17 abril, 2026

La casa de la colonia Granjeles en Iguala

La casa de la colonia Granjeles en Iguala


Redacción VcV

Ciudad de México; 26 de septiembre de 2021

“Entonces me mandan videos.

”–¿Qué tipo de videos?

”–Videos de lo que estaban viviendo. Se veían muchas luces, y también me enviaron audios y algunos mensajes. […] él me los envió.

”–¿Qué se veía o escuchaba?

”–Se escuchaba cómo los estaban torturando.

”–¿Y cómo era donde estaban?”

Este es un extracto del libro “Los infiltrados. El secreto de Ayotzinapa”, una investigación editada por VCV y realizada por Miguel Alvarado. El siguiente texto es parte del capítulo, titulado “Un ejército de asesinos”, y en él se narra parte de la historia de los jóvenes levantados en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre de 2014. Precisamente este día se cumplen siete años de aquellos sucesos.

*

La casa de la colonia Granjeles a la que policías estatales llevaron a un grupo de al menos 15 normalistas fue cateada y asegurada por la FGR en el 2020. Ahí, las autoridades se encontraron con una vivienda en obra negra y varias habitaciones amuebladas apenas con algunos enseres. A pesar de los seis años que mediaron entre el levantamiento y asesinato de los jóvenes y la apertura del lugar, aún pueden observarse las marcas de las torturas y crímenes ahí cometidos. Esas marcas son más evidentes en el piso de las habitaciones en donde al parecer fueron retenidos los normalistas. Se aprecian las huellas dejadas por cuchillos, sierras y hachas con los que presuntamente destazaron a los jóvenes. Al mando de los sicarios que realizaron esta operación estuvo Nicolás Nájera Salgado, El Cholo, quien después de que ejecutaran a los estudiantes a tiros, ordenó despedazar los cuerpos para conseguir que la incineración funcionara mejor.

Los inencontrables restos de los normalistas ejecutados en esa casa, cuya dirección se ha guardado la FGR al menos hasta noviembre de 2020, dejaron la impronta de su presencia en paredes, puertas y en las losetas que cubrían los pisos. En una de las habitaciones había una cama de hierro y sobre ella una colchoneta a rayas que usaban los sicarios para dormir cuando se refugiaban ahí o cuando cuidaban a algún retenido. A pesar del desorden y de la limpieza que después realizaron los asesinos, en ese cuarto quedaron marcadas para siempre las hendiduras que produjeron en el suelo las herramientas que redujeron a los jóvenes a pedazos. El conjunto de profundos rayones lo compone una serie de gruesas líneas grabadas al azar, cuyos patrones visuales semejan a los de una tabla de carnicero. Son cientos de marcas las que hay en el piso de la casa de Granjeles, y de cada una los peritos de la FGR tomaron fotografías como parte de los trabajos que se llevan a cabo para descifrar el idioma de la muerte por destazamiento que todas ellas significan.

De los jóvenes recluidos y asesinados en ese lugar, las marcas de su destino final son todo lo que queda, así como algunos mensajes que uno de los estudiantes […] pudo enviar a uno de sus amigos, un recién egresado, que aún seguía asistiendo a la normal para realizar sus trámites de titulación. Esos mensajes los conservó el exnormalista como una prueba de lo que les había pasado a los desaparecidos. En estos seis años que han transcurrido desde los hechos de Iguala, el joven ha hablado con muy pocos sobre este material.

–Estaba yo durmiendo en la casa donde rentaba y me marcan a las once de la noche. Me marcó una chica que era novia de un miembro del comité, y me dice que acababan de balacear a uno de mis amigos. Yo, para desengañarme, le marqué, y él me dijo que estaba bien, que estaba en la normal. Entonces me dijo que apenas iban a Iguala porque ya les habían avisado de las balaceras. Y algo que me suena raro es que habían dicho que todas las academias habían sido enviadas a descansar, pero en realidad había gente de la normal. Mi amigo me dijo que habían balaceado a otro compa, y que quien estaba en Iguala era […] [quien] me había dado de comer cuando yo iba a la normal, porque yo ya no podía pasar al comedor. Entonces me llevaba a comer a su casa. Entonces me mandan videos.

–¿Qué tipo de videos?


–Videos de lo que estaban viviendo. Se veían muchas luces, y también me enviaron audios y algunos mensajes. […] él me los envió.

–¿Qué se veía o escuchaba?

–Se escuchaba cómo los estaban torturando.

–¿Y cómo era donde estaban?

–Era un cuarto oscuro. Algunos ya estaban agonizando. Lo tengo en la cabeza siempre. El lugar parecía una bodega. Se ve el pasillo, está oscuro pero entra un poco de luz de afuera, y ahí se escucha cómo los están torturando. Su celular nunca lo apagó, siempre lo tuvo prendido. Me mandó dos cosas, un video de unos 30 o 40 segundos, y un audio de unos veinte minutos.

–¿Qué es lo que decían?

–Se oyen gritos y lamentos. Te digo, parece una bodega, una como bodega abandonada. Gritaban también que alguien se había hecho del baño. Decían: “¡No mames, ya te cagaste, cabrón!”.

