14 febrero, 2026

Una vuelta por Tixtla y sus halcones uniformados

Una vuelta por Tixtla y sus halcones uniformados

Miguel Alvarado

Tixtla, Guerrero; 29 de septiembre de 2020.

-¿Quién se quedó con la plaza?- pregunta el que maneja mientras le da al carro para el centro. Ahí con él van cuatro personas y es la una de la tarde, un tiempo casi detenido, como enrollado, y que se parece a una alfombra que nadie quiere extender. Aunque está uno adentro, Tixtla no se ve porque sus calles están como inclinadas, se van hacia las personas que pasan o esperan y las paredes no dan sombra. Por eso nadie se detiene y nadie mira.

Así que se levantan sus caretas, y es que en ellas se imprime el vaho de todo el día, el agua tersa de su saliva trasminada desde su boca y su olor es el aliento de las cloacas. Lo que hacen los policías municipales es vigilar las calles de Tixtla durante el día y por la noche dedicarse a asesinar, a cuidar las espaldas de los jefes por otro sueldo. Antes eran policías y sicarios, pero ahora son matones de tiempo completo y todos trabajan para los Rojos. No es la culpa de ellos, o no del todo, porque cuando llegan los narcos les dicen lo que tienen que hacer y les preguntan si están de acuerdo. Si es así, entonces le entran y se ponen a trabajar

– Aquí siguen los Rojos- le dicen al que preguntó por la plaza, mientras el coche va pa’l centro porque unos quieren ir a conocer y otros porque quieren ir a verlo de nuevo. Ya habían estado ahí, cuando Lenin Mondragón comenzaba a buscar a su hermano Julio César. Buscar en dónde había estado y con quiénes. Los lugares donde comía, en cuáles bancas del parque público se había sentado, con quiénes había ido, quiénes eran sus amigos y cómo era la normal rural de Ayotzinapa, quiénes eran los dirigentes que lo habían enviado a Iguala a secuestrar camiones y finalmente quiénes lo habían ejecutado y por qué.

A su hermano lo mataron en Iguala el 26 de septiembre de 2014 y desde entonces las cosas son así.

Seis años después, de todas esas preguntas, las más importantes no tienen respuesta todavía y por eso, cada vez que puede, Lenin se lanza a Guerrero para ir viendo poco a poco. También ha ido a otros lados, pero Guerrero es el lugar que tiene más respuestas, aunque a veces se le aparezcan como un derrumbe.

Porque aquí, aunque se ríe y come con apetito, y tiene sed y a veces se avienta una chela, a Lenin Mondragón le duele todo. Todos los pasos que da le duelen y nosotros vemos cómo es ese dolor. Es como si a sus piernas le pusieran clavos. Y eso no lo olvidamos, como tampoco olvidamos por qué andamos por acá. Esta es también la tierra de las parcas y de los falsos sobrevivientes, de las cosas que no duran aunque digan que son eternas. Es la tierra de los chaneques y de los fantasmas de la normal, porque quienes han muerto se siguen apareciendo en los pasillos de la escuela. O eso dicen los alumnos que ahora se quedan ahí.

Cuán viva es Ayotzinapa y qué mala suerte que le haya tocado estar a un ladito de Tixtla.

Entonces el carro se mete por las callecitas de Tixtla y ya todos saben que los halcones-policías los van a radiar, aunque esperan que no los paren. El error es mirar a los ojos a los policías, porque entonces se sienten retados, como si uno fuera más fuerte que ellos y por eso reaccionan más duramente. Pero eso puede que sea en otra parte, aquí no hace falta mirar a nadie a los ojos para que te levanten.

Entonces el Aveo se mete por las callecitas buscando el centro o el mercado que está ahí junto. Ya dijimos que esas calles están llenas de policías, uno o dos en cada esquina, y que llevan sus caretas y se ponen cubrebocas como si estuvieran haciéndose una señal. En alguna mano cargan los radios, a los que están pegados todo el tiempo. Y se visten de azul, pero de un azul oscuro que al final es tan negro como una fosa. Entonces el Aveo apenas puede pasar y avanza muy despacio.


