Miguel Alvarado
Toluca, México; 3 de abril de 2021.
A veces Dios no está porque solamente es una idea o en algún momento eso parece y nada más, nada más. Parece que “hay golpes en la vida tan fuertes… golpes como del odio de Dios”, como lo escribe un poeta llamado César Vallejo, para quien todos los heraldos eran negros.
Pero esta Semana Santa no hay azotes o caídas. Tampoco está la historia del juicio, de los lavados de pies ni los reclamos agónicos de quien ha sido crucificado para que otros se salven porque es el tiempo del coronavirus, de la infección a la que nadie le teme hasta que la contrae. Y es que mirado así, a uno quizá le gustaría saber de qué habrá sido salvado. No, mejor no saber, mejor dejar pasar la procesión de soldados romanos que lleva a tres prisioneros hacia su destino, como sucedió antes de que llegara la pandemia.

La vía por la que transitan es del tamaño de un látigo, del ancho de una espada. En medio de la calle restalla el castigo y por tercera vez el que la hace de Cristo se desploma. Lleva su cruz y de ella se desprende el polvo de la madera recién lijada.
En la esquina el Cristo no puede levantarse y la súplica de ayuda es escuchada por un niño que muerde una paleta. El corazón helado de ese dulce se le escurre por los dedos y le pinta la boca de rojo, como si una grosella palpitante le espinara la boca y se tratara de un ritual, un sacrificio que cuesta 12 pesos envuelto en una bolsa de plástico.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
– ¿Qué le pasa a diosito?- le dice el niño a la mamá, que asiste sonriendo a la vía dolorosa en las que se han convertido las calles de Metepec , en el Estado de México. Su risa se ensancha más cuando el látigo del romano restalla en el aire, muy cerca del rostro de Jesús, del actor que lo representa.
-No le pasa nada, es que al rato lo van a crucificar allá en el monte- le dice la madre, comiéndose su propia paleta, empalagada en los bigotes y en la barbilla. Lleva en sus manos el olor de la carne y carga una olla de la que sale un vapor que sabe a frijoles, que le llega a todos los que están, que descoloca al Jesús tirado porque de verdad ha volteado a verlos, a las paletas, al niño y la madre y a la olla envuelta en vaho.
Pero antes de que pase algo, otro latigazo le da en el rostro y esta vez Jesús se retuerce y estira una mano como súplica. Ya no se sabe si actúa o esta vez necesita de algún auxilio.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Así se estiraba la madre del niño cuando le entregaron su cuerpo, allá en el sur, muy lejos, muy lejos de aquí, allá en el sur cuando fue obligada a hacer una rueda en un claro de la montaña, a las afueras de su pueblo, que se llamaba El Porvenir. Ahí en el centro de esa rueda estaban los Arreola, que eran don Chano y Andrés, acompañados de Juan Espina, de quienes decían que eran narcos y sicarios y estaban sacando a las gentes de sus casas para que se fueran para otro lado porque ellos usarían las tierras. Pero en El Porvenir los pobladores no les hacían caso porque a dónde se iban si no era a la misma chingada. Las amenazas y quedarse eran lo mismo para ellos, que apenas tenían un techo de ramas. Las amenazas y los disparos al aire eran lo mismo hasta que los Arreola atraparon a un niño y sacaron a las mujeres de las casas y los tendajones y las obligaron a estarse ahí para que vieran cuál era la diferencia entre largarse y no.
Entonces don Chano Arreola agarró su cuchillo, que no era un cuchillo sino un machete, que hizo girar en aquel espacio espantoso que a veces es la montaña, mientras con la otra mano apresaba con el filo de sus garras al niño, de unos 8 o 10 años.
Las mujeres soltaron el grito que no habían querido dar cuando las mandaron llamar y se cubrieron los ojos. Para entonces el niño ya estaba en el suelo y la mano enmachetada de don Chano calaba la distancia, la fuerza que aquel brazo tenía. Y cuando estuvo seguro, más seguro, porque siempre supo lo que iba a hacer, le dejó caer el acero en el pecho. El cuerpo pequeño se estremeció porque el corazón se le había partido y por el agujero feroz comenzó a latir la sangre hacia la tierra.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Entonces Don Chano se agachó y hurgó con su mano sucia, con su garra filosa, y tras un segundos volvió a levantarse con el corazón en el puño, que lo mostraba caliente y rojo. Y después les dijo lo que siempre dicen cuando están desplazando a las gentes. Que se fueran cuanto antes porque si esto le hacían a un niño entonces qué se esperaban que les hicieran a ellos.
Después los Arreola se fueron por donde habían llegado, se fueron hacia donde estaban los soldados, que habían mirado todo de lejos y se los llevaron escoltados hasta perderse de vista. Los verdes regresaron poco después a El Porvenir para constatar que los habitantes fueran recogiendo su cosas y se largaran, con los corazones rotos.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Eso pasó el 16 de junio de 2016, en Ajuchitlán, en un lugar que se llama Guerrero.
Fernando Óscar Martín, el fotógrafo que ha retratado la representación de la crucifixión en Metepec, ha dicho que pareciera que los mexicanos -no todos, no siempre, aunque parece que siempre y que todos- tienen metida en la sangre la violencia extrema, que además disfrutan y practican como si fuera un deporte.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
La representación del cristo es eso, pura violencia, pero no hacerla no mejorará en nada el enorme agujero, la fosa terrible que es el país. Es una ficción aunque ésta se escurre en la paleta de grosella del niño, en el manto desgarrado del Jesús, que ahora es jalado con las cuerdas de sus captores, regocijados porque ven dolor. Los romanos formados como soldados en la fila de los guardias aguardan expectantes. Ellos tienen órdenes de matar si Jesús se escapa. Pero en la imagen que captura Fernando Óscar Martín los soldados están espantados porque comparten el sufrimiento con el cristo. Una mala pasada los ha colocado en ese lugar.
La muerte por crucifixión es un práctica a la altura de los desollados, de los quemados vivos, de los mutilados de las piernas que abandonan en la sierra de Nanchititla, en la tierra narca del sur mexiquense para que salgan como puedan, antes de que se desangren y se los coman los zopilotes. La crucifixión se parece a un día en la vida de un desempleado que no tiene acceso a servicios públicos y que debe mantener a su familia. Se parece también al migrante que llega a los cruceros de Toluca para vender aguas o chicles. Y se parece al muerto que se encuentra en las calles y los campos y no tiene identidad y así tiene que vivir su muerte anónima hasta que se pudre o alguien muy desafortunado lo reconoce.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.
Por eso, mirando sin querer a aquel que se arrastra estirando las manos, uno se pregunta de qué nos habrá salvado su muerte horrible, colgado de brazos y piernas por los clavos que luego dijeron que eran santos. “Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”, dice el poeta Vallejo en el poema de Los Heraldos Negros.
La verdad es que perdemos el tiempo matándonos, mordiendo apresurados una paleta de sangre que parece de grosella.












