Antonio Reyes Pompeyo
Toluca, México; 11 de marzo de 2021.
La ciudad es una jungla.
Hurgando en la maraña de recuerdos, escarbando con los ojos en esos lugares imperceptibles, diminutos en la memoria y en la psique para contestar por el ser de uno mismo, por el ser que somos o que decimos ser, al que nos aferramos: soy una persona libre, dice Dari y le adereza etiquetas a la sustancia: mujer, madre, cabeza de familia y una persona con metas.
Me cuenta que hace años, cuando la conocí en su adolescencia, ella arrastraba un lado oscuro, dark, rebelde, sombrío y solitario, un personaje que escribía cuentos cortos, una novela inconclusa y fanfics que el tiempo ha dejado o deshecho en otros sitios. La adultez nos sorprende y nos revuelve los deseos, las pasiones y la vocación.
La adultez la ha llevado a vivir en una jungla en la que ella interpreta el papel del lobo solitario, alerta, al tiro; un animal que lee el espacio, las calles, los gestos, el tiempo. Un lobo que no caza, un lobo que protege a su manada y se cansa en esa permanente vigilia nocturna. Cansa más la alerta que la chinga diaria.
A veces la paranoia, la cizca de no saber lo que sigue, de estar pendiente siempre de que no sean los cabrones en multitud, manadas que la jungla ofrece y a los que hay que marcar límites; manadas de lidia que pueden comprender o pueden agredir. Pero Dari se planta firme, ser morra no le hace más vulnerable y revela una red de apoyo que se atiende y se monitorea. Es solidaria con cualquiera de su gremio, hombres y mujeres le causan el mismo respeto, la misma solidaridad. Todos están en la misma.
Todos los caminos, en algún momento, se conectan.
La vida tiene protocolos, esa sobada nueva normalidad le ha dejado bien claro cuáles son los que debe seguir para seguir aquí; otros vocablos llegan, nuevas nociones y, en ella, la mentalidad clara de que va a estar bien, de que debe estar bien. La ansiedad de pensar dónde estuvo el que se sube, de escucharlo toser, de saber que hay que ventilarse, rociarse aerosol, lavarse. Lo mismo con las manos que con el alma.
Y así seguir y meterse a las distintas personalidades que tiene la ciudad, las inhóspitas terracerías, las zonas tediosas, las que ofrecen fluidez o las que dejan respirar y aquí se asoma ese lobo solitario que es Darinka, el que se contenta con apartarse a la naturaleza y disfrutar la vista desde arriba, hacia el valle y mira los viejos cascos de las viejas haciendas.
¿La ciudad nos pertenece?
La ciudad es fría para cualquiera que la enfrenta; Toluca no se ofrece a la primera. En el corazón toluqueño quizá habita una porción de nuestro volcán, pero ella reconoce la generosa y espontánea comunidad de la que es capaz la raza de acá; toma tiempo ser parte del club, pero una vez dentro ya no hay salida.
Dari se observa y no se desprende de su actividad cuando le pregunto si la ciudad le pertenece, se mira, insisto, y la libertad que le da moverse en ella, conocerla, le hace pensar que esta es suya, ella la hizo suya, la hizo su hogar.
En lo colectivo, con la pregunta que da origen a este terco proyecto de pensar la ciudad desde sus habitantes, Darinka lo tiene muy claro: los humanos llegamos a donde sea y nos apropiamos del territorio, así sea un baldío o un nuevo continente; no hay forma de hacerlo distinto, la ciudad nos pertenece.
Aquí la entrevista: https://youtu.be/4p6T3a0crzc