-Ya nos vieron. Ya nos van a radiar- dice alguien como si estuviera esperando eso.

Tres minutos después una pick-up cargada de personas armadas los alcanza por detrás y les marca una señal para detenerse. Pararse aquí significa cualquier cosa, pero se bajan los hombres armados, que son policías por el día y por la noche matan a nombre de los Rojos. No son cuatro, ni cinco, ni seis. Son quince y todos aherrojan sus metralletas. Entonces rodean el carro y cinco de ellos apuntan a los tripulantes mientras el comandante se acerca a una ventanilla, con la fusca de fuera, para gritarles a los cinco.

-¿Por dónde entraron?- dice, casi escupiendo, acomodándose a una distancia desde la que no se le puede tocar.

Lleva en la cara una máscara pero se le salen los pelos grises de un mostacho al que ya le ha dado muchas vueltas. Entonces se lleva la mano al bigote y se lo acomoda, mientras apunta en su libreta y dice por la radio.

-Cinco cabrones. Cuatro chavos y un grande. Auto blanco, placas del Estado de México. No se sabe por dónde entraron.

-Venimos de Ayotzinapa- dice Lenin y así decimos todos. Y eso, como una palabra encriptada, como una pócima del mal, ha conseguido que otros cinco policías suban sus armas.

¿Y eso? ¿Y eso?

Entonces otro grupo de hombre armados ha aparecido por la parte delantera, y otra camioneta pick-up, se ha colocado enfrente del Aveo. Otros 20 agentes rodearon el auto y sacaron las armas. Ora sí, paisa, ya nadie se va a escapar.

Pero hace mucho que nadie se escapa, ni siquiera jefes de los Rojos como La Gringa, que se llamaba en realidad José Luis Ortega, y que se paseaba del brazo de todos porque podía hacerlo y porque quería. En esa legión de abrazados estaba también un personaje relacionado con la normal de Ayotzinapa, uno o dos años antes de que pasara lo que pasó en Iguala. La Gringa iba a plantarse hasta las puertas de la escuela nomás para acompañarlo, y para que el resto de la normal se diera cuenta de quién se trataba. Luego, a la Gringa lo mataron, le dieron baje con su cargo de jefe y con la vida que llevaba y todo siguió como siempre. Otros tuvieron que conciliar el asunto de la Gringa hasta que dejaron de matar y levantar y por fin en Tixtla entró la razón, dos años después y 44 muertos contando. La Gringa había sido un jefe violento pero político, y había dejado cuentas pendientes y ejemplos de lo que hace un capo si tiene de su lado el poder de las armas.

A la Gringa lo mataron cuando andaba viendo a su novia, o a una muchacha que trabajaba en el PRI y que la pretendía aunque estaba casado.

Se suponía que después de Iguala, las cosas en Guerrero estaban cambiando. La verdad es que desde Iguala uno sabe que no y por eso hay pasarse rápido por todos esos lugares. O eso dicen. Pero ahora el pequeño Aveo se veía rodeado por los sicarios de la policía municipal, que antes de levantar a los que tripulaban el auto les recogió las identificaciones.

Toluca. Tecomatlán. Tres de Tixtla. Tres estudiantes, el hermano de Julio César. El reportero que dijo que era maestro. Los círculos terminan por cerrarse y este cerco armado también. Ya encima del auto, los policías esperaron la orden de abrir las puertas y bajarlos, pero quién sabe qué pasó que los radios de los policías tronaron al mismo tiempo y les dijeron que se abrieran, que dejaran pasar al Aveo para que se metiera a la escuela. Entonces se quitaron de en medio y la pick-up que estaba cerrando el paso se echó en reversa, los policías guardaron las armas y el Aveo pudo salir al principio muy lento y después lo más rápido que pudo, para meterse a Ayotzinapa, casi vacía porque en esos días se realizaban los círculos de estudio para determinar quiénes iban a quedarse.

