15 abril, 2026

Las horas, los días, ojos y pasmo en un retrato hablado

Las horas, los días, ojos y pasmo en un retrato hablado

Daniel Francisco/ Gaceta UNAM

Ciudad de México; 11 de septiembre de 2021.

A inicios de 2001 el valor de las acciones de las empresas puntocom seguía en descenso; la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos finalmente aprobaba la unión de AOL y Time Warner; StarMedia era la única empresa latinoamericana puntocom con resultados positivos; Windows 2000 reinaba en las aplicaciones integrales del incipiente Internet; en octubre de ese año aparecería el iPod; los ejecutivos utilizaban desde 1999 el RIM Blackberry 5820, un teléfono que era una especie de agenda digital y tenía su propio chat con otros usuarios del aparato, que se volvería popular entre gente adinerada.

2001. Visto a la distancia, parece una especie de prehistoria digital. Cinco años antes apenas había 10 millones de computadoras conectadas. Google tenía escasos tres años operando. Wikipedia nació justo ese año. No había WhatsApp. De verdad no, no había WhatsApp. Facebook se crearía casi tres años después. ¿Instagram? Nada, y mucho menos TikTok. No, no había YouTube, esto sucedió hasta 2005. Y no, tampoco había iPhone, el primero fue lanzado casi seis años después. Si eras periodista se enviaba información por el viejo correo (no se contaba con Gmail, había algo de Yahoo y Hotmail) o por teléfono. Sí, por teléfono fijo, y todavía por fax.

Y los corresponsales y enviados que cubrieron los atentados terroristas se enfrentaron a dificultades técnicas para transmitir su información, obstáculos que hoy parecen inverosímiles en plena era digital, cuando todo llega en segundos, incluidos fotos y videos.

(Los periodistas) teníamos en aquel entonces el monopolio y la preponderancia de la información que actualmente está perdida por completo”

El fotoperiodista Ulises Castellanos llegó a Nueva York una semana después de los atentados. En ese entonces trabajaba en la revista Proceso. Lo que se encontró fue un ambiente oscuro, de ciudadanos atemorizados, “el desastre de la zona cero y el ambiente en Manhattan de una ciudad devastada, con gente deprimida, locales cerrados, toda la zona sur empolvada, el polvo fino y espeso de las torres, todavía con un olor a carne quemada alrededor de la Zona Cero”.

Recuerda que en aquella época no había redes sociales, todo se vio por televisión y “recordamos las grandes ediciones especiales de las revistas Time, Newsweek, las portadas del New York Times, USA Today, porque aún los medios impresos eran relevantes. Alguno que otro neoyorquino todavía tomaba fotografías con cámara side shot, no estaba plenamente desarrollada la telefonía celular”.

Un colega, Ariel Moutsatsos, hoy corresponsal en Washington, trabajaba en aquellos momentos en la radio y “me contaba que él transmitía literalmente pegado a un teléfono de un Starbucks que estaba a unas cuadras de las Torres Gemelas”.

Añade que los periodistas “teníamos en aquel entonces el monopolio y la preponderancia de la información que actualmente está perdida por completo”.

Respecto a las dificultades técnicas refiere que “en ese momento usábamos negativos todavía, estábamos en la transición a la cámara digital, yo traía una cámara Nikon F4 y usamos negativo de color C41 que podías revelar en el clásico Kodak en una hora; luego esa tira de negativos la escaneabas y de ahí lo transmitías en un café Internet. Te podía llevar tres o cuatro horas todo el proceso, entre el revelado, la impresión y mandar unas ocho fotos; pero, por supuesto, era más rápido que ponerlo en DHL”.

Antes que miedo y antes que enojo…

Lo que César Romero, corresponsal de Univisión en Washington, vio en ese 2001 por las calles de North Capitol, a unas cuadras del Congreso de Estados Unidos, fue a la gente que iba saliendo, caminando, en los dos sentidos de la avenida, pasmada, un pasmo que duró varios días.

Recalca la palabra pasmo: “Antes que enojo, pasmo; antes que miedo, pasmo. El miedo vino después, se construyó de manera orgánica en las siguientes semanas”.

Muchos de sus colegas transmitieron por teléfono. El teléfono público costaba 35 centavos. No todos los medios tenían los recursos para contar con telefonía celular, “alguien en la redacción tomaba la llamada y en ese momento cualquier llamada te la iban a tomar porque era la noticia más grande de los últimos años”, concluyó.

Los ataques del 11 de septiembre de 2001 son el peor acto terrorista perpetrado hasta la fecha: 2 mil 977 personas murieron como resultado del evento:

265 pasajeros en los vuelos secuestrados, entre ellos los 19 secuestradores.

2,606 personas por la caída de las Torres Gemelas y el edificio 7 del WTC y sus áreas aledañas.

125 cayeron en el Pentágono.

344 bomberos, así como 71 policías o agentes de la ley.

Cerca de 2,562 civiles, entre ellos 15 mexicanos.

2,600 eran ciudadanos estadunidenses, los demás eran de otra nacionalidad.

