Miguel Alvarado.
Toluca, México; 8 de junio de 2020. Este vacío es la avenida Hidalgo y esta maraña de cintas amarillas y rojas, enredadas en las bancas, es el parque de la Alameda, clausurado hasta para el aire en el centro de la ciudad de Toluca, un lugar en donde pasa todo, aunque también se ha convertido en la falsa medida de la pandemia por el coronavirus. El primero cuadro ha sido cerrado a la circulación vehicular y lleva así tres días. Viejo sueño de algunos ilusos, el cierre total del centro no responde a ningún ni de planeación urbana. Es una respuesta tardía a la explosión de coronavirus que se experimenta en la ciudad, cuyos habitantes pecan de ignorantes, de valientes hasta la muerte y de pobres. Porque si no lo fueran -pobres, sobre todo- habrían podido respetar la cuarentena por el tiempo suficiente. Pero no es así y Toluca se resquebraja por su eslabón más delgado, el cual ha resultado ser la economía.
Ella se llama Angélica y recorre las calles de la ciudad por el rumbo de la Bombonera, buscando que alguien la contrate para hacer lo que sea. Tiene unos cuarenta años y va embozada porque en su casa vive su con hermana, a la que diagnosticaron covid-19. Angélica trabajaba en una imprenta, un negocio que prefirió cerrar a las primeras de cambio creyendo que la epidemia no duraría ni un mes.
– Me descansaron desde marzo- dice ella, evitando a toda costa mencionar que en realidad la imprenta la ha despedido, pues ningún negocio pequeño se recuperará lo suficientemente rápido para restablecerse en la normalidad de las contrataciones.
La Federación juega un juego que ya no funciona. Por un lado, queda claro que aunque el subsecretario de Salud es un hombre honesto, las cifras que estoicamente recopila su equipo de trabajo todos los días, ya no reflejan el corazón de la calle ni le sirven de nada a los más desprotegidos. El coronavirus y su largueza han terminado por demostrar lo que la congruencia indicaba desde el principio. Las cifras oficiales de ninguna manera corresponden a los casos de covid ni de las enfermedades asociadas a esos síntomas. En todas las colonias, en todas las calles de la ciudad hay un contagio y los muertos ya pueden ser señalados en sus domicilios. No hay manera de hacer contrapeso a las cifras oficiales porque no existe otro tipo de conteo.
Toluca y otras ciudades del país tocan a la puerta de la siguiente fase, no la quinta, sino una fase de violencia sin control que revienta poco a poco y que generará revueltas de verdad -no las marchas ni los mítines de los anarcos- a menos de que se comience a decir la verdad y esta verdad funcione para tomar decisiones.
López-Gatell, con un salario asegurado, hace lo que puede. Y Angélica, la toluqueña, también hace lo que puede, ella sin dinero y sin trabajo.
– Lavo los coches- dice, mientras se retuerce las manos y su camiseta morada se llena de sudor -Lavo los coches, nomás préstenme una cubeta, agua y jabón porque no traigo nada.
Entonces llora, y en su llanto se arranca la gorra que la ha cubierto discretamente mientras habla. Ya no tiene cabello.
– Tuve que venderlo- dice- lo vendí junto con los teléfonos celulares, junto con la bicicleta y con las herramientas de mi esposo.
En eso de las estadísticas Angélica es apenas un número o ni eso. Es parte de esa cosa amorfa que es la mitad de la población del Estado de México viviendo en algún tipo de miseria. Porque, ¿qué rostro pueden tener? Ninguno. Son promedios, a veces aproximaciones. Son estimados, diría la Secretaría de Salud y todos los niveles de gobierno encargados de llevar a cabo la pantomima de la lucha contra la pobreza.
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Este vacío es la calle de Bravo y los portales, ambos cerrados. Quienes van por ahí todavía lo hacen sobre las banquetas porque costumbre es también inercia. Apenas las motos de los repartidores encuentran las excusas suficientes para circular. También lo hacen los camiones de la Coca-.Cola y la Pepsi, cuya excusa sobrepasa el cinismo del mexicano. Los comercios están cerrados y el centro se agita con un silencio extraño, barbitúrico. El paso apagado de los pies de quienes andan semeja el galope de una manada. No, nadie corre y a lo lejos, sobre la gigantesca Lerdo, pueden verse las barricadas como también se ven en Morelos y Quintana Roo, en Sor Juana y en Rayón.
Esta desolación es la calle de Lerdo, una avenida que atraviesa la ciudad y pasa frente al palacio de Gobierno, cerrado a piedra y lodo los últimos tres meses. Nadie circula por ahí y nadie lo hará sino hasta la altura de Sor Juana, cinco calles más abajo, donde se aglomera la circulación proveniente de Metepec y del norte de la ciudad, sobre todo. Avisados, de todas maneras a los toluqueños les toma por sorpresa el cierre, que en términos efectivos redujo los espacios pero no el número de vehículos que ahora van por la nueva periferia. Las arterias de la ciudad parecen también el entramado mental de alguien o de algunos que no terminan por entender el trazo anárquico de la ciudad, el cual tiene todo en contra, incluso un río subterráneo que amenaza eternamente con precipitar el primer cuadro.
Hoy la pandemia del coronavirus ha segmentado al país, o más bien, ha terminado de mapear una nación de primera, de segunda y de tercera categoría. Lo hizo tan bien que esas líneas divisorias que resultan del número de contagios y enfermedades pueden también clasificar municipios, colonias y barrios con sus respectivas excepciones. A Toluca la han cortado, tasajeado e inmovilizado y no de la mejor manera. Las calles vacías demuestran también la inutilidad del transporte público tan y como se concibe hasta ahora.
Las calles fantasmas de esta ciudad tan querida, tan serpiente, la han ajustado a la realidad y sobre ellas habrá que caminar, aunque seamos ciudadanos de segunda o de tercera. Los de primera no están aquí.



