30 abril, 2026

El zócalo cercado

El zócalo cercado

Para Karen, Brenda, Silvia, Irene y Stella.

Miguel Alvarado

Ciudad de México; 9 de marzo de 2021.

¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos, que planta cadáveres? En una de las paredes de la calle Cinco de Mayo, a una cuadra del Zócalo de la Ciudad de México, un cartel sostenido quién sabe cómo, eso dice. Quienes pasan se le quedan viendo, algunas lo pintarrajean y otras se voltean a ver a quienes caminan con ellas. Hoy, del 8M2021 quedan los edificios pintados, las calles marcadas por el paso del gozo y la rabia, también el miedo y la frustración. Por la mañana, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador se apuntó otro punto en contra cuando dijo que las vallas funcionaron, que detuvieron a las mujeres que llevaban martillos y hasta sopletes.

El presidente estaba muy contento y hasta eufórico, y no cayó en la cuenta -porque siempre es así con él, se da cuenta hasta que ya es demasiado tarde o de plano nunca le cae el veinte- del dislate que decía. Al mismo tiempo, en Guerrero, la nueva candidatura de Félix Salgado Macedonio para la gubernatura, es la respuesta de la Federación a quienes le llaman Primer Macho de México a López Obrador. Salgado Macedonio es además el hombre que le abrió las puertas de Acapulco a los Beltrán Leyva en 2006 y está acusado de violación. Macedonio es la respuesta de Morena y de la Federación para los 10 feminicidios diarios que se cometen en México desde el primero de enero de 2021, sólo por considerar las estadísticas de este año.

Pero el presidente estaba muy risueño porque el palacio nacional donde vive con su familia no fue tocado por nadie. También felicitó a las policías, que aguantaron como los machos la embestida de las manifestantes. Al presidente se le olvidó decir que en las filas de esas abnegadas defensoras de la Federación se habían colado hombres para reforzar aquella muralla humana que, es cierto, resistió todo aunque no sin meter las manos.

El amedrentamiento comenzaba desde antes, desde que los grupos se iban formando a las entradas del Metro, o en las esquinas, como dice públicamente el fotoperiodista Josué Pérez: “El día de hoy el presidente Andrés Manuel López Obrador menciona que ayer no se respondieron agresiones a manifestantes, ello es mentira; ayer se detuvieron momentáneamente a periodistas mujeres en metro Hidalgo, la policía usó gas lacrimógeno, gas de extinguidores, petardos que salían atrás de la valla, rocas y al parecer balas de goma. Nos guste o no, todos somos libres de manifestarnos de la manera que creamos sea la mejor, es verdad que no es posible contener tantas agresiones de las policías y manifestaciones, pero no significa que se deba mentir sobre la situación de ayer. Es el mismo gobierno que los anteriores, viven en esa fantasía propia que sólo el presidente ve y quiere hacer ver […]”.

Una fotografía de Brenda Cano, fundadora de VCV Noticias, dice un montón de cosas sin una sola palabra. Una muñeca sola, sentada enfrente de la valla y con un letrero frente a ella en el que apenas se alcanza a leer “Quiero ser tan libre”, parece aguardar a que alguna puerta en esa valla simbólica pueda abrirse. La muñeca lleva un suéter amarillo y su bufanda morada, como miles que salieron ayer. Detrás de ella, el muro revienta los nombres de otras tantas miles que alguna vez salieron y no regresaron a sus casas. O de miles que no necesitaron salir de sus casas para morir: Hortensia, Eudosia, María de Jesús, Kenia Berenice, Guadalupe, Minerva, María, Cintia, Laura, Mireya, Dulce, Angélica, Nallelly, Sandra, Rosa, Diana, Verónica, Luz, Vicenta, Teresa, Araceli, Jennifer, Flor, Lizbeth, Leonora, Ana, Karen, Antonia, Lucina, Nefertiti, Catalina.

– Andábamos cerca de la valla esa, ya casi en la noche, y me acerqué a buscar algo en el piso, ya no había mujeres ahí pero sí policías detrás, y me dio un asco y horror escucharlos hablarme con un “pssst, ahh, chinita preciosa” y me hacían con la mano así para que me acercara. Con qué cara quieren que los veamos, qué confianza vamos a tener en nuestros policías. Me dan asco los puercos”, dice Cano después de asistir al zócalo.


