15 abril, 2026

La matanza de Los Púrpura

Miguel Alvarado

Toluca, México;  8 de octubre de 2020. Que saliera por la puerta y se echara a correr. Que saliera rápido y que lo hiciera cuando los gritos se alejaran del taller en donde daba clases, y ese 14 de diciembre de 1993 era martes y era la última semana. No iba a ir, pero al final se decidió y se fue al penal de Almoloyita para ver a su grupo. Ya no se acuerda lo que daba.

No, sí se acuerda. Daba un taller de carpintería para que aprendieran los presos chido, dice, aunque no consigue acordarse de la clase de ese día, sólo que llevaba unos libros para que los alumnos los vieran. En eso de ir a dar clases ya llevaba como un año cuando le gritaron “¡córrele, córrele!”, como si fuera el perro que sacan a jugar al jardín. Entonces corrió, mientras levantaba la cabeza para ubicar por dónde andaba la gritería y por eso no se fijó que había unos cuerpos tirados. Y con ellos se tropezó varias veces. Dicen que eran como los bultos que se forman cuando tiran un costal, que así se sentían, y que ahora que lo piensa estaban como inflados, como si algo de lo que comieron les hubiera estallado adentro.

Se sacó de onda, pero cuando se cayó por primera vez ya se estaba enfermando. Del susto, le dijeron luego, cuando el médico le preguntó qué le pasaba. Y para responder dijo que se había tropezado con el cadáver de un hombre, que estaba volteado bocabajo, con los brazos y las piernas estiradas, quién sabe cómo porque cuando lo cuenta baja los ojos y dice que estaban así, “como si fueran de chicle”.

 Y que cuando se levantó y volvió a correr, se tropezó con otro. Y luego con otro y con otro.

-Como cinco veces- dice, antes de que la garganta se le cierre de tanto cigarro. Eso fue hace 27 años.

Ya se dijo que era el 14 de diciembre y ya iban a dar las 10 de la mañana.

*

A Ángel Javier Gómez Sánchez y a Javier Adalid Miranda no les iba mal en la cárcel. El primero era el más listo y se le había ocurrido formar una banda adentro del penal porque se dio cuenta de que a los presos sus familiares les llevaban cosas y dinero. Muchas cosas, mucho dinero, se repetía él cuando comenzó a madurar su idea, que además era muy simple. En el penal de Santiaguito, en Almoloya de Juárez, no había bandas ni grupos de poder ni nada. Era, ¿cómo decirlo? era un experimento humanitario que pretendía implementar cárceles sin barrotes, sin castigos y de plano intentar que quienes delinquían pudieran reinsertarse de nuevo en la sociedad que los había formado. Nada más iluso, más, ¿cómo decirlo? más ingenuo. Más inocente. Porque los primeros que se corrompieron fueron los custodios y los directores, que socavaron su propio poder y protegieron a algunos para que le entraran a la extorsión, al manejo de reos como si fueran ganado, una cosa valiosa pero desechable.

El preso Ángel Javier Gómez Sánchez era listo, y no tan tonto como para formar una banda en la cárcel sin ayuda de guardias y directores. Los policías que lo ayudarían estaban identificados y otros los habían ya reportado a escondidas, pero nadie les hizo caso. Porque aunque Almoloyita era un experimento humanitario, también era una cárcel en proceso de descomposición.

Los gendarmes Olegario, Baltazar y Abel comenzaron por ser déspotas y altaneros y así, con la mala educación como arma principal, sometieron a algunos reos, a quienes aplicaban pequeñas extorsiones, pero luego se dieron cuenta de que se arriesgaban demasiado y abarcaban poco. Por eso pensaron mejor en alguien que les hiciera el trabajo sucio.

A ese alguien lo encontraron pronto. Purgaban sentencias de más de 100 años y por eso no le tenían miedo a nada. Nunca saldrían y así de nada sirve la buena conducta. Lenta, salvajemente, los reclutaron y para 1991 ya estaba la banda lista. Aprovecharon que había llegado un paquete de reos provenientes de Neza y de Barrientos, donde decían que las cosas estaban gruesas, y fue a ellos a quienes invitaron a adherirse. Al final, reclutaron a unos 40 presos.

-No sé- dice el profesor que corrió tropezándose con los muertos en la cancha- nadie imaginaba que los reos sojuzgados se pudieran unir y hacer las cosas tan rápidamente. Ahí quedó demostrado que Almoloyita no servía de nada, porque habrían podido escaparse. Eran como 500 y no podían detener a todos. No lo hicieron, que yo recuerde nadie se escapó.

