14 abril, 2026

«Con dos tatuajes de la Santa Muerte»

«Con dos tatuajes de la Santa Muerte»

Miguel Alvarado

Toluca, México; 10 de julio de 2021

A media mañana las sombras se acumulan y la muerte en los rincones asoma por todos lados. Parece también que uno camina como sorteando a ciertas personas, determinados lugares aunque en realidad se les busca o se les llama, no importa cuándo ni para qué. Este camino de los muertos que ahora es el valle de Toluca se parece un poco a la historia de Don Juan Manuel de Solórzano, quien vendió su alma al diablo con tal de conocer las infidelidades de su esposa. A Don Juan Manuel el diablo se le había metido lenta, profundamente y le aconsejó matar hasta encontrar a quien lo engañaba. El pacto era que una figura demoniaca se aparecería a los pies de los asesinados como prueba irrefutable de la culpabilidad que a veces acompaña a los amantes.

Desde entonces, Don Juan Manuel de Solórzano, cuyo imperio y figura le alcanzaban para merendar conchas y chocolate caliente con obispos y virreyes de la Nueva España, esperaba embozado a las puertas de su casona a que alguien pasara para preguntarle la hora y cuando le respondían que eran las once de la noche, empuñaba su daga acerada y su brazo entrenado para el estrago recorría el arco de la muerte que le habían dibujado los celos.

-¡Dichoso usarcé que sabe la hora en que muere!- gritaba Don Juan Manuel, que había hecho de su calle un coto de caza donde ajusticiaba a los transeúntes porque el diablo le había dicho que uno de ellos sería el amante de su esposa, la frágil Marina Laguna, quien deslumbraba a capital de la Nueva España en 1623, proveniente de la Laguna y de una fortuna hecha del arduo y esclavizante trabajo minero, que no era poca cosa ni ahora ni en aquel entonces.


Esa vía fue conocida como la Calle de Don Juan Manuel hasta principios del siglo XX, cuando le cambiaron la placa por un nombre menos siniestro y desde entonces se le ubica como Uruguay, en el centro de la capital. La casa del celoso se ubicaba en lo que hoy es el número 94, un edificio que alguien, ignorante de todo, convirtió en un frívolo salón de eventos y reuniones.

Del asesino más famoso de la Nueva España sólo quedó el recuerdo de una placa en la fachada de su mansión tenebrosa, la cual dice al calce: “Casa del Conde de la Torre de Cossío edificada a fines del S. XVIII en parte del solar que ocupó la casa de Don Juan Manuel de Sotomayor conocido por Solórzano”. Eso, y evitar pasar por ahí a las once de la noche.

¿A cuántos mató Don Juan Manuel de Solórzano antes de que su propio sobrino apareciera muerto, apuñalado de certera estocada? Nadie sabe cuántas vidas cobró el brillante puñal del indignado, y su historia se convirtió en leyenda al paso del tiempo enterrando la historia que da verdad a estos hechos. Pero al violento Don Juan Manuel se le puede considerar como uno de los primeros asesinos seriales documentados en la historia de México, y que sirve de excusa para adentrarse en las páginas de un pequeño pero siniestro libro que recopila las andanzas de los serial killers nacionales, figuras que siempre han fascinado porque eso que son resulta tan incomprensible que es inevitable al poso insondable de las muertes que han provocado.

Toluca, una ciudad en la que no pasaba nada y lo que pasaba se quedaba en su entraña misteriosa, también tiene sus asesinos seriales y el último, Óscar García Guzmán, fue acusado de matar a seis aunque él mismo narró que había más. Pero no es el único, el único mexiquense, al menos.

Ricardo Ham, un investigador y periodista, publicó en 2016 el libro “Asesinos seriales mexicanos”, en la editorial Ediciones B, y en ella recoge el paso letal de los asesinos más famosos del país.

