11 marzo, 2026

La estafa de la reinserción social

La estafa de la reinserción social

Miguel Alvarado

Toluca, México; 23 de junio de 2021.

“Necesitamos ayuda. La persona recluida está por morir”, dice la denuncia anónima de una familia mexiquense realizada ante el Observatorio de Prisiones, el 12 de mayo de 2021, una organización no gubernamental que recopila todo tipo de datos que descubren las condiciones de las cárceles en todo el país y por supuesto de las personas privadas de la libertad o PPL, un tecnicismo que trata de evitar estigmatización o problemas jurídicos a quienes se encuentran presos.

La denuncia, apenas siete palabras, sintetiza sin embargo las condiciones por las que un reo, culpable o no, sentenciado o no, cuando ingresa en un penal del Estado de México. La frase “Necesitamos ayuda” se convierte en las palabras que todas las familias pronunciarán alguna vez, ya sea por cuestiones de salud o legales de su pariente, o por ambas, que es lo más común.

El antiguo penal de Tenancingo era una cárcel pequeña que todavía, hasta 2018, funcionaba en un viejo edificio, en el centro de aquel municipio, ubicado al sur de Toluca. Estaba en la calle Madero, junto a la presidencia municipal y para entrar se debía atravesar una puerta metálica y aguantar las revisiones de los guardias. Pero casi todos podía pasar y la verdad es que casi todos podían meter cosas. El penal era muy pequeño, quizá para unos 300 reos, aunque la sobrepoblación lo hacía ver enorme y complejo porque meter a 500 en ese espacio ya era una hazaña.

Pero ahí vivían solamente presos pobres. No había uno solo que pudiera presumir de dinero o que su familia tuviera influencias políticas. Quizá porque esos presos estaban en otra área, pero quienes salían a los días de las visitas, en el galerón donde todos se hacinaban para celebrar los cumpleaños, ver a los hijos y a las hermanas, a los padres que iban realmente conmovidos por los hijos y por los hijos de los otros contaban casi callados la historia de su vida, que siempre era triste y tenía que ver con el abuso de alguien contra ellos. Eso no podía comprobarse a botepronto. Simplemente había que escuchar y ver lo ojos llorosos de los presos, porque si algo era cierto en su relato era la mala vida que pasaban en una cárcel tan pequeña como aquella de Tenancingo.


Les cobraban todo. Por un cartón para dormir, 50 pesos diarios. Por los cubiertos para la comida, 30 pesos. Por refrescos, por agua, por la ropa limpia, por no quitarles los cigarros y sobre todo por no golpearlos. Y eso era todo lo que había ahí: los madrazos a destajo, para todos, de parte de cualquiera.

Por eso los presos, cuando supieron que un reportero se había metido a la prisión para platicar con alguien, lo rodearon y le entregaron decenas de papeles con mensajes para sus familias, para que los ayudaran y se movieran rápido porque pensaban que en esa cárcel se iban a quedar para no salir más. Luego, en 2018, una nueva cárcel, más grande y moderna, fue construida en el municipio vecino de Tenango y para allá se los llevaron a todos. Las cosas son distintas y por ahora el reportero que se había metido cuatro o cinco veces a la cárcel de Tenancingo para hablar con los presos no ha podido entrar nuevamente.

“Sobrepoblado, autogobierno por grupo de otras personas privada de libertad, pagas 250 (pesos) para estar en una celda con al menos 20 personas, hay de toda droga dentro del dormitorio, si no pagas te golpean hasta que lo consigues o te cambian, se va el agua muy seguido, así que se estancan los baños”, dice otro de los testimonios, escrito el 3 de enero de 2020 en el mencionado Observatorio de Prisiones, en su sitio web, y que en realidad es uno de los pocos que hay. Porque historias hay miles, por lo menos hay 215 mil 232, que son los presos que ha contado esa organización y que se reparten por todo el país. De esa cantidad, al Edoméx le tocan unos 22 mil presos. Y los datos: las familias de presos en el Estado de México refieren que gastan entre 500 y mil pesos cada vez que van a ver a su familiar. No todos pueden con ese gasto, pero sí el 42 por ciento de las visitas. Otras visitas, más mesuradas pero en realidad más pobres y que significan el 21.4 por ciento, dejan entre 200 y 500 pesos. Hay otro segmento, que representa también el 21.4 por ciento, entregan entre mil y 2 mil pesos.

Los familiares revelan que los reos deben encontrar la manera de dormir porque las celdas albergan hasta a 20 personas, que hacinadas tiene que buscar la forma de pasar la noche. Así que el 42 por ciento de las familias ha referido que su pariente tiene que dormir sentado, ya en el suelo o sobre alguna superficie. Otro porcentaje igual apunta que el preso pasa la noche en el piso, en donde le vaya tocando. Los que duermen parados representan el 35 por ciento de los testimonios, y los que duermen en una “camilla” individual apenas son el 28 por ciento de los 22 mil presos.


Algo que resulta gravísimo es que el 42 por ciento de los reos o sus familiares señala que ha escuchado de la ley, pero no conoce sus contenidos, mientras que el 28 por ciento ni siquiera ha escuchado de la ley.

Además, de acuerdo al Observatorio de Prisiones, “actualmente en México hay 523 niñas y niños viviendo en cárceles con sus madres. De acuerdo con el INEGI, Nuevo León (69), la Ciudad de México (67), Veracruz (56), el Estado de México (48) y Guerrero (42) concentran 53% de la población de niñas y niños que habitan en cárceles, mientras que las entidades con índices más bajos son Colima, Tlaxcala, Querétaro y Coahuila. […] en México solo existen 18 Centros estatales exclusivos para mujeres, un Centro Federal y 91 centros mixtos, a pesar de que la ley establece separar a la población, lo que reduce las posibilidades de tener espacios destinados para el sano desarrollo de las infancias”.

En 2015, Guadalupe había visitado a su hermano todos los domingos desde hacía dos años, cuando éste llegó al penal acusado de violación y sentenciado luego a 47 años de cárcel. Madre soltera, se sostenía vendiendo elotes y decía que su familiar estaba con ella cuando sucedió el delito.

– No pudo ser él porque no coinciden los horarios que dan los acusadores. Lo están incriminando por una venganza –dice ella, con la mirada fija en la calle Madero, frente al palacio municipal.

Tenía los ojos cada día más tristes. Formada ahí ha recorrido los controles una y otra vez, sometida, sin opción. La puerta se ha abierto, dejándola pasar, junto con otros visitantes, que cargan lo mismo que ella. El pollo, el refresco, las tortillas, ese menaje convive en un espacio de menos de cinco metros cuadrados donde niños corren o se someten a las faldas de las madres, que cómo explican que esto es un presidio.

En un arranque, había dicho también que si la situación no mejoraba, ella se iría.

Han pasado seis años desde entonces y desde entonces en las cárceles del Estado de México nada ha cambiado.

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