El preso Ángel Javier Gómez Sánchez comenzó por su parte la tarea que los gendarmes le encomendaron y, uno a uno, atrajo a quienes serían sus socios en la banda que se planeaba. Habló con Javier Adalid Miranda, que para entonces tenía apenas 28 años, aunque ya diez de los cuales los había pasado en distintas cárceles. Le decían El Joch y estaba acostumbrado a defenderse, así que la idea de formar un grupo le pareció sensata. Al final en la lista de la banda se inscribieron 12, más que suficientes para aterrorizar a la población de reos, que era de unos mil 500 en ese entonces.

A la banda que formaron le llamaron Los Púrpura, quién sabe por qué, y aguantaron dos años extorsionando, golpeando, reteniendo, robando y asesinando a la vista de todos, sin que nadie les dijera nada. Que les hacían eso a otros presos lo sabían las autoridades, y por eso, cuando llegó el momento de las explicaciones, dijeron que ya se había solicitado que Los Púrpura fueran llevados a otras cárceles, junto con otros 53 reos, pero que no se pudo porque la Policía Judicial Federal no lo había autorizado. Lo único que pudo hacerse fue incrementar la seguridad, que a final no sirvió para nada. Quienes formaron parte de la banda ya habían intentado fugarse sin éxito, el 14 de octubre de 1991, y habían dado muestras de su peligrosidad.

Los Púrpura llevaban dos años haciendo de las suyas, y el 8 de diciembre de 1993 los reos que compartían espacio con algunos de ellos intentaron amotinarse, en el Edificio C de Sentenciados. Amenazaron con enfrentarse a los policías si sus demandas no eran atendidas y al final, en un estado de paroxismo, lograron su reubicación. Lo que no consiguieron fue librarse del puño de hierro de la banda, que siguió extorsionándolos sin obstáculos.

Como nadie les hacía caso, los afectados decidieron enfrentar solos el problema.

El 14 de diciembre de 1993 todo transcurría normalmente, como todos los días. A las 6:30 se realizó el pase de lista de la población penitenciaria y los responsables escribieron en sus libretas “sin novedad”. A las 7:00 rindió su informe Eleuterio Trujillo Ramírez, jefe de Seguridad y Custodia, y apuntó “sin novedad”. A las 8:30 se realizó el relevo del personal de seguridad y todos vieron que no había novedades. A las 8:45, el jefe del primer turno fue sustituido y llegaba también el personal técnico, administrativo y legal a sus oficinas. Todo ocurría sin novedad. A las 9:15 arribaron algunos de los jefes del penal: el de Sistemas de Seguridad, Gabriel Gutiérrez Morales; su auxiliar, Miguel Rojas y el nuevo subjefe de Custodia Penitenciaria, Miguel Cruz Ortiz. Luego se supo que el director de Almoloyita, Roberto Moreno Amud, llegaría a las 10 de la mañana, cuando ya era demasiado tarde para todos, incluso para él mismo, porque fue destituido y acusado formalmente por su responsabilidad en el reguero de muertos que dejó aquello.

A las 9:20, mientras los jefes platicaban en los patios, sonaron las alarmas y desde la torre principal comenzaron a disparar tiros de advertencia. Se creyó que se trataba de una fuga y por eso se rodeó el perímetro del penal con policías estatales y agentes federales, que llegaron poco después. Establecieron un cerco en el que también estaban integrados los de Grupo de Alta Seguridad, que entonces les decían los del GAS por sus siglas, y que habrían sido casi, casi, fuerzas especiales de no ser porque les faltaban conocimientos. Pero era lo que había y así y todo eran temibles. Poco más tarde llegaron ocho ambulancias y también estaban estacionadas las carrozas del Semefo.


En esa revuelta de tres horas, la única verdad que pudo ser comprobada fue que la banda de los Púrpura sería exterminada en menos de 15 minutos.

*

Las 9:20.

