11 marzo, 2026

8M: la furia de las ausentes

8M: la furia de las ausentes

Miguel Alvarado

Toluca, México; 8 de marzo de 2020. “No entendemos por qué hay una valla de mujeres policías en el portal cuando ellas saben lo que pasa en el país”, decía una de las participantes en la marcha de mujeres que atravesaba el centro de Toluca, el 8 de marzo de 2020. Y es que sí, una fila de policías caminaba a unos metros del contingente tratando de hacerse muro.

En el portal, algunos hombres que observaban en paso del contingente, se reían, pero se reían de nervios y otros lo hacían como si estuvieran observando una gracia. Cómo es Toluca, que apenas en octubre pasado esta misma ciudad participaba en un desfile de zombies y disfrazados, en el cual todos eran dignos maniquíes que habían invertido tiempo y dinero para estar presentes, aunque el espíritu de carnaval de una de las ciudades más frías de México no se presta para la fiesta callejera. Que los zombies y los disfrazados tiene mayor poder de convocatoria que una protestas es bien sabido en la ciudad, aunque esta vez no fue así.

Que en Toluca se levante la voz es noticia cuando las marchas y manifestaciones han sido propiedad exclusiva de Antorcha Campesina y organizaciones afines a los diferentes grupos priistas, emanados del cada vez más fracturado Grupo Atlacomulco. Apenas los opacos movimientos del 132 habían conseguido que algunos pocos, demasiado pocos, salieran a las calles. Pero lo que no consiguió el manoseado activismo político lo hicieron los 10 feminicidios diarios que ocurren en México.

Sí, con sus banderas de la Unión Soviética, todo lo rojas que pueden ser, el contingente de mujeres avanzaba por Hidalgo, a la altura de los portales en el centro de Toluca. Dieron la vuelta en Bravo y entonces se dirigieron a la Plaza de los Mártires, que se llama así porque ahí fusilaron a caciques indígenas rebeldes apresados por españoles en la zona de Tenango. Esas banderas se mezclaron después con los verdes y morados que la mayoría había elegido para marchar.

Las interminables filas de mujeres policías también se movieron, como hormigas negras, siempre a un costado de las mujeres que tomaban las calles de la ciudad y que doblaban en Independencia para después pasar por detrás de la Cámara de Diputados y tomar Lerdo. Lo que llaman el recinto de los legisladores estaba protegido por vallas metálicas en todo su perímetro


“Aleerta, alerta, alerta que camina…”, gritaron ellas como lo han gritado los normalistas.

Y por fin, la voz de este contingente, casi una niña, atronaba: “¡tomemos lo que tengamos que tomar: tomemos las fábricas, tomemos los edificios, tomemos lo que tengamos que tomar!”. Y diciendo así mientras caminaba junto a la camioneta que transportaba el sonido, la joven enrutaba al contingente frente al palacio de gobierno, este domingo de calor seco y de nubes embarradas, donde no había nadie, aunque las puertas enormes de madera fueron cerradas a piedra y lodo.

“Alfredo del Mazo, tu gobierno es un fracaso”, le gritan entonces al primo-hermano de Enrique Peña Nieto, un tipo de cera cuyo rostro parece derretirse cada vez que da la cara en algún mitin, controlado y bunkerizado, sólo abierto para sus adeptos. Ese reclamo no es parte del arsenal de consignas. No, está justificado.

De fondo, la catedral del Toluca, con sus torres erizadas, grises e inhumanamente altas, con su obispo, el anciano pero inepto Javier Chavolla que no por viejo sino por estulto ha dicho en días pasados que “los extremos son malos, como el machismo es una degradación del hombre y el feminismo es una degradación de la mujer”. Viejo y rencoroso, el obispo de Toluca representa a la administración de la iglesia católica que considera a la mujer inferior, y hace lo posible por acrecentar las brechas.

La catedral en el centro de la ciudad significa eso.

Y enfrente, custodiado por policías estatales antimotines que portan escudos y toletes, y que se paran detrás de tres hileras de vallas, que han formado tres fronteras que no se podrán pasar, el palacio de gobierno enmudece como lo hace cualquier día de la semana, a cualquier hora, ante cualquier situación. Las manifestantes tienen razón: “el Estado no me cuida, me cuidan mis amigas”. El caso de Del Mazo es increíble. La suya es la segunda entidad más feminicida del país, sólo detrás de Veracruz, con 105 casos en 2019, aunque en lo que respecta a asesinatos dolosos de mujeres, fue primer lugar nacional, con 294 casos, según Además, en 11 municipios se ha declarado una primera alerta de género, la cual nunca funcionó y por eso se tuvo que declarar una segunda, que tampoco ha funcionado de manera adecuada. El Edoméx, el municipio de los salarios rosas que inventó Del Mazo, cerró 2019 con 15 municipios en los primeros 100 lugares de feminicidios a nivel nacional.

