Karen Colín: diseño. Miguel Alvarado: texto.

Ciudad de México; 30 de noviembre de 2022

Al equipo mexicano le alcanzó lo que es para derrotar a Arabia, pero eso mismo que es le impidió seguir en el Mundial de Qatar. Hoy en el estadio de Lusail todo pintaba para redondear una tragedia que comenzó apenas el argentino Gerardo Martino se hizo cargo de las estrategias del seleccionado, el 7 de enero de 2019. Una victoria en las profundidades del futbol por las que se arrastra el equipo nacional confirma que México hasta ganando pierde.

Y miren que el partido comenzó bien porque el espejismo que fueron Henry Martin, Alexis Vega y el Chucky Lozano no desperdiciaron ni un solo minuto del espacio-tiempo árabe que cubrió como la sombra de un camello el césped casi digitalizado de aquel estadio que rechiflaba todo a los mexicanos. Habrá que apuntar que al equipo no lo dejaron fuera los goles de Messi y del Enzo Fernández, sino en principio la tarjeta amarilla que se llevó Edson Álvarez a los 16 minutos, un jugador del legendario Ajax de Holanda que fue pesando conforme se acercaba el final. Una eliminación por acumulación de tarjetas habría sido el colmo, pero por suerte un gol árabe decidió todo por la diferencia de anotaciones.

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La verdad es que nadie daba un camello por que la selección mexicana le ganara a Arabia, un país cuya tradición futbolera se remonta a la década de los treintas y que apenas en 1977 comenzó a participar en eliminatorias mundialistas. En la Copa del Mundo de Qatar, el equipo árabe ha asombrado al mundillo del balompié porque ha derrotado a la Argentina de Lionel Messi. Pero algo le pasó contra México.

Ese equipo disciplinado y duro que marcó con fiereza y diligencia a los argentinos esta vez no pudo detener la mordedura inicial de los delanteros mexicanos, cuyos desbordes por los extremos semejaban el latigazo de una serpiente. Los árabes se replegaron y el arquero Mohammed Al Owais resintió tanto la inseguridad de la zaga que él mismo comenzó a pifiar, a soltar los rapidísimos balones que pateaban los mexicanos.

Pasadas ya las competencias de marchas que protagonizaron el presidente Andrés Manuel López Obrador y sus queridos adversarios, otra vez la atención del país estaba centrada en el futbol. Esa es una condición innegablemente ligada a la Copa del Mundo y funciona sobre todo en países de América Latina. El futbol en Argentina tiene hasta una iglesia, la Maradoniana, que en broma pero en serio proclama que su Diego Armando es D10S y desde el cielo, balón en mano, cuida a su equipo y aficionados. México contra Arabia y Argentina contra Polonia cerraban las actividades del Grupo C y definían a los dos ganadores.

Nadie sabe cuándo pasó que en el futbol habría que temerle a Arabia Saudita ni cuándo un camello ha llegado a costar hasta mil 400 dólares.

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El entrenador de México ha sido duramente criticado por no alinear a un centro delantero en el partido anterior, en el que México perdió precisamente con Argentina. El equipo verde jugó a no perder y lo hizo muy bien hasta que Messi disparó contra el arco de Guillermo Ochoa. Martino no había elaborado un Plan B y todo giraba en torno a la idea de no perder, una estrategia que a muy pocos les funciona en un Mundial.

A quien sí le resultaba efectiva era a Italia, sobre todo a la selección que compitió en la Copa de España, en 1982, que en segunda ronda batió a la Argentina de Kempes y Maradona; al Brasil de Zico y Falcao; a la Polonia de Boniek y Lato y a la Alemania Federal de Rummenigge y Schumacher. La diferencia entre esa Italia ultradefensiva y este México que no aguanta los partidos completos es que en aquella jugaba Paolo Rossi y en esta apenas se rozó el palo contrario.

Ahora sí, a las 10:53 en casi todos los centros de trabajo ya se han organizado para detener labores por dos horas, desde la una de la tarde. En universidades como la UNAM se han abierto los auditorios y se proyectará el partido. En Toluca, en la friolenta ciudad que no aportó ningún seleccionado para este Mundial, las pantallas gigantes de la Plaza Fray Andrés de Castro calientan motores, aunque a la hora buena fallarán y el respetable y conocedor aficionado se perderá los primeros minutos del partido mientras entona una rechifla sonora en la que van mezcladas candorosas mentadas de madre. Nadie creyó nunca que, si no fuera por petróleo, Arabia sería tema de importancia nacional, lo cual también es una mentira redonda que la afición está muy dispuesta a creer.