La venganza comenzó temprano, como se había acordado días antes. Cerca de 300 personas se juntaron alrededor de la malla que protegía la cancha de futbol y la separaba de la zona de visitas. Desde ahí los reos podían ver a los directores del penal, que platicaban como si nada. El plan era escalar esa malla para tomar la sección y controlar una de las entradas. Y después, que pasara lo que pasara mientras buscaban a los integrantes de la banda. Casi sucedió así, pero antes de que eso pudiera concretarse se les atravesó el primer asesinato, el de un púrpura que se acercó a ver lo que estaba pasando y que creyó que ser quien era lo protegería siempre. Apenas lo vieron, se le fueron encima y lo molieron a golpes. Ese, el de ese muerto sin nombre fue el primer cuerpo en ser arrastrado hacia la cancha de futbol. Ahí lo dejaron porque no había tiempo de nada más. La turba se desplazó como un solo cuerpo hacia el Área B de Sentenciados porque ahí se encontraban cuatro de los jefes púrpuras, que más tardaron en escuchar los gritos que en meterse a sus celdas, las cuales no podían cerrar con llave. Así que a las puertas apenas les pusieron un pasador y para defender esa endeble separación sacaron las puntas. Cada uno en sus celdas, antes de que llegaran por ellos, decidieron que no rendirían y que pelearían hasta el final.

También creyeron que serían rescatados por los custodios, y por eso pagaron con su vida su necia ingenuidad porque a la hora de la muerte los dejaron solos. Pero eso lo supieron bien, se sobreentiende, cuando vieron a la turba arremolinada enfrente a sus celdas.

Había sido Jesús González Martínez, a quien le decían El Faria, quien avisó a sus compañeros que iban por ellos. Junto con Adolfo E. Sampayo Vargas, El Sampayo; Javier Chávez Galaviz, El Cocoganso y El Joch, ya estaban listos y sus armas eran puñales de fabricación artesanal, a las que ataron a largos palos con los que evitaron que quienes se acercaban al cerrojo pudieran abrirlo. Apenas con eso defendieron su espacio y las entrañas, pero que todo terminara ya era cuestión de tiempo.

Y es que nada detendría a la turba, cuyos líderes deliberaron un rato al ver que no podían abrir los cerrojos. Mientras otros seguían atacando las puertas de esas celdas frágiles, la cúpula amotinada envió a alguien por un garrafón de combustible de 20 litros, que extrajeron del cuarto de las calderas y eso fue suficiente para rociar la entrada de las celdas, para quebrantar a los defensores. Sin embargo, el fuego quemó a todos por igual, y los que asediaban no pudieron entrar, atrapados por el humo y las llamas de su propio invento. Al menos habían conseguido que los cuatro púrpuras atrapados en esas celdas se retiraran picados, debilitados y quemados gravemente.

En esas estaban cuando se les ocurrió probar otro tipo de estrategia. Arietes improvisados con colchones los ayudaron a llegar hasta los necios púrpuras. Escudados en ellos pudieron abrir las puertas de las celdas y llegar a los presos pertrechados. Y es que los colchones sirvieron también como teas gigantescas, que fueron a incrustarse en los cuerpos de los cuatro reos que murieron así, calcinados, reventados, sin rostro, casi como habían vivido. Esos cuatro cuerpos, humeantes aún, fueron arrastrados hacia la cancha de futbol, que al final de la jornada se convirtió en una morgue al aire libre, donde campearon los muertos, por fin en paz.

Ya había cinco ejecutados y apenas eran las 9:25 de esa mañana.

Media hora más tarde arribarían al penal el secretario general de Gobierno del Estado de México, un tal César Camacho Quiroz, que se había trasladado al lugar para coordinar la recuperación de la cárcel. Con él estaban Miguel Ángel Contreras Nieto, primer visitador general de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos y Reynaldo Robles, director de Prevención y Readaptación Social. El director de Almoloyita, Roberto Moreno Amud, temblaba junto a ellos.

A esa hora, los reos sublevados ya eran unos 500 porque al motín se había unido la población de los dormitorios D y E, que también se ocupaban en señalar a presos relacionados con los Púrpura. Los reos apedrearon los edificios y rompieron sus cristales. Aunque no llevaban armas de fuego, no fueron detenidos por los custodios, pero los policías ni los civiles que se hallaban atrapados entre la refriega fueron agredidos. El pleito no era con ellos.

Uno a uno, los integrantes de los Púrpura fueron cazados.

Otro interno, Alfredo García Farías, a quien le decían “El Gato Rayas”, fue ubicado en la Sección A de Procesados. Hasta allá fueron por él para lincharlo y aunque alcanzaron a llevarlo a la enfermería de la prisión, no pudo librarla y falleció mientras era atendido.