Yo digo que lo que pasó en la noche, cuando la policía estatal rodeó la escuela, no tenía nada que ver con los que iban en el Aveo, aunque todos pensaron que iban por ellos.

2

En un momento se nubló el cielo y se resintió el frío. Ya para finales de septiembre se terminan las lluvias pero aparecen las heladas y algunas vienen con la fuerza de un corazón.

Lenin Mondragón Fontes nunca ha dejado de buscar a su hermano. Desde hace seis años va para acá y para allá impulsado por el dolor y la rabia del crimen contra su hermano, a quien ejecutaron en el Camino del Andariego la madrugada del 27 de septiembre de 2014, cuando cruzaba la trampa en la que se había convertido Iguala para los normalistas de Ayotzinapa, enviados por alguien a quien no se ha podido o querido identificar, y venadeados desde que salieron por el C4 de Chilpancingo y sicarios de los Guerreros Unidos.

El 28 de septiembre siempre será la misa para Julio César, el hermano ejecutado de Lenin y todos los años desde esa fecha se celebra. Esta vez el pequeño pueblo de Tecomatlán, en el Estado de México, se ha volcado a las calles para ver el paso de la Banda de Guerra de la escuela de Ayotzinapa, que ha recorrido cinco horas de carretera para llegar a tiempo. Ellos han esperado afuera de la iglesia del pueblo, que se eleva sobre las casas casi 60 metros y desde ahí se observa incluso el olor al pan y las cosas que no pueden tocarse.


Entonces la Banda de Guerra atiende a su comandante, que le ordena estar lista. Su playera roja, casi como el vino, lleva el escudo de la normal, que contrasta con la boina negra y los pantalones negros, la oscura pena que sigue embargando a Lenin y a su familia.

En la misa, el sacerdote ha dicho que se mantenga la lucha, que se peleé siempre por el bien común y los Mondragón asienten, cada uno desde su banca aunque siempre seguirán preguntándose por qué la muerte se ensañó con su muchacho, por qué le arrancaron el rostro y por qué hoy, seis años después, su caso no se resuelve.

“¿A qué estamos jugando?”, se preguntaba Lenin días atrás, cuando en Ayutla de los Libres buscaba a su hermano. Hay que decir que lo busca porque aunque sabe dónde está, una parte de él anda perdida y por eso a veces se siente como si fuera de noche siempre. Y por eso se siente como si Julio no estuviera.

“¿Entonces a qué estamos jugando?”, repite Lenin cuando se entera que los infiltrados en Ayotzinapa recibirán trato de víctimas y tendrán toda la ayuda de quienes investigan para el actual gobierno federal.

La respuesta para Lenin es el viento en el árbol que le da la sombra, los cantos de alabanza desparramados en el atrio de la iglesia principal de esa Ayutla de los Libres, al pie de la montaña donde hace mucho pasó la masacre del Charco.

De vuelta en Tecomatlán, la familia de Lenin y él mismo siguen a la Banda de Guerra, que se despeña por las calles como si descendieran para encontrar piso firme. El destino de esta caravana, que también está formada por ex alumnos de Ayotzinapa, rasga entonces como una flecha la tranquilidad del pueblo donde nació Julio.

Lenin siempre dice que la forma en que murió su hermano no puede volver a repetirse y lo dirá de nuevo cuando pida la palabra, parado junto a la tumba de Julio, con el puño en alto y con Ayotzinapa rodeándole.

