10 mayo, 2026

La brujería de Crisanto Eíl, el hombre que vivió 200 años

La brujería de Crisanto Eíl, el hombre que vivió 200 años

Miguel Alvarado

Toluca, México; 27 de junio de 2020. Llegó de Tegucigalpa, Honduras a la Ciudad de México caminando, o eso dijo después él mismo -cuando la Inquisición lo requirió y le abrió juicio- para instalarse como curandero y asombrar a los habitante de la capital de la Nueva España con sus conocimientos medicinales. Crisanto Eíl era un hombre solo y además judío renegado, de esos que los españoles y mestizos llamaron marranos porque abrazaron el catolicismo para no morir ni llamar la atención del Santo Oficio. Era de larga figura, demasiado alto y demasiado delgado incluso para nuestra época, y su vestimenta, aun si no se hubiera dedicado a lo que se dedicaba, habría llamado de cualquier forma la atención. Su sombrero de hebilla y su capa gastada, que lo cubrían innecesariamente, hacían juego con las 10 sortijas que se enredaban en sus dedos. Sus largos pelos y su barba luenga, que dejaba crecer como una espina en su mentón, le daban un aire agorero. No, era como un hombre, sino como un cuervo y muy pronto se vio rodeado de enemigos, que lo declararon sin asomo de duda brujo poderoso al servicio de elementos luciferinos.

Eran tiempos difíciles para la ciencia y el conocimiento, y más si se practicaban como lo hacía Crisanto. La administración del virrey Luis de Velasco nada podía hacer contra la creencia de brujas, demonios y nahuales y el miedo fanático del pueblo, que miraba sombras donde no las había.

Uno de estos buscadores de demonios era don Luis de Ordóñez, quien acusó sin éxito a Crisanto de siniestras operaciones en los panteones de la ciudad y buscó siempre una audiencia con el virrey para delatar a su oponente. Porque eso era Crisanto, un hábil curandero cuyos métodos escandalizaban a algunas conciencias de aquel año de Nuestro Señor de 1610, que era también el último que gobernaba el virrey Velasco, a quien habían nombrado presidente del Consejo de Indias, y volvería a Madrid en 1611.

La Santa Inquisición fue un aparato judicial medieval creado en 1123 por el papa Gregorio IX, y se trataba de un tribunal cuya finalidad no expresada era el despojo de la riquezas. Sus víctimas eran todos, entre ellos judíos y herejes. Su verdadera utilidad radicaba en la imposición del terror como un poder, y tenía en los vecinos a los mejores agentes, porque eran ellos quienes denunciaban. La Inquisición en Europa funcionó exitosamente y en la América española se instaló precedida de negra reputación.

Pero la suerte no estaba del lado del curandero Crisanto Eíl, que atestiguó el cambio de poderes en la Nueva España y le tocó asistir de lejos a la entronización del arzobispo de México como virrey. Desde ese momento, el poder del hombre y el poder divino se encarnaron en una sola persona. Quien reemplazaría a Velasco era un hombre medianamente joven que no pudo negarse al encargo del rey de España y de media humanidad, Felipe III.

El arzobispo de México, a quien le decían Fray García Guerra, se llamaba Francisco y estaba convencido de que los indígenas sojuzgados podrían aspirar a mejores condiciones de vida e incluso educación. Esa idea no era bien vista por la intrigante Corte en la que debía cabildear. Por otra parte, Fray García Guerra, nacido en el pueblo de Palencia, España, era un hombre supersticioso y quiso la mala suerte que asumiera el poder el 17 de junio de 1611, apenas cinco días después de que un misterioso eclipse de sol se observara en la Nueva España. Esa señal fue tomada como mal augurio, pero con todo y lo que en ese tiempo resultaba ver que el día se cortara abruptamente y que los animales nocturnos salieran a una hora desigual, el arzobispo-virrey debió adentrarse en las nuevas tareas de su encomienda. El eclipse no llegaría solo. También un poderoso terremoto tiraría algunas construcciones de la capital y dejaría su impronta destructiva por años. Además, inundaciones debido a las torrenciales lluvias pusieron en jaque a la ciudad, que observaba expectante la construcción de los desagües que las impedirían. Pero la de las inundaciones y el gran terremoto, como señala el lugar común, es otra historia.

No puede recordarse al Santo Oficio sin mencionar al gran inquisidor Fray Juan de Torquemada, cruel y fanático de su propia verdad. Se sabe que él y su aparato mortal mandaron a la hoguera a 8 mil 800 personas. Además, 6 mil 870 fueron quemadas en efigie y 97 mil 321 sufrieron de algún tipo de castigo. Torquemada era una especie de procurador, un fiscal o un secretario de Seguridad de nuestros tiempos, y cuando viajaba lo hacía escoltado por 250 guardias que lo encapsulaban para evitar cualquier atentado.

