Miguel Alvarado
Toluca, México; 3 de mayo de 2021.
Hoy se cumplieron tres días del inicio de las campañas para alcaldes y diputados locales. Lo más destacado hasta ahora es que la gran mayoría de los candidatos se ha volcado a las calles para tomarse fotos que muestran su lado más humano, aunque éste sea artificioso y preparado con antelación.
Una candidata alimentando pollos y rescatando perros quiere dar a conocer que su buen corazón alcanza hasta para convertir sus sentimientos en situaciones administrativas. Si alguien trata así a cualquier animal entonces asegura que a los ciudadanos los tratará como personas que necesitan ayuda de su autoridad.
Otro candidato muestra su día a día. Pide consejos para ir a cenar al mejor lugar con la condición de que sea de corte popular. Uno más estrecha las manos y acaricia las caras de los niños, a quienes entrega folletitos con las propuestas de campaña. Otra recorre su distrito a largas zancadas y observa el campo a lo lejos, com una visión sugestiva y por qué no, incluyente.
No es peor que en otros estados, como el caso de Guerrero, en donde un hombre acusado de violación entrega la candidatura a su hija, para intentar gobernar desde ella.
La caricaturización de los procesos electorales también incluye a quienes perdieron y ahora protestan la derrota, como si no supieran que la corrupción política comienza justamente en los procesos internos de los partidos.
Pero estas caricaturas no dan risa. Al contrario, han perpetuado una de las formas más primitivas de buscar ser elegidos. Los procesos electorales en México se han caracterizado por eso, por la profunda crisis que reflejan. Una serie de discursos dirigidos a nadie y que tiene en su contenido palabras como “progreso”, “desarrollo”, “pandemia”, “economía”, “futuro”, “comunidad”, “oportunidad” y otras similares se repiten en todas esas reuniones que en realidad tienen como objetivo comprometer a alguien, a grupos políticos y sociales para que se vote por alguien a cambio de que quizá pueda retribuirse.
Nada ha cambiado. La tambora atruena en las calles mientras sigue a los aspirantes y el vocero grita que habrá que recuperar al país. O mientras el vocero grita que no hay que dejárselo arrebatar.
Las estampas de este tipo no terminan.
Un candidato cenando tacos mientras les pone una salsa muy mexicana. Una candidata probándose huaraches porque la conectan al nivel del piso. Un candidato repartiendo dinero a reporteros, después del mitin, para que publique en su medio alguna mención. Una candidata diciéndoles a los presentes que México se va a convertir en Venezuela o en Corea del Norte.
Una familia, volviendo a su casa a pie, ubicada a cinco kilómetros de distancia, cargando las banderas del partido que los llevó, representa el otro lado de la torta y el refresco, del significado de las palabras que han escuchado y que al final entienden que son solamente eso, palabras para una campaña política.



