígena en el municipio de Otzolotepec. Su destreza con las cuerdas lo llevó a integrarse a la agrupación “Colibríes de Xonacatlán”, hace casi 21 años.

“Con ellos he tenido giras naciones e internacionales, pero mi gusto por la música siempre lo tuve marcado, en especial por el rock, por eso se me ocurrió hacer una fusión con la lengua otomí y es lo que estoy trabajando actualmente”.

En un pequeño café, entre mesas de madera, cuadros que evocan resistencia cultural y servilleteros de barro y un mural en el que aparecen dos otomíes -un hombre y una mujer- bebiendo pulque, con todo eso como parte del público, comenzó a cantar.

Los acordes son familiares pero la letra no porque está en otomí. Sonaba “Historia de un minuto”, de la banda de rock Interpuesto, cuya primera casa productora en la década de los 90 fue Discos y Cintas Denver. Ahora, Daniel acaba de firmar un contrato para grabar su primera producción de estudio: dos covers y una canción de su autoría, las tres en otomí.


Daniel, cuyo nombre artístico es Don Diablo Rock, a veces toca en cafés o bares. Otras, cuando hay oportunidad, en universidades y foros culturales. Es rockero, es mexiquense y es otomí.

No le da empacho reconocerlo pese a que ha sido discriminado e incluso objeto de burlas por su idea de fusionar el lenguaje más áspero del rock con su idioma materno, que evoca tradición y belleza.

“Se hizo con la idea de que los jóvenes de la región conocieran esa misma canción, pero traducida a la lengua originaria que predomina en esta zona del Estado de México, mejor dicho, en Temoaya, Xonacatlán, Toluca, Otzolotepec, Lerma. Entonces, cuando ellos la escuchan de una manera diferente dicen ‘órale’, les empieza a gustar porque muchas veces es el primer acercamiento que tienen a la cultura otomí. Varios muchachos de generaciones nuevas a veces no saben ni de sus raíces, y es la finalidad de la música que yo hago, llegar a ellos”, dice.

En el Edomex hay, de acuerdo con el censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 417 mil 603 personas mayores de 3 años que hablan alguna lengua indígena. De éstas, 132 mil 710 hablan mazahua, 106 mil 534, otomí; 71 mil 338, náhuatl; el resto, matlazinca o tlahuica. Pero en los últimos 10 años la población indígena que no hablaba español pasó de 3 mil 52 habitantes a 5 mil 422, lo que representa 1.3 por ciento del total de esa población que habita en el estado.

Para el Diablo Rock es primordial rescatar las raíces de una cultura que no está muerta pero que sobrevive.

Para ejercitar su creatividad y tratar de ubicar al otomí como “la lengua mexiquense del amor”, escribió la canción Ma nchala Dëni, Mi hermosa flor, que con voz desgarrada y una guitarra que enciende, enseña a los jóvenes a decir palabras de amor en la lengua materna de Otzolotepec, municipio donde habita el músico.

Sabe que su propuesta transgrede lo cotidiano, pues la gente está acostumbrada a escuchar el otomí en ritos y canciones que describen traiciones, o en versos que se cantan desde hace cientos de años, pero sacudir el fuego de la identidad indígena que corre por su sangre resulta un buen medio para avivarlo.

“Es un choque cultural para los jóvenes y para mí también, por eso espero que agrade. Las lenguas caen en desuso pero esto viene desde los abuelos. Por ejemplo, a la generación de mi mamá ya no le enseñaron, pero sí lo entiende, y mi mamá a mí no me enseñó pero aprendí a través de la investigación y de juntarme con historiadores, lingüistas y cronistas, así fui aprendiendo para transmitirlo a las nuevas generaciones que no se sienten identificadas porque no conocen nada. Este primer acercamiento a través de la música creo que es importante para que ellos se puedan interesar en sus raíces indígenas”.

De pronto, la guitarra para y sus dedos se aquietan, pero no su mente. Pronto podrá regresar a los escenarios y difundir su creación, el increíble rock otomí para el amor. Romper barreras de lenguaje y dejar que la música fluya para resignificar las raíces de los más jóvenes, hacerlos cantar en una lengua que sus abuelos podrán comprender, sentir y hasta bailar, es lo que el Diablo Rock busca.

Con la guitarra en la mano y una camisa con bordados impecables en rojo y diseño otomí, Daniel Rosales canta.

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