La Inquisición en México fue instalada en un edificio al que por años se le llamó La Casa Chata, frente a la Plaza de Santo Domingo y fue entregada a los monjes dominicos para que establecieran ahí su convento. Fue Moya de Contreras, el primer inquisidor en la Nueva España, quien consiguió que ese edificio fuera donado al Santo Tribunal. Así, el terror comenzó a impartirse desde el corazón de la Ciudad de México y por ese catolicismo judicializado pasaron 40 inquisidores, unos más salvajes que otros. Una inscripción le recordaba a México que “Nolo mortem impii, sed ut convertatur et vivel”, que en castellano significaba que no se deseaba la muerte sino la conversión del acusado. Un pequeño libro llamado “Historia y leyendas de las calles de México”, da cuenta del día en que la Inquisición fue clausurada, en 1820: “el día primero de junio de ese año, a las diez de la mañana, salió de su cuartel un piquete de setenta hombres de tropa y dos cañones, al mando del capitán portugués Don Pedro Llop y del subteniente José María Caminos. Al llegar a la puerta del edificio de la Inquisición se hizo alto y a la voz de mando los soldados presentaron armas. Acto continuo un notario dio lectura al bando que mandaba clausurar el Santo Oficio, después de lo cual fue fijado en las esquinas de la casa. Inmediatamente el capitán Llop llamó tres veces con el puño de la espada, y como las puertas no se abrieran, exclamó:

– ¿No abren? ¡Bala con ellos!- y sin perder tiempo las puertas fueron abiertas entrando el notario y la tropa. Se encontraban presos todavía algunos infelices cargados de grillos y cadenas, en espera de sus sentencias o cumpliendo condenas. Fueron liberados todos, pero el más oscuro galerón encerraba una sorpresa para los soldados.


A Crisanto Eíl Rodríguez, nombre completo del brujo, lo encerró en la Perpetua el arzobispo Fray García Guerra a mediados de junio de 1611. Pero el brujo-curandero lo maldijo el día de su captura.

– ¡Sea cual fuese la muerte que me reservéis, vos moriréis mucho antes que yo, arzobispo!- le gritó Crisanto al asustado virrey-prelado, que palideció al escucharlo. Nadie sabe cómo, pero ese mismo día el virrey salió en su carruaje por la ciudad y al pasar por la Catedral, quiso detenerse a orar. Unos creen que pensó haber dado la orden al cochero para que se detuviera, pero lo cierto es que el virrey abrió la puerta con el vehículo en movimiento y cayó aparatosamente. Estuvo meses en cama y al cabo de un año moriría en su lecho recordando la profecía de Crisanto, que esperaba encerrado en el Santo Oficio por su sentencia.

La muerte del virrey condenó a Crisanto a un castigo todavía peor, porque junto con otros infelices, fue olvidado en los calabozos por años. El Tribunal, pasado el tiempo, perdería su fuerza y las consejas callejeras reflejarían en el ingenio de los pícaros, que a voz en grito preguntaban para hacerse los chistosos:

– ¿Sabéis lo que es el Santo Oficio? Pues un Santo Cristo, dos candeleros y tres majaderos- respondían ellos mismos.

Por eso, el primero de junio de 1820, cuando el capitán Llop abrió a cañonazos las puertas del Tribunal, no extrañó que no hubiera nadie. Los soldados recorrieron el lugar y constataron la fuga de los inquisidores. Sólo quedó el viejo don Casiano de Chavarri, que no pudo correr porque era reumático. El edificio que por casi tres siglos había causado el temor de todos ahora era un cascarón envejecido. Al bajar a los calabozos, los soldados notaron que había personas encadenas. Pudieron identificar al padre Soria, un cura que había defendido desde el púlpito las causas independentistas, y también hallaron a otros rebeldes refundidos en aquellos abismos.

Pero la última celda, la más antigua de todas, albergaba a un personaje que la crónica de ese día recoge todavía en voz baja.

– Vamos, ¡salid! ¡No temáis, sois libre! -gritaron los soldados a la sombra gigantesca que se revolvía en el fondo de esa mazmorra- Flaco sois y bien estirado, ¿quién sois?

El hombre, que por fin había salido, vestía un sombrero hebillado y su barba de chivo al mentón se confundía con sus pelos largos. Una capa ajada le colgaba de los hombros y con su alta estatura se dirigió rápidamente a los soldados.

– Soy Crisanto Eíl Rodríguez- respondió el brujo, que había sido olvidado en la Perpetua por 209 años.

Los soldados rieron cuando Crisanto les dijo cuánto llevaba ahí metido, y les entregó un legajo que contenía un Tratado de Filosofía. Los soldados lo examinaron un momento y cuando levantaron la vista, Crisanto Eíl Rodríguez había desaparecido.

La Inquisición novohispana está llena de este tipo de relatos y Crisanto Eíl, quien vivió en algún cubil entre las calles de Jesús Nazareno o en la de la Estampa de Jesús antes de ser apresado, cumplió su palabra y sobrevivió al virrey García Guerra, quien lo apresó por dos siglos, pero olvidó sentenciarlo. Crisanto se desvaneció en la noche de los tiempos aunque su leyenda perdura en la ciudad y en los pasillos de la Casa Chata, hoy un museo donde apenas persiste la memoria de uno de los brujos más temidos de la Nueva España.

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