Miguel Alvarado
Toluca, México; 17 de marzo de 2021.
Al paso del tiempo la mirada se vuelve la sombra de algo, casi un recuerdo o una revelación inexplicable. Y es que las cosas están destinadas a fijarse, a detenerse, a quedarse para siempre como instante, porque qué es lo que hay detrás de una imagen, de las fotos que arma Fernando Óscar Martín y que dejan ese sabor a plenitud, a la gloria de todo lo posible pero a veces también a vacío.
Entonces apunta y se hace la nada porque la toma no la dicta él sino un remolino como de aire, como inverso y anverso, ese todo que hasta los griegos identificaron como un quinto elemento, una fuerza imposible opuesta a sí misma.
El vacío. No sentir. Accionar. Reaccionar, un principio apenas reconocido pero que impulsa. Miro y disparo. Miro y me detengo. Miro y respiro.
No sentir, pero no como uno cree.

“Suprimir todo el juego del discurso y la razón para acercarse a la sabiduría, ideal contemplativo, de reposo en el ser, fundada en el desapego y en la anulación de los deseos”, reflexiona el fotógrafo Fernando Óscar Martin refiriéndose al proceso que ha elegido para crear.
Qué duro y qué difícil conseguir entonces que ese vacío se pose a veces sobre uno, sobre los moros y los cristianos, la danza que ha retratado recorriendo el país y que lo llevó a Atlatlahuaca, en Tenango del Valle, en el Estado de México.
Y, sin embargo, retratarla toda.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
El cinco, el número del vacío, era también usado, observado por Vlad Draculea, aquel siervo de Valaquia enfrentado al sultán Mehmet II, dios y rey al mismo tiempo de los turcos otomanos en 1476, cuando eran los amos del mundo. Vlad Tepes, el empalador, había conseguido más o menos mantenerlo a raya y para eso había ejecutado, exterminado a ciudades enteras como la de Tirgoviste, cuyo bosque de empalados regó la sangre y las entrañas de 20 mil alemanes, turcos, húngaros, boyardos y búlgaros. La Orden del Dragón, una corte selecta de Vlad Draculea, apenas tomaba forma pero el cinco aparecía como un elemento dador de parabienes, entre ellas la salud, aunque también la revancha, el siniestro camino hacia ese bosque de atravesados.
A Vlad Draculea sus enemigos le volaron la cabeza decapitándolo y después la llevaron, sumergida en la tierna miel turca, a Mehemt II, el dios viviente que ordenó atravesarla con un palo para que nunca fuera reunida con el resto del cuerpo. Era una época salvaje, aunque un poco menos que la actual. Del voivoda Vlad Draculea apenas persisten las crónicas rusas y alemanas, las pedagógicas historias oficiales de Rumania y el personaje creado por el irlandés Stoker, quien a pesar de haber investigado a los no muertos con cierto prolijo, no vio por ninguna parte el número del vacío, el inmaterial quinto elemento.
Porque entonces, ¿cómo llevarlo a la fotografía, Porque entonces, ¿cómo llevarlo a la fotografía, cómo partir desde la ataraxia, lo imperturbable, y que no haya nada que nos trastorne?
Esa es la técnica anímica de Fernando Óscar Martín y sus fotos el resultado de la misma. Las danzas de moros y cristianos retratados por él nos cuentan, además de lo evidente, el proceso del vacío, la gran fuerza constructora que a veces también termina desintegrando.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Fernando Óscar Martín, el incansable viajero, ha escrito acerca de esa fiesta, realizada en honor a San Bartolomé: las siguientes ya son sus palabras, sus imágenes, y en estas últimas no será tan difícil ver la forma a eso que describimos ya, y que ha colmado nuestra búsqueda por los instantes.
Moros y cristianos
La danza […] dura tres días y evoca la pelea de los españoles católicos contra los moros, representantes de la religión musulmana, que culmina cuando el rey de los cristianos derrota al de los moros, haciendo que éste se transforme al cristianismo.
Se utilizan máscaras de madera hechas por los mismos danzantes, y capas de satín muy vistosas, que adornan con lentejuelas e imágenes de dioses prehispánicos y la Virgen de Guadalupe.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Esta tradición se ha transmitido de generación en generación desde hace más de 200 años. Los padres enseñan a los hijos los pasos de la danza y los abuelos cómo utilizar las espadas, ellos mismos hacen las máscaras para los nuevos integrantes, las madres cosen los trajes. Toda la comunidad participa y colabora desde hace años.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Se aprecia que los elementos y símbolos que portan la vestimenta son heterogéneos: van desde elementos nacionalistas hasta dioses prehispánicos, sin olvidar un componte católico que tiene connotaciones populares como la Virgen de Guadalupe.
Cabe resaltar que, en específico en Atlatlahuca, este sincretismo de la danza original de moros y cristianos se presenta por la influencia prehispánica de las culturas teotihuacanas, matlazincas y aztecas, que en su momento encontraron asentamiento en ese lugar”.




FotografíaS: Fernando Óscar Martín.