Hoy, el astro Messi, la Pulga atómica, el imparable crack erró un penalty contra Polonia. Si lo hubiera acertado, en este momento se escribiría del milagro mexicano, que avanzaba a la siguiente fase, y del fracaso de Polonia y su inútil Lewandosky.

Pero no, señores. Messi ha dejado fuera del Mundial a México. Lo hizo dos veces. Primero anotando. Después fallando casi poéticamente.

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Quién sabe qué extraña, qué arraigada sensación de muerte y vida se presiente cuando juega el equipo mexicano en una Copa del Mundo. Se trata del resultado de habernos creído que el equipo es un símbolo de importancia capital, aunque en realidad representa algo que no tiene que ver con nosotros, los ciudadanos que nos repetimos una y otra vez en nuestras características físicas y económicas, a los que nos arrebatan las mismas cosas y que no valemos nada ante la justicia. Esos mexicanos en serie que somos queremos vivir en películas de Marvel porque ahí todos los mitos y la historia íntegra pueden ser refundados con la pasmosa facilidad de un guion y un diseñador de efectos especiales.

Acá, en la realidad de a deveras, ya es suficiente éxito saber que estamos vivos en un país donde viven 300 mil asesinados y hay 300 mil desaparecidos. Una película de moda llamada Bardo tiene una escena que intenta representar esas ausencias cuando filma cuerpos tirados en el centro de la Ciudad de México. Los peatones van por las aceras y de pronto caen porque representan las extensiones de quienes han sido ultimados o no se sabe dónde están.

Esa ausencia que nos arrastra a todos ocupa todo el Zócalo y las calles aledañas. Las marchas realizadas los días anteriores representan eso. Trescientos mil desaparecidos y 300 mil muertos suman más de la mitad del millón que juntó el presidente el 27 de noviembre, sumados a los 300 mil que quizá tuvo la convocatoria de sus rivales. Por eso, siempre es mejor ver un partido del Mundial comiendo una hamburguesa, o un perrito caliente callejero.

Nadie debería lamentarse por el futbol.

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El árbitro inglés Michael Oliver marca una falta cerca del área de Arabia. Una vez más, las cámaras de la FIFA toman el rostro aniñado y empapado en sudor de Luis Chávez, que tiene 26 años y juega en el Pachuca mexicano. Hay otros jugadores que como él parecen casi adolescentes, aunque esta idea se expresa desde el derrumbe que significa tener más de 50 años. Para ser un héroe del futbol primero se necesita ser joven y después osado. Y si se puede, quedarse joven para siempre como Duncan Edwards, que murió a causa de las heridas de un avionazo en el aeropuerto de Munich, en 1958, junto con 23 personas más, entre ellos siete jugadores del Manchester United.

Estar joven como Luis, que parece no temerle a nada.

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Es el minuto 51. Es el segundo tiempo y para entonces México ya gana uno a cero porque Henry Martin, un potente centro-delantero que se gana la vida en el entorno siempre opaco del América, ha rematado a bocajarro contra el inseguro meta Al Owais. Ése era el uno a cero, a los 47 minutos del segundo tiempo y sembraba en México la engañosa semilla de la esperanza.

Ahora, como se ha dicho, es el minuto 51 y los mexicanos juegan desatados, aceleradísimos pero acertados porque se han dado cuenta de que es posible meter más goles. Necesitan tres por lo menos y esperar al resultado entre Argentina y Polonia, que juegan de manera simultánea.

Toma la bola Luis Chávez y se apropia del derecho a cobrar esa falta. Espera paciente a que la barrera árabe se forme y a que el árbitro indique que se puede tirar. Entonces toma vuelo, no mucho, quizá dos pasos. Se nota que no le pide nada a Dios porque está convencido que Dios o la idea de Dios no tiene nacionalidad y seguramente le daría lo mismo el Mundial de Qatar. No es momento de ponerse religioso sino de tirar como lo hacía Michel Platiní.