–¿Se alcanza a ver quiénes los torturan?

–No, porque se ve como entre sombras… se ve el cuarto en donde están, se ve que está el pasillo. Se ve que hay un cuarto oscuro donde están más personas ahí. Y se ve que hay unos veinte los que están ahí. Se ven unos tirados en el piso y las entradas de las puertas eran cuadradas. Y tienen un murete grueso. Se ve el piso y se ve pasto afuera. El piso es como rústico. Se oyen gritos y lamentos. Y groserías, muchas groserías.

–…

–Unos dicen que ya los apuñalaron, que los están golpeando.

–¿Eso te llegó ese día?

–Me llegaron al siguiente día, en la noche. El 27 de septiembre me llegó un mensaje […]. Me dijo “¡Échame la mano!”, pero pus cuál mano podía echarle.

Lo que pasó en Iguala con los 43 se supo de inmediato. Quedó grabado en este tipo de mensajes que algunos alcanzaron a enviar. De esas actividades telefónicas, si fueron rastreadas por la PGR y ahora por la Fiscalía, nada se sabía hasta noviembre de 2020.

Esa noche el ejército patrulló la ciudad y desplegó observadores vestidos de civiles. Amedrentó a sobrevivientes y contó cuántos heridos ingresaron a los hospitales. Tuvo acceso en tiempo real a todos los despachos informativos generados y negó ayuda a los padres de los futbolistas atacados por sicarios.

La constante oposición del general Salvador Cienfuegos Zepeda, secretario de la Sedena en el sexenio de Enrique Peña, para que la sede del 27 Batallón fuera investigada encubrió también todos los movimientos que el destacamento realizó esa noche. Cienfuegos no sólo mantendría siempre su postura, sino que:

“[…] se endureció más todavía y el vocero de Cienfuegos Zepeda, Juan Ibarrola, sentenciaba a rajatabla el 17 de enero de 2015 que ‘la seguridad nacional no se negocia con un grupo de culeros que controlan cuatro o cinco municipios’. […] Padres e investigadores estuvieron limitados a las declaraciones de poco más de 40 soldados detalladas en el expediente de unas 54 mil fojas que sobre el caso armó la PGR”.

Que los soldados se involucraran a ese nivel se dio a conocer pocos días después de que la FGR confirmara que restos del alumno Christian Alfonso Rodríguez Telumbre habían sido hallados en la Barranca de la Carnicería, a poco más de 800 metros del basurero de Cocula. Mayra Telumbre, tía del estudiante encontrado, diría después que “el ADN de Christian es un pequeño fragmento del pie derecho, pero aún la investigación no ha concluido, por lo tanto queda un largo camino por saber qué pasó realmente”. En ese lugar también se localizó un pequeño costal de huesos, pero los restos de Christian no estaban en él, sino dispersos en un radio de 200 metros.


La Barranca de la Carnicería, de aproximadamente seiscientos metros de profundidad, obligó a los buscadores de indicios de la FGR a bajar con cuerdas, y aún en agosto de 2020 rastrillaban y cribaban el terreno, de unos 16 mil 400 metros cuadrados.

La complejidad de un trabajo así se le venía encima al gobierno de la Cuarta Transformación, pues para el 13 de agosto de 2019 apenas se había explorado 5 % de la superficie total de la barranca, aunque lo que se había removido equivalía al material que se requiere para levantar un edificio de cinco pisos. Además, desde noviembre de 2019, soldados del 27 y del 41 Batallones de Infantería fueron comisionados ahora para ayudar a los peritos de la FGR en jornadas que comenzaban a las 6:50 y terminaban, dadas las condiciones climáticas del lugar, a las dos de la tarde. Fue a soldados de esos batallones que el testigo “Juan” acusó de levantar, torturar y matar a los normalistas, por lo que resultó paradójico que en 2019 y 2020 formaran parte del equipo que busca con ahínco los restos que alguno o varios de esos mismos soldados esparcieron por el lugar.

Los batallones 27 y 41 resguardan hoy la maquinaria con la que se excavan algunas zonas y participan también en la exploración de una parte del terreno que tiene la forma de un vaso hacia donde se cree que las lluvias y los deslaves pudieran haber arrastrado, desde arriba, material que tal vez contenga restos humanos.

Aunque en una entrevista televisada el subsecretario Alejandro Encinas preparaba ya el camino del perdón y exculpación del ejército mexicano, al decir que sólo habían participado algunos elementos y destacaba que la Sedena ya les había enviado señales de cooperación para ayudar a resolver el caso, el involucramiento de los militares en la desaparición y asesinato de los normalistas en Iguala corrobora lo que el ejército ha hecho desde hace al menos cincuenta años en todo Guerrero, así como el servicio que han prestado y prestan a las mineras asentadas en el Cinturón del Oro de aquella entidad.

La noche del 26 de septiembre de 2014 llovía en Iguala, y en alguna parte de las instalaciones del 27 Batallón de Infantería alrededor de veinte normalistas capturados por los soldados eran sentenciados a muerte.

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