– En Ciudad Juárez, Robert Ressler mencionó que habría uno o dos asesinos seriales y que seguramente uno estaría cruzando la frontera, esto con base en que se encontraron cuerpos con síntomas de haber sido congelados y se necesitaba a alguien con la capacidad de transportarlos cuerpos. No se le dio mucho seguimiento a esta tesis, hasta que se empezó a investigar el caso de Ángel Maturino quien vivía en Estados Unidos, se decía que probablemente él había matado a mujeres en Ciudad Juárez dado que su mamá vivía ahí. Francisco Granados confesó ser victimario de una decena de mujeres, pero sus modus operandi parecen tener más vínculos con el crimen organizado, lo mismo sucede en el Estado de México, la zona lagunera y en Guanajuato- apuntaba el autor, en su momento, en una entrevista.

Pero el libro.

Cuidado por la editora Stella Cuéllar, la investigación de Ham recorre el camino del serial killer en diez capítulos, uno más interesante que el otro y y en uno de ellos aborda el capítulo del Estado de México. Una vez un hombre que había matado a quince, según él porque los odiaba, dijo, mientras se metía por la sierra en Guerrero, e invitaba a comer a los que se había encontrado en la vereda, que había matado a tantos porque había podido hacerlo, y porque al matar se sabía más poderoso que el mundo, que en los momentos de las muertes él se imaginaba como un espectador en un escenario silencioso, y que se asomaba para ver lo que él había hecho, incapaz de cambiar nada. Pero lo dijo como si en la garganta se le atravesaran las lenguas de sus víctimas -porque se las había cortado después de matarlas- y su voz sabía como las piedras que llevaba en una bolsa, que iba recogiendo en el camino, a tierra, a las campanas que sonaban cerca de Carrizalillo y que tañían en una iglesia que estaban construyendo. Luego, al llegar a donde vivía, sacó una mesa metálica, de las que había en los bares, con las marcas de la Carta Blanca, y ahí se sentó con sus visitas. Ya no dijo nada, pero puso el radio en la única ventana y por eso supimos que los soldados y los federales habían tomado el camino de la montaña.


Nadie le preguntó nada. Nadie le dijo nada, sólo se le pidió agua, un poco de sal, la ubicación del agua.

No se pudo saber nada más y él se quedó en esa casa, cerca de nada, con su bolsa de piedras, la comida apenas tocada.

No es el caso de Ricardo Ham, porque él sí les siguió los pasos a los asesinos desde la historia y las historias de la prensa de diferentes épocas. En lo que respecta al Estado de México, el capítulo 8, Cementerio Mexiquense, da cuenta de las historias de Juana Barraza; Nayelli Montaño, La Degolladora; Raúl Osiel Marroquín y Francisco Galván, el Chacal de Xochiapa.

Acerca de La Degolladora, el autor escribe que realizó siete ataques, y “fue descrita como una joven mujer de 1.62 metros de estatura, complexión delgada y tez morena clara, con dos tatuajes de la Santa Muerte, por lo que parecía poco comprensible que con tal descripción la agresora hubiera sido capaz de atacar y someter a hombres y mujeres que la superaban considerablemente en estatura y peso”.

Otros asesinos que aparecen en las páginas del libro son Humberto Mendoza, César Librado El Coqueto, que hacen compañía a la disección del autor: caníbales, asesinos migrantes, infanticidas seriales, los narcosatánicos, las Poquianchis y asesinos de homosexuales, entre otros capítulos que desde sus primeras páginas ya imponen. “Al menos son 31 los casos documentados en el presente texto. En un dato conservador, cerca de 200 personas han muerto en manos de los asesinos seriales mexicanos, siendo el principal grupo vulnerable [el de] las sexoservidoras, quienes ha perdido al menos 31 compañeras ante los ataques de psicópatas […] Parece que más de 30 casos de asesinos en serie no son suficientes para poner atención al problema; las corporaciones policiacas no tienen el conocimiento, las autoridades carecen de una base de datos oficial  y los periodistas archivan los casos como meros hechos aislados”, dice el autor, refiriéndose a este fenómeno.

Es verdad. No basta que alguien, en la montaña de Guerrero, platique a modo de confesión la pérdida de cualquier filtro, y que encima la voz se le llene de piedras. Así no funciona o muy pocas veces eso de los asesinos en serie, y pasan rozándonos todos los días, casi gritando que están aquí. El libro de Ricardo Ham, por desgracia, debe ser actualizado concienzudamente porque cinco años después caníbales y monstruo sieguen apareciendo en el Estado de México, componentes terroríficos del país más violento del que se tenga memoria en la historia del país.

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