Los sublevados habían encontrados picos y palas dejados por albañiles que trabajaban en una obra dentro del penal, y tomando las herramientas se dirigieron al Área D de Procesados, en donde se encontraba Francisco Hernández García, El Cherokee, quien se había atrincherado detrás de puertas reforzadas con candados. Pero quienes lo cazaron rompieron puertas y ventanas y cuando lo hallaron, en el segundo piso de ese edificio, le rajaron la cabeza con un zapapicos. Así murió El Cherokee, que no alcanzó a ver cómo su cráneo se reventaba y parte de la masa encefálica se quedaba en las paredes y los pisos. Después cargaron el cuerpo y lo tiraron de cabeza antes de matar a otro interno, que también estaba en esa área.

La cacería de púrpuras se extendió por todo el penal y terminó hasta que los principales cabecillas estuvieron muertos. Otros dos reos fueron asesinados antes de que los cuerpos fueran amontonados en el campo de futbol. Ese, el de los cuerpos ahí tirados, fue el escenario en el que las autoridades comunicaron a los presos que habían decidido destituir al director Moreno Amud y ese anuncio, en medio de los muertos, del olor que se llevaba el viento, del silencio después de la matanza, arrancó vítores y hurras porque los reos festejaron la decisión como si hubieran ganado un partido. Al final de aquella jornada, el número de asesinados dentro del penal de Almoloyita alcanzó el número de 15, el de sublevados fue de 700 y el de heridos fue de 13.

*

La banda de los Púrpura fue protegida por el director Moreno Amud, y reos y custodios declararon en su contra aduciendo que el funcionario “tenía pleno conocimiento de las actividades ilícitas de esta banda, quienes se dedicaron durante todo este lapso a robar, extorsionar, lesionar, maltratar y en muchas ocasiones aún cuando no ha quedado esto demostrado violar a los internos… así como cometer homicidios como es el caso de quien en vida respondiera al nombre de Norberto Julio Cortéz Velázquez… de todas estas actividades el C. Lic. Roberto Valdemar Moreno Amud, tuvo pleno conocimiento y al decir de los propios internos y custodios, el C. Director de referencia los solapaba y en pocas palabras les permitía hacer todas estas arbitrariedades en contra de la mayoría de la población”, según consta en los oficios 5940/93-1 de la Comisión de Derechos Humanos del Edoméx, el CDH/PROC/211/01/3087/93, y en el acta de averiguación previa TOL/DR/II/759/93, así como la ZIN/II/1248/93.


La Comisión de los Derechos Humanos del Estado de México giró una recomendación al gobernador Emilio Chuayffet, quien ya iba de salida y otras matanzas mayores y más sangrientas le esperaban en su carrera. Pero esa recomendación se hizo famosa porque fue la primera que se le giraba a un Ejecutivo en el Estado de México.

A Moreno Abud se lo llevaron preso al penal de Lerma el 27 de octubre y ahí rindió declaración para tratar de deslindarse. Lo primero que dijo fue que había cumplido con sus obligaciones en estricto apego a derecho y que nunca, pero nunca, nunca, se había corrompido y menos hecho de la vista gorda ante las actividades de los Púrpura. Moreno dijo que había reportado en tiempo y forma el asesinato de un interno, ultimado por Jesús González Martínez, “El Faria” y Francisco Hernández García, “El Cherokee”, y aunque se les consignó por el crimen, al poco tiempo estuvieron otra vez libres, dentro de la cárcel. Respecto de la masacre de diciembre, culpó de ella a la lentitud de la Secretaría de Gobernación, porque nunca pudo resolver el traslado de los presos endemoniados a pesar de los reportes donde se informaba la “tensa situación”.

La lista de los muertos la llevará siempre consigo el director del penal: Vicente Carrillo Domínguez, Javier Adalid Miranda, Agustín Rodríguez Sánchez, Francisco Hernández García, Felipe de Jesús Pérez Sánchez, Jesús González Martínez, Alfredo García Farías, José Estanislao, Sampayo Vargas, Javier Chávez Galaviz, Marco Antonio Bernal Hernández, Javier Ángel Gómez González, Ricardo Carballo Medina, Víctor Guzmán Hernández, Blas Pulido Suárez y César García Aguilera.

No queda claro qué pasó después con el ex director de Almoloyita, pero sí puede saberse que fue destituido el 15 de diciembre de 1993. Después fue delegado regional de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, y asesor jurídico del ayuntamiento de San Martín Otzoloapan.

De los otros, de los Púrpura no queda nada porque la masacre de Almoloyita yace enterrada entre los muros del penal, en el recuerdo de quienes no tuvieron más remedio que estar ahí. Sólo corrieron, corrieron, corrieron mientras su razonamiento se volvía rojo, igual que la sangre que los llenaba de ansiedad, de furia epiléptica.

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