13 abril, 2026

La llama que también reconforta

La llama que también reconforta

Fernando Óscar Martín

Coatepec Harinas, México; 24 de octubre de 2021.

Poco a poco van llegando. Se sientan en las sillas que han dispuesto a la entrada de la casa. Llevan en sus manos un cirio, pero uno de los grandes, que encenderán o pondrán en el altar que se le ha preparado a alguien que ha muerto. La única condición es que este difunto haya partido en el periodo del año en curso Se trata de la celebración de la Vela Nueva, una tradición muy propia de Coatepec Harinas, un municipio anclado entre Toluca y la Tierra Caliente, y que en los últimos años ha sido asolada por la presencia del narco. Sin embargo, ni eso cancela la celebración de una de las tradiciones más importantes.

Si el muerto fue panadero, entonces el altar en su honor tendrá que recordar su oficio. Habrá panes y estarán los instrumentos que utilizaba para trabajar. Si era un niño o un joven, entonces estarán los juguetes, las muñecas y las bicicletas, o también los símbolos que recuerdan al equipo de futbol favorito. Todo eso se une gracias a la presencia de las velas, cientos de ellas, que ya encendidas dan forma a una hoguera que también se multiplica en los ojos de quienes la observan. Se trata del fuego, de la llama que también reconforta.

En el municipio de Coatepec Harinas, México, se vive la tradición de Día de Muertos. El primero de noviembre destaca, en todas las localidades, la celebración de La Vela Nueva.

La Vela Nueva inicia con la preparación de una ofrenda en cada casa de las familias en las que falleció uno de sus integrantes durante el año.

Con el fin de recibir la visita de otros familiares y amigos, la familia instala en la casa un altar de tres niveles donde predominan, ante todo, la mantelería blanca bordada a mano, característica del municipio, flores de cempacúchil, veladoras, incienso, adornos de papel picado de colores y los objetos que eran propios de la vida cotidiana del ahora difunto, sus pertenencias más apreciadas y una foto suya, muy grande, en el centro.


Se trata de instalaciones populares que rebasan la idea del altar tradicional de Día de muertos. Juega en ellas la libre interpretación de la personalidad del difunto por parte de sus allegados.

La instalación comunica quién fue esencialmente el difunto y qué lo hacía feliz en este mundo: su espíritu desciende ese día a este plano y se lo celebra proporcionándole felicidad con esos objetos, comidas, bebidas y mucha alegría.

El homenaje a los fallecidos durante el año continúa al llegar los visitantes a la casa con una vela recién comprada, grande, casi del tamaño de un cirio, la cual ha de ser colocada junto a la de los demás visitantes en variados candeleros o porta-velas instalados a la entrada de la casa.

La vela debe permanecer encendida durante toda la noche, tiempo en que bajan las almas que “necesitan tener luz en el camino”. Los anfitriones reciben con gusto a familiares, amigos e incluso a acompañantes de éstos y les ofrecen natillas, (nombre que recibe el arroz con leche), cinzano o vino, tamales dulces de harina de arroz, pepeto, dulce de pepita, galletas, pan de azúcar y nieve.

Los visitantes se acomodan en el salón donde se encuentra el altar y platican y conviven con los familiares más cercanos y el alma del fallecido, en todo momento presente en la charla, lo cual ocurre en una esfera de amistad, acompañamiento, generosidad, fraternidad y armoniosa alegría.

El grupo de familiares y amigos permanece allí 10 minutos, se despiden y se dirigen a otra de las casas de familia de Las Velas Nuevas hasta recorrerlas todas durante la noche.

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