Miguel Alvarado
Iguala, Guerrero; 19 de octubre de 2020. Afuera se oye cuando pasan los halcones con las manos levantadas por las calles de Iguala. Andan mirando las placas de los coches para ver de dónde vienen. Estos que vemos se mueven a lo largo del Periférico y pasan por el Camino del Andariego, por delante del cuartel de los soldados, que ahora dicen cooperar con el gobierno y se investigan a sí mismos.
Loa halcones también andan por el centro y por El Naranjo, donde a veces hay retenes operados por guachos pagados por los narcos. Pero los militares ni los policías les hacen nada son los mismos que se llevaron a los de Ayotzinapa y que seis años después ya regresaron a trabajar.
También están los halcones de Pueblo Viejo y la Granjeles, pero esos son más infames, más retorcidos.
En 2014 El Chelas, por ejemplo, vigilaba por enfrente de las instalaciones de Pemex y andaba a pie porque no había juntado para su moto. El Coquis tenía una Yamaha 110 pintada de azul. Andaban sicarios como El Choky y el Pollo, trepados en otras Yamaha por la ciudad.
Los halcones se la pasan en la calle como si jugaran entre ellos porque se ríen y comen dulces, van por refrescos en sus motos. A veces alguien les lleva de comer, cuando no pueden moverse de una esquina porque hay que vigilarla. La verdad es que sus motos son apenas Vespas en las que cargan celulares, drogas, armas y básculas para pesar lo que venden o lo que compran. En Iguala también son halcones los taxistas, los policías y los que despachan comida en la terminal. Es halcón, la señora que sirve los tacos y que dice: “cuántos van a querer”. Lo hace con la suavidad de quien no quiere decirlo y su voz resuena en nuestra piel como un metal.
“De qué van a ser”, dice la señora que no sabe lo que somos pero sí lo que podríamos ser. Entonces mete las manos a su mandil y se las seca para agarrar los refrescos. Los agarra con esas garras que señalan, con esos garfios que remarcan el destino de los otros.
Las personas solo ven cómo levanta su mandil, cómo agarra el envase, cómo lo seca, lo pone sobre la mesa y pregunta si así está bien. Le arranca la corcholata y lo que se oye es el siseo de una hoguera que se consume. Y sentados de frente a la terminal cada uno come lo que pide y procura tardarse poco, porque hay que cruzar Iguala y por eso veremos que desde 2014 nada ha cambiado.
Él, por su parte, tiene la cara de rata y se preocupa porque nadie se lleve a sus hijas.
Nada, sólo que hay más motos y más gente en las esquinas. Hay más de todo, de lo que a uno le acobarda porque ya pasaron los tiempos de estar aquí, buscándole y tentándole, pero uno le sigue, quién sabe por qué.
Y por eso es que el frío viene de adentro. Desde adentro de uno.
La verdad es que Luis Alberto José Gaspar fue el causante de que los ministeriales de la vieja y corrupta Fiscalía de Guerrero detuvieran a cuatro sicarios de los Guerreros Unidos, quienes fueron acusados de quemar hasta las cenizas a los 43 normalistas de Ayotzinapa. Y es que muchos consideran que Luis Alberto fue el primero de toda una cadena de capturados cuando las investigaciones comenzaron a activarse y los agentes a irrumpir en domicilios de Iguala, el 2 de octubre de 2014.
Luis Alberto apenas era un aprendiz de soplón y los polis se equivocaron con él cuando lo torturaron y le sacaron a la fuerza una confesión. Por eso, por ese simple detalle tuvieron que dejarlo libre desde 2018 y desde entonces nadie sabe dónde está. La verdad es que era culpable de ser halcón pero ni eso pudieron sostenerle y poco después se les derrumbó a los polis la acusación de delincuencia organizada que le habían formulado.
Bueno, pasaron cuatro años para eso, piensa uno, mientras pasamos por el número 46 de la calle Revolución, la casa de los Peques de Iguala, una ciudad que ya estaba en lo mismo de siempre cinco días después de que los 43 fueran levantados y aunque en las calles no había halcones, los que trabajaban para Orbelín Benítez Palacios (a quien le decían El Toro) tenían que ir a la casa donde guardaban los gallos para darles de comer y hacer el aseo. Y por eso a Luis Alberto José Gaspar lo ubicaron, porque ahí andaba, dando de comer y limpiando las 150 jaulas vacías que también estaban ahí. Lo hacía porque le pagaban pero también porque les tenía un miedo irracional a los seis hermanos Benítez Palacios, sobre todo a Osiel, que lo había rebajado a la condición de guiñapo, de mequetrefe, de apenas halcón que apenas valía la pena conservar para que limpiara. Temerle a los Benítez Palacios era lo más sensato que alguien como Luis Alberto podía hacer, porque ellos eran los Peques, o los Tilos, o los Pelones; y como uno quisiera llamarlos, eran la ley del narco en Iguala y por años habían trabajado para quienes les pagaran mejor, incluidos el gobierno y el ejército. Ahora trabajan con el Señor del Mal, como le gusta que le digan al Onésimo Marquina y su grupo de los tlacos, y están aliados contra los Rojos que todavía dan batalla.
