Miguel Alvarado
Toluca, México; 22 de abril de 2021.
Esta mañana a la ciudad le pasó de todo: dos ejecutados en el norte del municipio no dejaron pasar en blanco la jornada. En la ciudad, un camión chocó contra dos postes y dejó sin luz desde las 11 de la mañana. Un transformador se vino abajo en San Pedro Totoltepec. Los muertos pasaron invisibles una jornada en la que el calor asfixió porque se atraviesa una de las sequías más duras en la historia de la entidad: los estanques del municipio están casi vacíos y el agua en las comunidades rurales escasea.
Sin embargo, la protesta de ciclistas que vieron desaparecer la promesa de una ciclovía en la avenida Colón de Toluca se convirtió en pocos minutos en un escenario violento porque granaderos del gobierno estatal llegaron a quitarlos, después de que cerraran la avenida.
Por la mañana, algunas fotos en redes sociales consignaban que los delineadores de la ciclovía habían desaparecido misteriosamente, en algún momento de la noche, para dejar la calle pelona, como dijeron los viene-viene, que ayudan a que los usuarios de bancos como Bancomer se estacionen justamente en el espacio que se le había destinado a la ciclovía.
La verdad es que Toluca es una ciudad pequeña que está pagando el precio de crecer sin sentido y al mismo tiempo de querer parecerse a ciudades que por múltiples razones pueden acceder de manera más sencilla a la implementación de las ciclovías. Puebla, por ejemplo, es una ciudad surcada por estructuras para el tránsito de bicicletas, pero eso costó mucho y generó otros problemas, de inseguridad, por ejemplo, porque ahora esas pistas enormes son también carriles solitarios que nadie cuida.
Que en Puebla el circuito de ciclovías de 7.6 kilómetros de largo costara en 270 millones de pesos en 2016, alarmó incluso a quienes presionaba para que se hiciera. “Estamos hablando que serán más de 30 millones de pesos por kilómetro de ciclopista, con esa cantidad podríamos construir no 7, sino 200 kilómetros de ciclovías útiles y seguras para muchos centros urbanos del estado”, dijo Armando Pliego, un representante de los ciclistas de aquella ciudad.
Pero aquí, en la capital de Estado de México, no se quiere invertir en estructuras que realmente conformen un circuito en las zonas en donde se ocupa de verdad.
Uno de los circuitos que debieran ser atendidos primero tendrían que ser las rutas de obreros, albañiles y campesinos que laboran en la Zona Industrial y se desplazan desde las regiones marginadas como los pueblos de San Pablo Autopan, San Cristóbal Huichochitlán y San Andrés Cuexcontitlán. Toluca, su centro pequeño y apretado, así como las zonas residenciales necesita de espacios para las bicicletas porque son el medio de transporte que aliviaría la carga vehicular de alguna manera.
Ya el marcaje de las ciclovías en la avenida Isidro Fabela ha causado inconformidad entre los dueños de los comercios, que se sienten, por decirlo de alguna manera, atrapados entre las bicis y sus proveedores o clientes, que no tendrán dónde aparcar. A todo eso han respondido los colectivos bicicleteros que impulsan la implementación de estas ciclovías con mayor o menor suerte.
Así que hoy por la mañana lo que los técnicos denominan bolardos fueron retirados de esa avenida Colón que, entre otras cosas, alberga la Casa de Gobierno de Alfredo de Mazo Maza. La ciclopista, por cierto, corre del lado de su banqueta, de la salida de sus autos, de la acera en donde se estacionan los policías que lo cuidan.
Y cuando los ciclistas se dieron cuenta de que los delineadores o los bolardos ya no estaban, se dieron cita en la famosa avenida Colón para cerrar un tramo, primero, y luego toda, de una vez. Así que pusieron sus biclas de cabeza, como le hacen los niños y los adolescentes y formaron una maravillosa valla de piñones, rayos, horquillas, estrellas, bielas y asientos y se dedicaron a convocar a las asociaciones. Ellos, sus amigos bicicleteros, llegaron puntuales al lugar, a esa avenida de abolengo y rancio olor por la presencia ya comentada de Del Mazo, pero detrás de ellos llegaron los granaderos.
Uno por uno los policías se dedicaron a ganar metros para ellos, cuyo objetivo era quitar a los ciclistas. Y poco a poco lo consiguieron. Que un acto tan simple como el cierre de un tramo por bicicleteros que son estudiantes, niñas, jóvenes, profesionistas dedicados a su trabajo atrajera a lo más brutal de la fuerza pública habla de quien está al frente de ella. Los ciclistas repudiaron la llegada de los uniformados pero se tomaron fotos al lado del tolete, de los escudos de plástico reforzados, de los cascos, de las miradas de los granaderos que luego parecen vacías. No, no los iban a golpear pero policía de ese tipo se necesita en otro lado, para otras coas. Sin embargo, la estructura del Estado así es cuando existe algo que se llama inequidad.
Los ciclistas se fueron poco después, pero de todas formas hubo empujones cuando un político y activista local Mario Medina, fue empujad por un gendarme. En busca de desquite, a Medina le llovieron empujones y lo que parecía que se prendía terminó por convertirse en un zafarrancho de partido de futbol.
Más tarde llegaron las aclaraciones y el gobierno municipal de Juan Rodolfo Sánchez Gómez señaló que “la obra corresponde a la Junta Local de Caminos, adscrita a la Secretaría de Movilidad del Estado de México”, y que había sido esa Junta famosa la instancia que había ordenado el retiro de los bolardo, una palabra que en realidad quiere decir que se trata de una estructura pequeña anclada al suelo que impide el acceso vehicular.
Por la tarde, un camión pintó rayas amarillas sobre la avenida y con eso el choque entre biclas y granaderos terminaba su primer capítulo con un empate con sabor a derrota para los promotores de las ciclovías, quienes medio año después no han podido contra maquinaria abusiva que siempre será el Estado.