“La misma Comisión Nacional de Derechos Humanos en un principio decía que mi hermano había muerto por un golpe en la cabeza, con un objeto contundente. ¡Eso no es cierto! Gracias a la intervención del Equipo Argentino pudo saberse que murió por la brutal tortura. Esta lucha es para las generaciones futuras, no ser agachones, exigir nuestros derechos, levantar la voz”, grita, vestido con la playera en la que el rostro de su hermano fue impreso en los talleres de Ayotzinapa, y aparece de lado, sonriendo, protegido para siempre desde la inmortalidad que conceden los símbolos y la muerte misma.

Es así, las cosas son así hasta hoy. La familia Mondragón tuvo que aprender a gritar, a ganar los espacios, a indignarse y a pelear donde tiene que pelearse. Ellos no pidieron vivir de esta manera. Tampoco quienes están con ellos, que son muchos pero también contados: el profesor Eduardo Moreno, la señora Berta y el profesor Ismael Vázquez (a quien le dicen Chesman), el amigo de Julio César Mondragón en Ayotzinapa, con quien compartió dormitorio y gran parte de su tiempo.

Hace quince días estaban Chesman y Lenin en la escuela, y era de noche y acababan de cenar. Habían salido del enorme comedor y pasaban por los pasillos cuando de pronto los alumnos de segundo año salieron de sus cuartos y se pusieron en actividad. Eran las ocho de la noche, un poco más, cuando Ayotzinapa fue avisada que la normal de Tiripetío, en Michoacán, necesitaba de su ayuda. Entonces los de segundo fueron movilizados, los camiones encendieron sus motores, los choferes alertados. Saldrían en una hora, aunque la noche era cerrada y llovía, porque siempre llueve en septiembre. Así que salieron de sus habitaciones, decíamos, a buscar piedras y palos porque habría un cerco policiaco que romper y porque sus compañeros en Michoacán estaban en peligro. Afuera, a las orillas de Ayotzi, también se movilizaba la policía estatal, que cercaba a la escuela, porque ya sabía que se iban. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo lo supo la policía tan certera, tan exactamente?

Lenin y Chesman caminaban por los pasillos y los alumnos de Ayotzinapa corrían para todos lados. Uno recuerda, por ejemplo, cómo suenan los camiones cuando encienden y sus luces parecen los ojos de los linces. Los motores atruenan primero como si fuera un tosido, una carraspera y después le hacen de otra forma, como un monstruo despertando cuya piel arroja reflejos metálicos. Así se oyen los camiones que se guardan en Ayotzinapa.

“En este pasillo vi por última vez a tu carnal”, le dice Chesman a Lenin, después de que los dos han visto que los camiones se preparan, “porque venía corriendo de por allá, con su playera roja que le gustaba y su bufanda. Aquí nos cruzamos y me entregó las llaves del cuarto, para yo pudiera entrar, y ya nada más nos despedimos. «¡Ámonos, güey, ámonos, güey!», iba gritando tu carnal. Luego se subió a un camión y se fue con todos para Iguala”.

Chesman le dijo a Lenin hace seis años que él se había quedado porque su madre se encontraba enferma y debía estar al pendiente de ella, que vivía muy cerca de la normal. Y que por eso no había ido a Iguala. Porque sí le tocaba. En vez de eso, se quedó junto con otros veinte pelones de primer año a hacer la guardia. Cuando se fue a dormir, Chesman soñó que Julio César llegaba a su dormitorio y entonces le preguntaba: “¿Cómo te fue?”. Y Julio, cubriéndose el rostro, le respondió: “¡Ahora sí se pasaron de verga!”.

Mientras eso decían, Chesman intentaba verle la cara a Julio, pero no pudo porque cuando éste ya quitaba la manos, alguien golpeó la puerta del cuarto para levantar a todos. Ya la normal sabía lo que estaba pasando en Iguala y Chesman no pudo verle la cara a su amigo por última vez.

Pero en ese pasillo fue.

Por eso, hace 15 días y después de que los normalistas se treparon a sus camiones, Lenin dice, muy callado y muy despacio que tiene un mal presentimiento.