Pero hace seis años estaban los Guerreros Unidos como los mandones de Iguala, y a los Peques los habían aceptado como parte del liderazgo sicario que para el 2 de octubre de 2014 ya se había esfumado, ya se había ido al diablo.
A Luis Alberto José Gaspar le decían El Tongo y nadie sabía por qué. Pero lo que sí se sabía era que tenía familia. Para mantenerla como fuera, había encontrado trabajo con los Peques como halcón. Llegó con los narcos de Iguala invitado por un cuate a quien siempre le dijo Jovany cuando ambos trabajaban en la cevichería El Marino. Estuvieron ahí hasta que los corrieron, acusados de robarse el pescado y otros alimentos, pero no era cierto. O eso es lo que los afectados siempre dijeron.
A los 15 días de no trabajar, regresó al mercado para ver si alguien le daba ocupación porque ya la familia reclamaba. Y en esas estaba cuando se le acercó un chavo en una moto.
—¿Qué andas haciendo? —le dijeron así nomás. Entonces Luis Alberto José Gaspar se volteó de golpe y se encontró con la cara de su amigo Jovany.
—Nada, aquí buscando trabajo —respondió sin mentir.
—¿Quieres trabajar para la maña—le dijo de plano su amigo, que lo miraba como algunos miran a los desposeídos.
—¿…?
—Sí, con los Guerreros Unidos —apostilló Jovany, para que su amigo le entendiera mejor.
La respuesta fue un sí lleno de angustia acompañado de la petición de un adelanto económico porque la familia se moría de hambre. Jovany, nomás viéndolo, agarró y sacó su teléfono para marcarle a alguien.
Entonces Luis Alberto se trepó con Jovany a la moto y un poco más tarde se encontraron con un cabrón que iba trepado en una camioneta X-Trail roja, y que dijo que se llamaba Osiel.
—¿Quieres chambear? —le dijo al desesperado.
—¡Claro, jefe! —respondió Luis Alberto, que miraba al Osiel meter la mano a la bolsa, buscando en lo que llevaba adentro y como un mago, muy despacio y muy sonriente, sacar un billete de 500 pesos que extendió con la confianza de quien tiene demasiados.
Y así le dio la bienvenida Osiel, que ahí mismo le dijo (él en la camioneta roja y el otro a pie, con la mano extendida buscando el billete) que trabajaría como halcón en las calles para reportar los movimientos de los guachos y los polis. Para eso, le dio un celular en el que ya iba un número apuntado.
—Vas a estar vigilando en la gasolinera, donde está el Tecnológico rumbo a la caseta —le ordenó el narco, quien además era el encargado directo de todos los espías.
La Fiscalía de Guerrero obtuvo el 2 de octubre de 2014 los retratos de Orbelín y de Osiel. A los dos los describieron como gordos, pero gordos fieros que usaban un corte de pelo muy a la militar. Además, Osiel era moreno de esos de tipo claro que tanto abundan, tenía “ojos grandes de color café y estatura mediana”. Ah, y que al parecer estaba luchando contra sus ganas sempiternas de beber porque todos los viernes iba a un grupo de Alcohólicos Anónimos, en un local ubicado en el centro de Iguala. Él era uno de los adelantados, porque ya había superado por lo menos la ansiedad y ahora se desempeñaba como “padrino” de ebrios y drogadictos que intentaban regenerarse. Orbelín todavía era más gordo que su hermano, más alto y nunca había ido a una reunión de AA.
Ya el miedo que de inmediato les tuvo Luis Alberto a Osiel no lo abandonó nunca. Fue tanto, que cuando le tocó describir a Osiel, dijo que era “una persona alta, de aproximadamente dos metros. Está bien grandote el buey”.
Así fue como todo comenzó para Luis Alberto, a quien le dijeron que sería supervisado una vez al mes y que si fallaba sería enmendado a tablazos por el propio jefe de la plaza, que era Orbelín, a quien llegó a ver varias ocasiones porque al jefe de los Peques les gustaba recorrer la ciudad, a veces en una Honda CVR, a veces en una Ford de doble rodada.
—Mira —le decían los otros halcones, señalando con sus manos arriba —ahí va el mentado Toro.
