Fernanda García
Toluca, México; 10 de marzo de 2022.
Pauso. Los primeros días de marzo los dedico a la introspección, nado de regreso al pasado, a la incertidumbre y me doy licencia de sentir y contemplar. Por ello mi silencio de la semana pasada.
Respiro. Marzo desde hace tres años resulta intempestivo para mí. Un mes turbulento no sólo en lo social, también lo es en lo personal.
Cuando pienso en el dolor, recuerdo que estamos sometidos a él desde el primer momento de nuestra existencia fuera del útero: el trauma que significa salir al mundo y por primera vez sentir hambre, frío, soledad.
A lo largo de la vida esos tres sentimientos se repiten constantemente, nos quedamos atrapados en ellos porque nadie más puede sumergirse en lo que tenemos en la cabeza pero, sin duda, la soledad es el dolor que más castiga.
Por ello mis silencios los reservo para este mes que tanto me ha desolado y al mismo tiempo transformado.
Pero todo lo intempestivo y funesto que es marzo también lo es desde lo ambivalente que resulta con su esperanzadora primavera feminista.
Marzo es violeta. En este espacio no hablaré de las marchas, para eso ya hay medios desde los cuales mujeres capaces escriben con perspectiva de género (aunque es como encontrar una aguja en un pajar dar con ellas). Sin embargo, hablaré del dolor que lleva a tener que hacer esas mismas marchas, a manera de confesión.
Cuando comencé a cobrar conciencia sobre el feminismo, debo reconocer que no me identificaba con eso. “Todos somos iguales” y “a los hombres también los matan” eran parte de mi verborrea. “Las mujeres no son santas, juntas ni difuntas”, me enseñaron.
Las gafas violetas me las puse cuando las muertas de Ciudad Juárez comenzaron a ser las del Edoméx. Cuando conocí a una familia cuya hija había sido arrancada de su amor. Ese dolor no me lo compartieron en entrevistas, pero fue en el momento en el que me tocó consolar incontables veces a un hermano consumido por el terror de haber encontrado a la mujer con la que creció asesinada, cuando entendí que a las mujeres nos matan por odio.
Comencé a investigar y a entender que la palabra “feminicidio” es más que un término legal, es el nombre de una problemática que quebranta cuando se es mujer. Entendí que el feminismo no es odio a los hombres, como me intentaron hacer ver infinidad de veces.
¿Que si es un movimiento que se ha querido transformar en un lobby? ¡Claro que queremos presionar al gobierno para la construcción de políticas públicas que nos ayuden a vivir libres y sin miedo! Pero no para el beneficio maquiavélico de un grupo.
El violeta no sólo es el color de lucha feminista, también es el del luto, resistencia y dolor. Ese dolor que nos une.
Para esta semana pensaba dejar un espacio en blanco en honor a la memoria de las víctimas de la violencia machista, pero no. Ellas no necesitan sentir nuestro respeto de esa forma. Necesitan nuestros gritos de indignación resonando en cada espacio habitado por una mujer. Necesitan que digamos que “nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio”.
El Edoméx encabeza el mortífero conteo de víctimas de feminicidio en números absolutos: 14 en enero; 14 mujeres y niñas que no llegaron a casa porque a algún “onvre” se le antojó arrebatarles la vida.
No son números, tienen nombres, familias e historias, amaron y fueron (son) amadas. Tal como la hermana de mi amigo, a quien estoy segura, siguen llorando en casa a 11 años de distancia de su feminicidio.
El 8M, leí en una pancarta que me movió cada fibra un “Te prefiero violenta que violada y asesinada”. Y sí, así prefiero.
Así que marzo me resulta intempestivo porque el miedo a las marchas es más grande en los hombres y las aliadas del patriarcado que la estela de dolor que dejan las mujeres asesinadas, golpeadas, sometidas, desaparecidas, violadas. Nuestra lucha es inútil para ellos.
Para nosotras y para los hombres que acompañan, es el mes que más violetas se ven las calles, se habla más del tema y esa es nuestra más grande victoria, no que haya políticas públicas, esas habrán de crearse con y sin marchas, sino que la plática feminista ha llegado a los cimientos del patriarcado, a las familias.
Para mí, el feminismo y la resistencia violeta han significado un cambio de vida, de amigos y hasta de proyectos. Lo agradezco.
Cierro esta entrega del Caleidoscopio con el corazón hinchado con canciones que visibilizan, con marchas que hacen resonar la lucha y con el alma fragmentada por mis ausencias.
Querido marzo: me has quitado tanto, me enterraste en vida y por eso descubrí la semilla que soy.
¡Gracias!