Chesman es uno de quienes procuran ir cada año a la conmemoración de la muerte de Julio César y siempre ayuda con lo que puede. Acarrea tierra, lleva agua, carga las flores, grita lo que tiene que gritar, cuelga lonas, amarra, reza, escucha y se acuerda.

Sobre todo eso, se acuerda.

La señora Berta es otra de las que se para a un lado de la tumba de Julio César. Pequeña y morena, de pelo ya cano, no era así hace seis años, cuando todo empezaba. Y ahora, con su dolor que le dura ya 20 mil días porque a ella también le mataron a su hijo en Iguala, cuando iba cruzando la ciudad, no sabe cómo se le hace para resignarse. Su hijo también se llamaba Julio César, pero se apellidaba Ramírez. Y ella cuenta cómo fue la última vez que lo vio:

“Uno con tal de no ocasionar problemas en la escuela… te vas de volada a la casa y yo me fui sin verlo. Entonces me habló cuando yo ya estaba echando las tortillas en la casa y me dijo que me quería ver y abrazar”.

Su hijo le dijo que no se preocupara, que había más tiempo, al fin que siempre hay más tiempo que vida. La señora Berta está parada junto a la tumba de Julio Mondragón y se cubre sus hombros con un chal de mariposas, que vuelan sobre un fondo blanco. A pesar de que se tapa la boca, sus palabras son claras como el grito que siempre se le atraviesa.

“Esta desgracia del maldito 2014”, dice Berta a todos los que están ahí, “me lo arrebató. Porque yo el único día que lo pude abrazar fue ese día, que salió de su semana de prueba. Llegó enlodado, como todos los muchachos salen. Ese fue el último día que pude hablar con mi hijo, cuando me dijo, a las 11:44 de la noche: «Mamá, estamos en Iguala, venimos a apoyar a nuestros compañeros, ya que nos dicen que mataron a uno»”.

Berta le dijo que se cuidara, pues qué otra cosa le podría haber dicho.

“Pero no sucedió así”, recuerda ella, “yo le estuve marque y marque. Después de eso pude ir a la escuela hasta los cuatro días, porque ni el Comité de Alumnos de Ayotzinapa ni nadie me informaron que mi hijo estaba en la morgue. ¡Y eso duele! ¡Duele que un Comité haya sido irresponsable, que no haya tomado ni la molestia de ir a tocar mi puerta. ¡Ah, pero para reclamar, ahí sí son buenos, para reclamarme que no iba a ver a mi hijo! ¡Ese Comité era una desgracia! Mi hijo estaba en la Banda de Guerra. Tenía la casaca blanca, el pantalón azul marino y vi a mi niño caminando, iba para la porqueriza”.

Entonces Berta se quiebra como se ha quebrado siempre cuando acude a estas cosas.

La Banda de Guerra de Ayotzinapa atruena en el panteón de Tecomatlán y aunque uno no quiere el corazón se abruma. Hay algunos que ya pueden sonreír, por lo menos no estar siempre serios, pensando en eso todo el tiempo. El profesor Eduardo Moreno, testigo de los sucesos que desencadenaron el levantamiento de los 43 normalistas, porque en ese entonces era estudiante en la normal, ahora sonríe un poco más. Y eso lo notan quienes no lo han visto en mucho tiempo cuando lo observan atender las mesas en donde se sientan los alumnos de Ayotzinapa, invitados por la familia Mondragón a comer. Eduardo lleva los platos y los refrescos, pone la sal, el aguacate, pregunta si alguien quiere más frijoles y entonces se ríe.

Hace seis años no era así. Hace seis años estaba ocupado buscando a sus compañeros.

Él no lo sabe, pero lo que hizo entonces lo convirtió en un héroe. Un héroe de carne y hueso, cuyos actos no le quitaron sus defectos, pero sí pulieron su mejor lado. Él no lo sabe y ahora que sirve las mesas, que procura ir por los vasos, sonríe. Como el joven de 27 años que es ahora, que no puede evitar ser.

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