Entonces llegaron las flores. Eran las dos de la tarde y atrás de los muros de hierro los soldados guardaban las puertas sacras de la nación.

Acá, a pie de calle, miles se hincaron para colocar un ramo como ofrenda para las ejecutadas por un régimen que no tiene que ver con un partido político sino con un sistema, del cual es parte la Cuarta Transformación del presidente Andrés Manuel López Obrador. A las dos de la tarde las flores llegaban mientras algunas se afanaban en terminar de pintar las cruces rosas que regresaban a la vida de alguna forma a Gabriela, a Ernestina, a Marcelina, a Brenda, a Corina, a Sonia, a Sofía, Jacqueline, a Sandra, a Guadalupe, a Silvia, a Cristina, a Rosalía, a Lourdes, a Aurora, a Alejandra.

Después, más noche, se proyectaron sobre ese palacio nacional tan querido y custodiado por los administradores del poder, algunos letreros luminosos. México feminicida, por ejemplo, que apenas describe al país y a su gobierno, que es todo a la vez: omiso, represor y tonto. A la muñeca, sentada ahí sola, nadie la toca y no necesita ser valiente porque no le ha pasado nada, Nadie se la ha llevado, nadie la pateó, nadie le quitó la ropa, nadie se acercó a ella.

El 7 de enero de 2021 a las dos de la tarde los muros eran una cosa negra manchada de blanco y un letrero enorme enmarcaba aquel enorme cuaderno en el que se convirtió la protección de hierro del palacio nacional ordenada por López Obrador. Muy pocos se daban la vuelta por ahí, pero aunque no muchos, salían estupefactos ante la cantidad de los nombres y la apariencia de castillo de Kafka que aquel edificio vetusto había adquirido. Ahí ha estado lo peor de lo peor: Peña, Calderón, Fox, Zedillo, Salinas, De la Madrid, por mencionar a los últimos presidentes, han dejado su impronta, su huella imborrable en ese lugar. Sus decisiones y su corrupción han afectado para siempre a los mexicanos, que han visto cómo los asesinan, los roban, los masacran, los destazan, los desaparecen y los niegan. Por eso, las murallas de unos mil metros de largo no alcanzaron para tantas y tantas. Muchas pintaban, muchas donaban las flores que pretendían convertir aquello en una pared florecida, enramada, morada sobre todo. Las violetas, entonces colgaban de las rejillas y las estructuras de esa pared. No había manera de no fijarse que al paso de las horas el muro sería cubierto y que al paso del día el muro, o una parte sería derribado, superado.

Gringos perdidos observaban asombrados la llegada de las flores y no atinaban a entender.

-Ojalá que no haya problemas- dijo uno.

-Ojalá que sí los haya- le respondió Stella Cuéllar, una editora que si de algo sabe es de malos tratos y sobrevivencia, mientras caminaba también en esa periferia que ya comenzaba a asfixiar 

Y eso pasó. Al otro día el embate de gozo y rabia se dejó sentir sobre el muro y algunas de sus partes fueron destrozadas o escaladas por jóvenes vestidas de negro, encapuchadas todas y protegidas con sus cubrebocas, sus paliacates. Otras lo pintaron del cielo al suelo, escupieron y arrancaron algunas de sus palcas. Detrás de los muros estaba la fuerza policiaca femenina, reforzada, ya se dijo, por los hombres en servicio. Luego dijeron que eran infiltrados y que estaban ahí por órdenes superiores, que estaban ahí para disuadir, insultar y amedrentar.

Un día antes, una niña de dos años acompañada por su padre, ponía flores en una de las esquinas de la muralla. Sin decir nada, la niña de blanco las puso una por una mientras el padre las iba acomodando para que no se cayeran. De todas maneras muchas ramitas fueron a dar al piso. Cuando se fueron, otras manos se encargaron de poner de nuevo esas ramitas, que para los presentes representaban la grieta practicada por una niña por donde ya podía verse el palacio.

Eso, y las flores moradas papel que hicieron las mujeres sentadas en un círculo, en la explanada del zócalo cercado.

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