Ya se han repetido hasta el hartazgo palabras como “alegría”, “esperanza”, “heroico”, tiempo suficiente y el sempiterno “¡vamos muchachos!” que el comentarista Enrique Bermúdez riega con la asiduidad propia de un buen político antes de que Luis Chávez se acerque a la pelota con dos pasos precisos y poderosos. Es zurdo y con esa pierna dispara. Cuando el balón se incrusta puede escucharse claramente el golpe en la red y ciertamente hay un lapso de estupefacción porque un gol así de perfecto solamente lo ha conseguido Manuel Negrete han pasado eones desde entonces. Ahora sí, las palabras “alegría”, “esperanza” y “hay tiempo” quieren decir otra cosa, algo así como el pálpito de un corazón, el rugido del mar y el viento en popa.

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Pasaron los minutos y nadie sabe cómo es que 45 minutos pueden ser tan mal aprovechados por quienes ven un partido. Conforme se acerca el final, la afición se desespera y algunos, que ya saben que los milagros no nos suceden a nosotros porque quizá los argentinos tienen razón y Dios nació en ese país, y algunos decimos, comienzan a llorar. No lo harán si se quedan sin trabajo ni tampoco cuando se leen noticias de feminicidios o levantados y la verdad es que no tendrían que hacerlo. Acostumbrados algunos a medir las cosas y los hechos, creemos que lo importante para unos debe serlo para los demás. Quisiéramos creer que el futbol es una cosa y los asesinatos otra, pero no es así, pues hay una trama oculta que en algún momento se encargará de conectar acciones y cosa, nombres y apellidos, santos y señas, goles anotados y goles fallados. Ausentes, abandonados.

Antes de que el partido termine Arabia anotará su gol y dejará más que claro que para el equipo mexicano no hay mañana pero tampoco una hora siguiente. Un minuto después el árbitro pita puntual, flemáticamente, el final y los mexicanos se derrumban. Uno de los primeros en romper en llanto es Luis Chávez, a quien sus compañeros consuelan con abrazos de trapo y palabras que le retumban como un metal. Más adelante se sabrá que su destino será Alemania si se confirma la noticia de que el Bayer Lervekusen ha hecho una oferta por él.

El técnico Martino ha dicho adiós antes de que el Mundial comenzara y ahora sabe lo que es trabajar en uno de los futboles más amafiados del mundo, que ha cancelado lo deportivo para favorecer las ganancias de clubes, dueños, televisoras y promotores. Se trata del fin de Guillermo Ochoa y de Andrés Guardado, por ejemplo, y del centro delantero Rogelio Funes Mori, que se nacionalizó como mexicano nada más para correr once minutos detrás de los árabes. A estas horas la selección se ha desintegrado y cada quién deberá resignarse como mejor pueda.

Si fuéramos ellos, dejaríamos de ver el Mundial pero también encabezaríamos una revuelta para exigir la refundación del futbol mexicano y reclamar a los responsables de 90 años de fracasos que den un paso al lado. Pero eso no pasará porque no pasará.

Veintiséis futbolistas derrotados pero millonarios harán las maletas y volverán a sus casas, a sus clubes. El resto de los mexicanos deberá regresar a trabajar y completar su jornada diaria.

Para México, no habrá más futbol, por lo menos hasta mañana, cuando ahora se apoye a Brasil, a Argentina o a Portugal.

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Un poema del argentino Walter Saavedra vale más que mil análisis:

Cómo vas a saber lo que es el amor si nunca te hiciste hincha de un club.

Cómo vas a saber lo que es el dolor si jamás un zaguero te azotó la tibia y el peroné.

Cómo vas a saber lo que es el placer si nunca ganaste un clásico barrio contra barrio.

Cómo vas a saber lo que es llorar si jamás perdiste un partido sobre la hora.

Cómo vas a saber lo que es la solidaridad si nunca saliste a dar la cara por un compañero golpeado de atrás.

Cómo vas a saber lo que es la poesía si jamás tiraste una gambeta.

Cómo vas a saber lo que es la humillación si nunca te hicieron un caño.

Cómo vas a saber lo que es la amistad si nunca devolviste una pared.

Cómo vas a saber lo que es un orgasmo si nunca diste una vuelta olímpica de visitante.

Cómo vas a saber lo que es la izquierda si nunca jugaste en equipo.

Cómo vas a saber lo que es la xenofobia si en ninguna cancha te gritaron “negro de mierda”.

Cómo vas a saber lo que es la injusticia si jamás te sacó tarjeta roja un referí localista.

Cómo vas a saber lo que es el insomnio si jamás te fuiste al descenso.

Cómo vas a saber lo que es el odio si jamás te hiciste un gol en contra.

Cómo vas a saber lo que es la vida, hijo mío, si nunca, jamás, jugaste a la pelota.

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