18 enero, 2026

Columna literaria Post It

Columna literaria Post It

Daniela Albarrán

En estos días de cuarentena he estado escribiendo un trabajo académico sobre Bolaño, y, entre mis zambullidas me encontré con una entrevista que le realizan en un programa que se llama “La belleza de pensar” (búsquenla en youtube) donde menciona que cuando era joven robaba libros, sin embargo, para él eso  no es un delito, puesto que robarlos va relacionado con la pobreza y con el hambre de aprender; en su libro, los “Detectives Salvajes” Ulises Lima y García Madero también se van a las librerías a robar libros.

Y estoy completamente de acuerdo con Bolaño, robar libros no es un delito y es, en muchas ocasiones, necesario; más en un país donde el acceso a los libros de literatura es tan limitado, no siempre se tiene el dinero para leer;  la lectura, además de requerir mucho tiempo, necesita dinero.

Cuando comencé a leer, yo tendría unos 12 o 13 años, y, aunque me compraban uno o dos libros por mes, yo quería leer más, entonces, todo el dinero que me daban para comer en la escuela, yo lo juntaba para comprar libros, aun así, no me alcanzaba el dinero, casi siempre me bebía los libros que lograba conseguir; la biblioteca de mi secundaria era un lugar inaccesible, no los prestaban, entonces, la única forma que encontré para leer era truequearlos; iba con un señor librero que me los vendía, cuando los terminaba de leer, se los regresaba y me daba otros del mismo precio o yo pagaba la diferencia.

Pero había libros que son (y siguen siendo) económicamente inaccesibles para mí; recuerdo hace unos pocos años que estaba obsesionada con los Beat y “On the road” era mi biblia, por desgracia lo leí en línea, y es la hora en que no he podido comprarlo, pero en mi fiebre beat, yo tenía muchas ganas de leer las “Cartas” entre Jack Kerouac y Allen Ginsberg; en ese entonces era un libro carísimo, así que recurrí a la vieja confiable: me lo robé.

 Fue en una feria del libro en Toluca, vino el stand de Anagrama, enorme y con sus envidiables libros; ni siquiera pregunté cuanto costaba, el precio estaba etiquetado. Imposible comprarlo. Afortunadamente, ese día la suerte estaba de mi lado, llevaba una bolsa enorme, perfecta para guardar mi botín, y el libro que quería estaba en un sitio muy escondido. Así que cuando lo vi, sin miramientos lo tomé y lo eché en mi bolsa. Salí corriendo de allí.

Sigo pensando que lo que hice no fue un delito, de verdad lo quería leer, de hecho, con el tiempo se ha convertido en uno de mis libros de cabecera, y esa historia es una de muchas más que tengo en mi carrera de ratera de libros.

Aunque, en los últimos años no he robado libros en físico, de hecho, procuro ya no tener libros, no desde que tengo un Kindle; gracias a él he tenido acceso a libros que mi economía jamás me permitiría, o libros que ya no se editan, o son inconseguibles. Ahora soy una lectora cien por ciento digital y ya no tengo la necesidad de robar, sin embargo, sí recurro a la piratería, que también es una forma de “robar”.

Ni robar ni la piratería son un delito, porque ambas acciones, al menos en cuestiones literarias, implica la necesidad de aprender, de saber, y sobre todo, la incapacidad económica de comprar libros. Para mí la lectura es una acción tan vital como comer, y si tuviera hambre, tampoco dudaría en robarme comida para sobrevivir.

Sé que todos los lectores que conozco se han robado al menos un libro, y creo que está bien, robar libros no es un delito, pues la lectura es un acto vital como dormir, comer o respirar.

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