3 abril, 2026

Setyatsen, la niña toluqueña que representa a miles

Setyatsen, la niña toluqueña que representa a miles

Fernanda García: texto. Karen Colín: diseño.

Toluca, México; 5 de enero de 2022.

Me encuentro inmersa aún en el espíritu navideño, quizás porque es una época que nos refleja los esfuerzos, el amor al otro. Esta semana tuve que acompañar a las Reinas Magas a cumplir su cometido: buscar entre miles de sobreprecios disfrazados de ofertas el regalo justo para los niños que aman y la realidad se me estrelló en el rostro.

Éramos miles buscando el regalo justo para cuidar la ilusión y la fe de las infancias, miles que estábamos sumergidos en nuestras cuentas, en el presupuesto, en las preocupaciones. Sí, había uno que otro que miraba juguetes y los tomaba para cumplir algún deseo añejo… Entonces sucedió. Recordé a Setyatsen.

Era febrero del 2018 y caminaba por la Plaza de los Mártires tratando de cumplir mi cuota en un día soleado de invierno. Tenía las manos congeladas pero el sol me caía a plomo cuando vi a una mujer gritar que su hija era víctima de toda clase de abusos en la casa hogar del DIF del Estado de México. Como reportera, me acerqué a entrevistarla. La mujer, recuerdo, tenía la ropa sucia y no supe en ese momento si lo que salía de su garganta era desesperación por su hija o algún padecimiento mental. El nombre de la pequeña es Setyatsen.

Para cuadrar la historia, llamé al área de Comunicación Social del DIFEM y me concedieron permiso para entrar a todas las áreas de la casa-hogar ubicada Paseo Colón. La única condición era no tomar fotos que expusieran la identidad de quienes vivían ahí. Me cuestioné entonces cómo, rodeada de tantos árboles y casas lujosas -porque esa era una de las zonas más exclusivas de Toluca, antes de que se construyeran los residenciales de Metepec y Zinacantepec- podía saborear tanto dolor. Ahí uno más de los fractales de la indiferencia.

No todos eran huérfanos, algunos habían llegado por cuestiones de maltrato, porque habían huido de sus casas y la calle los trastornó de alguna manera. Y ahí estaba la pequeña, padece síndrome de Down pero sonreía con ganas de ser amada. No era víctima de abusos, lo constaté en ese momento, porque los maltratados tienen una ausencia de brillo en los ojos. A su alrededor, decenas de niños y niñas, todos con hambre de amor. Todos. Por eso Setyatsen, que significa Brisa de Lluvia en maya, regresó a mi recuerdo anoche.


El día en que visité el Centro de Asistencia Infantil del DIFEM, Cristel Pozas Serrano, procuradora de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes del Estado de México, me acompañó, me explicó por qué la pequeña no podía estar con su mamá, que padece paranoia y no está calificada para el cuidado de una niña con discapacidad.

Conforme íbamos caminando, pasamos por el área de Maternal. No hay lujos, apenas lo necesario para atender a los inquilinos, que ese año eran, si mal no recuerdo, alrededor de 280 en los tres albergues del DIFEM. También visitamos el área femenil donde las adolescentes comenzaron a pedirme que escribiera sobre sus necesidades entre risas. Unas querían gel y peines, otras secadoras de cabello y ropa que les ajustara, unas más mejor no hablaron.

De nuevo no había lujos, pero sí la certeza de que, a la mayoría de edad, tendrían que enfrentar el mundo solas.

Y esa fue la realidad que se me estrelló en la cara y por la noche me cayó como espanto en los ojos. Ahí estaba la sonrisa quizás forzada de Setyatsen, de Andrés, de Karla, de cientos de niños que son invisibles. La pandemia los invisibilizó aún más. Entre la lucha propia por sobrevivir olvidamos a aquellos que no tienen ilusión más que de ser dignos de amor.

Me queda claro que no todos pasamos la vida sin pensar en ellos, que son miles las formas en que la desgracia se presenta en el día a día y eso nos hace dejarlos fuera de foco, pero también que ese discurso de amar al otro, de compartir lo que hay, debería inundarnos todo el año como propósito para ser mejores. Y aquí es cuando recuerdo aquella frase que reza que “una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil”, y desde esta silla rodeada de rebanadas de realidad en la que hoy escribo, me doy cuenta de lo siguiente: estamos condenados porque infancia es destino y no hemos sabido protegerla.

Hoy, en vez de cerrar con la descripción de lo que hago mientras redacto, sólo pido que se comparta lo que uno tenga, aunque sea una sonrisa. Yo comparto en este texto mi preocupación. No lo vamos a resolver en un día, en un año o en 100, creo que sólo podemos acercamos a los que buscan ayudar y darles un rostro a las infancias vulneradas, poner atención y acercar los pocos o muchos recursos con los que contamos. A veces, sólo un poco de tiempo cambia una vida.

Hasta la próxima.

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