Fue Osiel Benítez Palacios el encargado de hacerle ver con crueldad la realidad de un halcón que debe vigilar si quiere que su vida no sea corta. Una verdad es que Luis Alberto José Gaspar, el halcón de los cuatro nombres, no tenía experiencia en las calles como soplón, porque apenas había sido reclutado a principios de 2014. Otra verdad es que no estaba listo para desempeñar labores de vigilancia porque era distraído y hasta se quedaba dormido a un costado del tramo del Periférico que le habían asignado. Los Peques lo agarraron muchas veces así. Por eso, los movimientos de los guachos, los marinos y los federales se les iban de noche a los narcos. No es que importara que el novato se quedara dormido o se despistara, porque para septiembre de 2014 los Guerreros Unidos eran la parte operativa de un poder mayor de corrupción e impunidad operado junto con las minas de la Media Luna y de los Filos como centro podrido de ese corazón de oro que representa el extractivismo en Guerrero. Más bien, a Luis Alberto lo agarraron los Peques como ejemplo de lo que les pasa a los malos empleados, a los que no se ponen la camiseta. Primero fueron tablazos en las nalgas, después golpes y al final la amenaza de muerte contra él, la esposa y los niños.
Fue entonces que, molido y apenas de pie, para mayo decidió desertar porque “se sufría mucho”.
Había entrado como halcón para obtener dinero y comer, y ahora sin nada, además de perseguido o buscado porque abandonar significa ser traidor, no le quedó de otra que encerrarse en la casa de su suegra, y no salió en un mes. A la esposa le tocó entonces mantener el hogar y aunque al principio le fue difícil, muy pronto se acostumbró a esta forma de, también, mala vida.
—Después ya empezó a salir y empezamos a recoger botellas, aluminio y fierro para después venderlo y así tener dinero para comer, y pasaron como dos meses más, después, sin recordar la fecha, pero fue en agosto de ese año, Osiel fue a mi casa, a como a las cuatro de la tarde —dijo la esposa del halcón a los ministeriales que la interrogaron el dos de octubre de 2014, cuando detuvieron a su marido en la casa de los Peques.
Los policías estatales llegaron a esa casa porque ya todos, menos el gobierno federal, buscaba a los 43 normalistas de Ayotzinapa, y alguien había sugerido que fueran a ver las propiedades de los Peques, porque ellos sabrían algo. O peor, lo sabrían todo. Entonces, a las 18:20, visitaron el número 46 de la calle Revolución, en la colonia Juan N. Álvarez y lo único que tuvieron que hacer fue tocar para que alguien les abriera y les diera paso. Es que les abrió alguien que no sabía, y por eso la señora del aseo, Constantina, lo hizo, y cuando se fue enterando ya estaba espantada y les dijo a los ministeriales el nombre de los que estaban en ese momento en la casa. No había nadie de los Peques y por eso también los policías se animaron a entrar. Pero primero, para que no se les olvidara nada, anotaron los nombres de quienes sí estaban: Juana, que le había llevado de comer a su esposo; Luis Alberto José Gaspar; Jorge, que estaba porque debía darle de comer a unos animales; Luis, otro que nomás estaba porque les daba agua a los animales; El Mirra, que era chofer de los Peques.
Ya con esos datos, los agentes entraron, después de pedirle permiso a la sirvienta. Y todo lo que vieron lo fueron anotando para escribirlo después en el reporte del día. Vaya que vieron, aunque no pasaron por toda la casa. Lo que más les impresionó de esa vivienda de dos pisos, de portón blanco y con cochera, fue que sobre la mesa de la sala alguien hubiera colocado jarrones pintados de rosa mexicano, que nunca hicieron juego con las 180 galleras y sus 150 gallos de pelea empotradas en el jardín. Después, como dicen ellos, procedieron a llevarse a las personas ahí presentes, cerraron la casa y la precintaron porque se suponía que la estaban asegurado. Ya sientiéndose seguros, hablaron con todos, uno por uno, y fueron descubriendo lo que ya sabía toda la ciudad: que los Peques, los Tilos, la banda de los hermanos Benítez Palacios eran responsables, en grado sumo, del destino final de los de Ayotzinapa. Y aunque por lo menos lo sospecharon, nunca pasaron de eso, de asentarlo en las averiguaciones para que nadie les dijera nada.
—Pónte las pilas —le dijo Osiel Benítez a su halcón más descuidado, cuando lo cansó su incompetencia, y por eso también lo amenazó de muerte. Luis Alberto José Gaspar siempre dijo que sí, pero no siempre podía cumplir su palabra. Y por eso lo fueron a buscar tres meses después de desertar y de vivir, junto con su familia, de la recolección de botellas de plástico, aluminio y fierro que se encontraban por las calles. No era nada lo que se ganaba, pero nadie lo molestaba y por un rato pensó que podía vivir así, desapercibido de los Peques. Pero cuando fueron por él para llevárselo de regreso a sus actividades, cuando lo golpearon y encima le dijeron cómo se iba a morir su familia si no cumplía, decidió hacer caso del consejo que le dieron y comenzó por ponerse las pilas.