Sólo el 11 de septiembre hubo más de 6 mil heridos.

A 20 años

La mañana del martes 11 de septiembre de 2001 cuatro aviones comerciales fueron secuestrados y convertidos en misiles por miembros del grupo yihadista Al Qaeda. Con ellos, perpetraron los mayores ataques terroristas sufridos por Estados Unidos en lo que va de su historia.

Dos de ellos fueron estrellados contra las Torres Gemelas de Nueva York; otro fue impactado contra la fachada oeste del Pentágono, sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos en Virginia, y uno más, cuyo objetivo era el Capitolio, sede de las dos cámaras del Congreso, en Washington D.C., cayó en un campo de Pensilvania, luego de que sus pasajeros intentaron someter a los terroristas.

A 20 años de aquel suceso que cimbró y cambió al mundo entero, José Luis Valdés Ugalde, investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN), afirma:

“El 11-S significó, en primer lugar, la fractura de la arquitectura del sistema internacional, que encabeza la Organización de las Naciones Unidas y que tiene en Estados Unidos uno de sus puntales más importantes. Asimismo, fue un atentado contra los actores de desarrollo y de identidad civilizatoria estadunidenses –los establishment financiero, militar y político, representados por las Torres Gemelas, el Pentágono y el Capitolio, respectivamente– y una embestida contra la seguridad de la sociedad del vecino país del norte.”

En opinión de Valdés Ugalde, si los estadunidenses tenían la creencia de que vivían en un espacio seguro, en el que tanto a nivel público como a nivel privado podían poner en práctica todos sus derechos y desarrollar todas sus capacidades sin ningún obstáculo, dicha creencia se vino abajo esa mañana del 11 de septiembre de 2001.

“Con el derrumbe de la Torres Gemelas, la estabilidad psicológica y emocional de los habitantes de Estados Unidos también se derrumbó. Ese día, aquella sociedad en su conjunto sufrió un shock cultural, político, psicológico y emocional muy fuerte. A partir de entonces ya no se sintió protegida”, agrega.

Seguridización, desconfianza y fobia

A consecuencia de los ataques del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos y sus aliados de occidente establecieron de inmediato ciertos mecanismos para reforzar su respectiva seguridad nacional. “Fue así como se instauró la seguridización de las relaciones internacionales, comerciales, fronterizas…, es decir, de prácticamente todas las interacciones sociales. El mundo se concibió a sí mismo de otra forma. La desconfianza en el otro permeó cualquier tipo de comunicación y trato”, apunta Valdés.

Por otro lado, los habitantes de las grandes urbes, sobre todo, quedaron sometidos a una suerte de terror latente por lo que pudieran hacer los grupos terroristas islámicos. Y, por desgracia, se concretaría el 11 de marzo de 2004 en Madrid, España, y el 7 de julio de 2005 en Londres, Inglaterra, con la ejecución de otros atentados yihadistas.

Un efecto más del 11/9 fue la islamofobia que surgió en Estados Unidos y que estuvo vigente con mayor fuerza hasta el 20 de enero de 2009, cuando el mandato del presidente George W. Bush llegó a su fin.

“Esta islamofobia se infiltró, a partir del discurso antiislámico de Bush, en los sectores más influyentes del establishment político estadunidense. Ahora bien, hay que dejar muy claro que el islamismo no es sinónimo de terrorismo. Los ataques del 11-S fueron resultado de una acción del yihadismo radical, que ciertamente es islámico, pero que representa sólo a una minoría de los integrantes del mundo musulmán”, indica Valdés Ugalde.

Para aminorar los efectos de esta islamofobia y sentar las bases de un reencuentro con el mundo musulmán, el cual es clave para la seguridad internacional, el 4 de junio de 2009, el presidente Barack Obama pronunció en Egipto lo que se conoce como el discurso de El Cairo.

“De algún modo, Obama logró su cometido con él. Los actores internacionales le dieron la bienvenida a esta posición conciliadora de Estados Unidos y la islamofobia se atenuó. Sin embargo, con la llegada al poder de Donald Trump en 2017, las medidas antiislámicas volvieron a intensificarse, especialmente en relación con la entrada de inmigrantes musulmanes en territorio estadunidense. Esto de nuevo estiró la liga. Los países occidentales tienen esta asignatura pendiente, que incluye asumir una actitud humanitaria ante los sectores de población árabe que son marginados, discriminados e incluso victimizados brutalmente en las naciones donde los yihadistas han perpetrado atentados terroristas.”

En conclusión, los ataques del 11 de septiembre de 2001 no sólo dejaron un saldo de poco menos de tres mil muertos y más de 25 mil heridos (muchos de ellos con heridas físicas y emocionales permanentes), sino también aterrorizaron y sumieron en la incertidumbre a gran parte de la humanidad.

Además, en 20 años Estados Unidos gastó 2 billones 313 millones de dólares como resultado de la guerra contra Afganistán y su ocupación, la cual terminó oficialmente el 31 de agosto de 2021.

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