18 abril, 2026

Estampas de infancia

Marco Antonio Rodríguez

Lerma era un árbol de duraznos y una reja blanca con paso al sosiego; buroes con libros apilados y un minicomponente que sonaba música de Queen. Era un tocador repleto de artículos de higiene personal colocados en perfecto orden. Era también avena sabor manzana-canela y desayuno colectivo; risas en la mesa y en cualquier sitio o ronquidos de un tigre moribundo. Lerma era la inocencia de nuestra infancia, las ganas de hacer o deshacer, de crear e innovar, de jugar y soportar, de bailar a Michael Jackson e imaginarnos artistas; eran ganas de vivir y soñar. Lerma era el tío Armando, sus palabras precisas y un cuaderno plagado de memorias. Pero crecimos; fuimos frágiles y la infancia se rompió con la inevitable adultez.

Su juguete es la navaja con que corta el vientre de las truchas para luego limpiarlas de vísceras y sangre pues ese es su trabajo en un estanque de Malinalco. Lo hace sin voltear a verlas y no por miedo, sino por indiferencia. Pasan minutos mudos donde el único sonido es el que produce el filo del instrumento raspando el esqueleto del animal. Y luego un silencio espeso.»¿De grande? quiero ser policía», dice entonces y en su rostro se dibuja una sonrisa cómplice.

En tiempos de pandemia hay nuevas reglas y otras más han cambiado. Se vale ser educado pero no dar la mano. Se vale jugar pero no llevarse las manos a la cara pues el que lo hace, pierde; en ocasiones muere.

Un abrir y cerrar de ojos, media lágrima, tres suspiros, veinte carcajadas, cuatro, cinco o cien historias, dos u ocho vidas, siete personajes y un héroe, cinco villanos, una llovizna, dos lunas, cuatro soles cien libros, tres hermanos y un destino.

Él disparó primero y luego yo, ya cuando había bajado su arma y yo posaba el dedo índice sobre el disparador de la mía. Esquivé sus balas, pero él no pudo hacer lo mismo y quedó inmortalizado en un recuerdo gráfico. Niños sicarios: inocencia de plomo.

Aquellos pastores, los que hacen paletas de mango con chamoy y chile piquín para ganar dinero, son los mismos que juegan con varas secas; los que saben divertirse con todo y nada. Ellos ven a un borrego trasquilado y se ríen como imaginando en él múltiples peinados afro. Pero cuando el animal habla, ellos, sorprendidos, se quedan mudos y escuchan ese su lenguaje monótono.

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