Daniela Albarrán
El espacio comienza con el cuerpo, el frasco que habita nuestro ser, en el que nos desparramamos o nos hacemos pequeños. El frasco se mueve, se agranda, es flexible e incluso se rompe; nuestro cuerpo es el primer espacio que conocemos, por eso es primordial resguardarlo y protegerlo de los cuerpos externos y extraños que amenazan a pincharlo y así, que al aire como un globo se escape para reducirlo.
Es probable que el cuerpo nuestro, aunque no nos guste, sea el primer contacto con el mundo tangible que hay allá afuera, es una cáscara que lleva el soma dentro, pero también puede ser la máscara con la que nos mostramos y tocamos el mundo, por eso, nuestro cuerpo también gravita y merece un espacio propio que permita expandirse a sus anchas.
No somos un tetrix aunque parecemos, pues de pronto intentamos empequeñecernos para entrar en otros lados, chiquitos, o entrar en otras personas, en otros hábitats, en otros lados de tal modo que ya ni siquiera somos conscientes de que el cuerpo que habitamos ocupa un espacio en otro espacio que es mucho más grande, y que ciertamente, no nos pertenece.
Es importante asumir que el espacio que nuestro cuerpo ocupa, no es el mismo que el de la mente, pues la mente puede expandirse más allá de cualquier espacio físico, y de pronto tampoco somos conscientes de que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente habitan un espacio temporal y muy limitado que, además comparte con otros cuerpos.
Acuerparse es un verbo que resulta trascendente en este tiempo, pues no hay forma de desacuerparnos de nosotros mismos, pero en teoría sí podemos acuerpar a otros. Y es ahí donde empieza la manera en que razonamos también nuestra propia corporalidad; compartiendo espacio con los otros.
Repensar el espacio privado y externo es a lo que hemos sido orillados los últimos meses, y pienso en el espacio en relación con el otro porque si existimos cuando otra entidad nos reconoce, ahora que convivimos con pocas personas ¿Dónde queda nuestra existencia?



