Stella Cuéllar
Diseño de Karen Colín.
Ciudad de México; 20 de noviembre de 2021.
Reencontrarme con la poesía de Alberto Vital nunca había sido tan sorprendente ni me había representado un punto tan abrupto, firme y a la vez melancólico en el quehacer de su literatura, como me sucedió ahora con un nuevo libro que me conmueve tanto, así en presente, aunque siempre que abordo una nueva obra suya me encuentro con algo que me sorprende.
Los libros que Alberto Vital ha escrito, y que parecen multiplicarse como peces y panes en los estantes de mi biblioteca, me ofrecen de continuo disrupciones, pues ninguno se parece al otro, excepto en la fuerza que todos irradian desde la palabra.
Como lector constante, uno sabe y reconoce el punto en el que un escritor, un poeta, se ha convertido en algo más que eso, incluso en más que en una sólida referencia literaria. Eso me pasó con este último libro de Alberto Vital, ya que una vez que terminé de leerlo no pude soltarlo, porque no yo, sino la obra, se ancló profundamente en mí.
Por lo mismo lo releí varias veces para deleitarme y estar segura de que no se me escapara nada. Y eso que se ha quedado en mí ahora se me figura como una serie de trozos muy suaves, no sé si provenientes del telar de mi imaginación despertada, que fueron cubriendo muy lentamente el paisaje que esa lectura fue construyendo.
Aunque la fuerza de las imágenes se impone, no puede uno dejar de ver el portento técnico que las soporta y la estructura que fue ideada hábilmente, desde la elección de iniciar con una potente muestra de haikús.
Hablar de la obra literaria de Alberto Vital también obliga a hacer un recorrido por las entrañas abiertas de Juan Rulfo, pues Vital es quizá el mayor experto, el más avezado, en el mundo mágico pero real que se construyó a partir del trabajo del escritor de Jalisco, a quien muchos consideran el mejor que ha dado nuestro país. Un autor de semejante calado siempre termina por influir en quienes lo estudian y desentrañan, pero también en eso Alberto Vital sobresale.
Todo esto que he dicho y que de pronto me parece insuficiente para acercarnos a la medida exacta del trabajo de Alberto Vital es porque su nuevo libro, el cual, desde mi punto de vista, ha resultado el más ambicioso y complejo proyecto poético que ha emprendido.
Retazos se titula el libro que en las próximas semanas saldrá de la prensa de Ediciones del Ermitaño, uno de los sellos independientes más importantes y con una trayectoria de años que lo respaldan en el difícil mundo de los libros de calidad, como sin duda es éste.
Voy al índice para recordar cómo ha nombrado los poemas, y desde la numeración me doy cuenta de que en 46 páginas han convivido, como en una tormenta, un poderoso huracán cuyo ojo pertenece a un cíclope, el cuarteto de los Beatles, John F. Kennedy, la propia familia del poeta, Caín y Abel, Napoleón, el Concierto de Aranjuez, una niña de Pakistán y el puerto de Liverpool. Cada uno de estos personajes, devenidos también en lugares, incluso a pesar de su geografía de carnes y huesos, nos cantan algo: desde un haikú, por ejemplo, la inmensidad de un pétalo recorrido por hormigas; en dos páginas la ejecución inaudita de un presidente, al que llama el “primer crimen del fin del mundo”; la partida invisible de Inglaterra de alguien que puede ser un niño o su madre, pero también ambos, y la tristeza de irse para encontrar lo que un día dejaron. Particularmente ese poema fue el que más me sorprendió y también el que más me traspasó, aunque no el único, y por eso lo pondré aquí:
¿Quién habrá vislumbrado en ti —cuando
naciste— la orfandad, la fama, los disparos?
¿Quién habrá previsto, en brillos breves pero claros,
los acordes que te estaban esperando?
Tu madre no soportaba el peso de tu destino
y no tenía fuerzas cuando caminó a la calle
—perdida la apuesta— y tú corriste y te abrazaste a su talle
en el tranquilo barrio del puerto y en medio de tu propio remolino.
Y no es que falten las explicaciones,
es que no las hay y las palabras son pocas
o son muchas y nos caen como granizos, como rayos, como rocas:
no, no son palabras, no las hay, o tal vez las hay en las canciones.
¿Quién habrá visto en ti la secreta llama azul
aquel día en que te fuiste, para siempre, de Liverpool?
En suma, los poemas –o retazos– que Alberto Vital nos ofrece, consiguen regalarnos algo: se trata de un manto de palabras con el que uno se protege, sobre todo de la pérdida. A diferencia de ese alguien que se va de Liverpool, quizá para siempre, el libro de Alberto Vital está llamado a quedarse con nosotros. También, quizá, para siempre.