Hoy, el primer contingente de mujeres estaba formado por comerciantes del área de la terminal de Toluca y por algunas universitarias. Una camioneta estacionada frente a las puertas del palacio de gobierno sirvió como templete para que, quienes quisieran, hablaran al grupo. Los paros en seis facultades de la Universidad Autónoma del Estado de México también fueron un ejemplo que no podía quedar olvidado.

“Me doy cuenta de que mi hija no está a salvo en la UAEM. Nunca imaginé que un maestro, u director, fuera capaz de agredir a mi hija, y que yo mandaba con tanta ilusión a la escuela. ¿En qué estaba yo pensando? ¿Cómo es posible que la autoridad haya agredido a las mujeres policías, que las encapuchó con máscaras negras? Eso es acoso, abuso, no se vale. Venimos en una marcha pacífica”, dijo una madre que no podía creer que las toluqueñas se rebelaran. Emocionada, pegaría en las vallas metálicas su cartel de denuncia poco después, como lo hicieron casi todas. Ahí estaban escritos todos los delitos sexuales, acosos, abusos que se sufren todos los días. Para ese momento una segunda línea de policías estatales llegaba para cerrar el paso a las puertas del palacio de Gobierno.

Las campanas de la catedral, al cuarto para las cuatro, también recordaban que enfrente del palacio municipal un grupo de católicos protestaba en contra del aborto, preocupados por lo que la catedral pudiera sufrir.

Otro contingente denominado “separatista” salió del Centro de Justicia para la Mujer, a las dos de la tarde, y en algún momento sumaron cerca de tres mil la participantes. Recorrieron Toluca e hicieron algunas paradas, una de ellas frente al Centro Estatal de la Mujer, antes de seguir su marcha sobre Bravo. Fueron encabezadas por víctimas de feminicidio y afectadas. Más ruidosa, más enojadas que las otras, llegaron a la catedral y allí prendieron artefactos de humo verde y amarillo.

En el perímetro de la iglesia la fuerza de los rezos de los poco católicos que se atrevieron a salir, las enfrentó. “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores…”, decían a gritos señoras de vestido largo y sosegados panzones calados con sombreros para el sol.

“Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén”, rezaban repitiendo un mantra milenario que a veces parece la única defensa que se tiene. Frente a ellos, las tres mil manifestantes los repudiaron y gritaron lo que todos ya saben: “Iglesia, violadora, Iglesia violadora, Iglesia violadora”.

Y en otras ciudades, pasaba lo mismo, o algo parecido: 100 mil mujeres en la ciudad de México; también en Oaxaca, Ecatepec, Guadalajara, Neza, Querétaro, Mazatlán y otras 64 ciudades en el país las calles fueron la respuesta para la inconcebible postura del presidente Obrador respecto a los feminicidios. El presidente que se declaró humanista tendrá que entender lo que eso significa, aquí, donde mueren diez mujeres cada veinticuatro horas. Además de la furia, las calles también fueron el reflejo pálido de otras cosas, sobre todo en la Ciudad de México. El fuego de las calles, la destrucción de las calles, los aparadores resquebrajados, las patadas contra las cortinas metálicas, las bombas Molotov contra el palacio nacional, fueron achacados a “infiltradas”, mujeres como las policías que aguantaron el embate de las manifestantes por ser las figuras visibles de autoridad-represión, también parte de este movimiento que confronta a todos porque cimbra.

En Toluca, el segundo contingente convirtió en alfombra humana la Plaza de los Mártires. Tres mil mujeres tiradas, ejecutadas, muertas, violadas, heridas, asesinadas, los cuerpos de 3 mil de ellas representaron un panteón gigantesco, coloreado de morado. Islas de mujeres, penínsulas, continentes. Mujeres simulando la muerte y algunas otras muertas en vida por las pérdidas que han sufrido.

“¡Ni una menos, ni una menos!”, fue el grito con el que se levantaron del piso, porque ese movimiento también es otro de los símbolos de las marchas del 8 de enero: levantarse, embozar a los padres de la patria, como la estatua de Miguel Hidalgo, a la que se le colocó un pañuelo verde y con ello se acalló su grito nunca pronunciado, esa rabia patriótica que nunca salvó a las mujeres.

Esto es el 8M, pero apenas es nada en un país profundamente feminicida como el nuestro.

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