—Osiel fue por mi esposo como a las 4 de la tarde —dijo su mujer sin necesidad de que nadie le preguntara —lo agarró del cuello y lo aventó de su camioneta X-Trail de color roja, de la marca Nissan. Después de media hora lo regresaron. Fue cuando mi pareja me platicó que […] se lo llevaron a un baldío […] ya que le pusieron una playera cubriéndole la cara, y al llegar al lugar lo bajaron y lo golpearon.
Regresó al hogar tundido otra vez y esta vez no hubo manera de convencerle para que no se enrolara de nuevo. Le dijo a su mujer que seguiría ganando los 5 mil pesos mensuales que ya le daban, es decir, 166 pesos diarios. Ella le dijo que no valía la pena, que se ganaba más desempleado, y que lo pensara bien porque si se enrolaba de nuevo ella se iría de la ciudad con los niños. Y esta vez sería para siempre.
—El problema —le dijo él —es que tú y los niños están amenazados de muerte.
Y con eso la discusión se terminó.
Su mujer lo cuidó los últimos diez días que él estuvo libre, antes de que llegara el mensajero temido. Ellos estaban pelando cables para obtener alambres de cobre cuando el propio Osiel se estacionó frente a la casa.
—Ponte los zapatos y vámonos —le dijo el narco al espantado halcón, quien corrió para cumplir la orden. Luego salió a toda prisa, despidiéndose de su mujer.
—Ya me voy a trabajar —le masculló a ella —no te preocupes, todo va a estar bien.
Por lo menos ese primer día todo salió bien, porque Luis Alberto José regresó a su casa a las ocho de la noche y cenó con la familia. Su esposa dice que hasta vieron una película antes de irse a dormir y que por eso ya estuvieron un poco más tranquilos.
Lo que pasó la noche del 26 de septiembre de 2014 se escurrió como agua sobre aceite a los policías de Iguala cuando declararon por primera vez en Acapulco. Ahí los señalaron dos personas encapuchadas que el 28 de octubre eran los primeros testigos formales. Protegidos, la identidad de quienes reconocieron a 22 policías municipales no se sabrá nunca, aunque David Flores Maldonado, en ese entonces secretario general de la normal de Ayotzinapa, haya dicho que algunos de los ahora ex alumnos han estado colaborando con las autoridades desde el primer día. A David Flores Maldonado le decían El Parca y muy pocos de sus compañeros confiaban en él, en ese entonces. Ahora, lo hacen menos. Pero el 26 de septiembre de aquel año los 350 policías municipales de Iguala no vieron nada, no oyeron nada y ninguno se acercó al lugar de los hechos. Tampoco nadie usó arma alguna y todos se portaron civilizadamente cuando fueron al encuentro de los cinco camiones que atravesaban la ciudad. Y por eso nadie se dio cuenta de los heridos, de los muertos ni le del despliegue del ejército, de los Peques y de las policías estatal y federal.
Eso mismo sucedió con el halcón Luis Alberto José Gaspar, cuyos ojos se cerraron el 26 y su memoria perdió rastro de los sucesos. Muy tranquilo, dijo que llegó a su casa a las ocho de la noche como ya era costumbre, y que al otro día, 27 de septiembre, se fue a trabajar como si nada.
Por lo menos eso fue lo que dijo antes de pormenorizar una radiografía de su propia, miserable condición de excluido.
No tengo casa.
No tengo coche.
No tengo cuentas bancarias.
No tengo crédito.
No tengo cartilla militar.
No tengo credencial de elector.
Estudié hasta sexto de primaria.
Ni siquiera tengo redes sociales.
De todas maneras el agente que le tomó esta declaración le ha leído sus derechos a este fantasma que no es nada y por eso y otras cosas trabaja mirando, soplando. Pero de eso a que sea traidor es otra cosa, porque de la noche del 26 de septiembre de 2014 no vio nada, no oyó nada, no supo nada y se enteró de los muertos cuando un limpiaparabrisas le chismeó en una esquina, mientras rellenaba su botella de agua, que había habido un montón de muertos.
A Luis Alberto lo detuvieron desde entonces, pero no para siempre, porque en junio de 2018 fue liberado debido a que sus declaraciones fueron obtenidas con tortura o al menos había indicios de ella. Y como nunca le pudieron probar delincuencia organizada, se fue. Actualmente, no se sabe si hay algún proceso penal en su contra, pero lo que sí se sabe es que en Iguala no cabe un soplón más.
Todos andan en sus motos, muy atentos, con las manos levantadas, buscando las placas de los autos para ver quién viene de fuera.
Siempre alertas, halconeando.



