12 febrero, 2026

Una visita en el día de los difuntos

Una visita en el día de los difuntos

Miguel Alvarado

Toluca, México; 24 de octubre de 2021

Por sus manos pasa la noche y ese viento en que se han convertido parece envolverlo en los gestos antiguos de la muerte. Porque eso helado que es su piel no se debe a la escarcha ni a la niebla que nos tritura. El aire ha arreciado con la furia de quien encuentra invadida su casa y por eso se ha llevado las flores y tumbado las cruces, que no resisten este embate que parece asesinarlo todo. Los rehiletes que algunos clavan en las tumbas giran y sus aspas atruenan contra los remolinos. Las hélices resuenan como si una horda hubiera entrado al panteón y con las patas desnudas de sus bestias machacaran las piedras haciéndolas polvo.

Estamos en el panteón municipal de Toluca, por el rumbo de la prepa 5 y a mí se me hace muy lejos, muy lejos. A pesar de todo estamos aquí y en ese estar, a las cuatro de la noche, nos hemos callado por horas hasta que el frío se ha enredado en nuestras manos. Este panteón cierra a las seis de la tarde y en los días de Muertos nadie puede velar a los difuntos. Lo han cerrado precisamente por personas como nosotros, que se saltan las reglas y de paso se brincan los muros sólo para ver qué puede pasar. Así que a las 10 de la noche nos trepamos por la barda que da a la calle de Antonio Albarrán y nos dejamos caer del lado donde viven los muertos.

– Donde viven los muertos- dijo más bien él, que siempre proponía cosas como éstas. Lo mismo pasó cuando seguimos las vías del tren y toda la noche caminamos hacia Ixtlahuaca, porque quería ver los campos de luciérnagas que sí, se encendieron a pesar de nuestros pasos descuidados en el arcén. O cuando a un lado de la carretera rumbo a El Oro encendió sus velas y convocó a trece demonios tutelares, que lo asistieron envolviéndolo en sombras cuando el sol estaba en todo lo alto. O la vez que nos tiramos en los campos embrujados de Jiquipilco, pasando la Loma del Astillero, hasta que los perros se nos vinieron encima enloquecidos de miedo. Ahora quería estar cerca de su primo, con quien se había prometido que el primero que muriera regresaría a contarle al otro lo que había de ese lado de la muerte.


Ahí estábamos, entonces, a las cuatro de la noche que en realidad eran las doce pasadas, caminando sin lámpara que nos alumbrara, entre las tumbas de tierra y pasto que pueblan este cementerio enorme, al que su olor a sepultura rebasa las paredes e impregna las calles aledañas.

Yo imaginaba que la muerte era una masa negra por la que uno deambulaba curándose de la vida que le hubiera tocado, despojándose de las luces y de los sonidos, de las ropas, del hambre y de las deudas contraídas y que no había más que eso. Es decir, nada, un estado de la materia como cualquier otro sin conciencia y por lo tanto humanamente posible, como dicen que es la ausencia. La verdad es que no me interesaba pensar en los infiernos o los paraísos. Cortázar el escritor imaginaba que la muerte se parecía a una “asombrosa sensación de cosa inevitable” que, yo decía, puede sentirse cuando alguien querido muere, pero no en la experiencia de uno mismo porque al final no podemos comunicar nada. También sabía que a nadie le sirven esas cosas que de todas maneras se revelarán de una forma o de otra cuando llegue el momento. Por eso dejé de angustiarme.

– Ya casi llegamos- me dijo él, cuando vio que me detenía para sostenerme de un nicho pintado de verde y rosa, en el que había un rehilete muy grande y de tono metálico que incluso a esa hora lograba brillar con una luz moribunda. Mientras recorríamos esos 700 metros me acordé de otros a los que había conocido debido a la mediación de la muerte y entre la oscuridad y los ruidos todavía suaves del aire, recordé por ejemplo a Julio César tendido en Iguala y al diputado que asegura que vio cómo lo mataron. Ese diputado es un dolor de cabeza desde hace tiempo, quizá el mayor que tengo, y esta noche de brujas anda por aquí: se ha hecho presente de mil maneras: está en la sucia taza de café que alguien abandonó en el pasto, aparece en la podrida imagen de madera que se cae a trozos y también se perfila en el reflejo de un destello en el que brilla un insecto. Se encuentra en la hoja rota del periódico que se desliza entre las tumbas y lo escucho cuando algo pasa volando a dos centímetros de mi cara. Esta es la noche eterna de los muertos.

Me doy cuenta de que mi compañero ya ha llegado porque veo su cigarro moverse allá adelante, muy parecido a un fantasma que ha perdido las manos y la boca. Entonces aparto todo lo que me estorba y lo alcanzo en diez pasos. En realidad, no haremos nada sino esperar a que amanezca para irnos por donde entramos. Sólo estaremos sentados, junto a la tumba de su primo para ver si después de once años éste envía alguna respuesta, lo cual no sucederá.

-Yo creo- me dice muy convencido de que su voz suena seria y de que el tamaño de su fe pudiera influir en algo definitivo- yo creo que la muerte no existe y que sólo es una cuestión de no querer ver o no creer en ciertas cosas.

Yo creo, me dice, que todos permanecemos vivos pero no lo sabemos.

Yo no le digo nada, cansado ya de hacer todas estas cosas que propone y que hacemos cada año sin falta, quién sabe por qué. Ahora, su monólogo ha terminado por adormecerme y aunque no quiero he cerrado los ojos. Sin embargo, antes de dormirme, veo que las sombras se han interpuesto entre nosotros y apenas lo alcanzo a distinguir. Escucho que habla con alguien y que enciende un cigarro cuando dice una palabrota. Chingadamadre, creo que era, y que apenas resultaba tan áspera como la tela térmica de mi chamarra. La sombra que nos separaba se ha girado para verme malvadamente con una mirada negra. Y en ese girar se le ha caído el cigarro que despide el hálito a difunto que casi le ilumina su cara hundida de calavera.

-Sí, primo- alcancé a escuchar antes de quedarme dormido, abrazado a una tumba cuyo nombre ya no se ve- acá la muerte son puras sombras, puros silencios que no pueden verse.

Ahora bien, sus manos estaban frías y en ellas se colaba la noche, el destello incierto que a veces parecen sus ojos.

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