Miguel Alvarado: texto. Karen Col´ín: diseño. Ramsés Mercado: imagen

Toluca, México; 20 de mayo de 2022.

Se supo más de él en la media hora que la policía golpeó a trasexuales y periodistas que en todo el tiempo que ha ejercido como sacerdote.. Quedó claro, por ejemplo, que prefiere abrazar a Alfredo del Mazo Maza que salir a las puertas de su Catedral a detener a la policía, que machacaba a activistas y reporteros. Quedó claro que entre Dios y el diablo prefiere al PRI y que tiene estómago y lengua para aguantar cualquier cosa, como el devoto practicante de la fe católica que es, porque después de las golpizas contra activistas transexuales, familiares de Irene Yashika, levantada y torturada en Chimalhuacán, Estado de México, porque ha buscado justicia para su hija de 13 años, violada hace unos meses por policías municipales, se fue a comer con quienes dieron la orden a la policía estatal de machacar a cuatro periodistas a las puertas de la Catedral.

En esa comida, que sirvió en el Seminario de la ciudad, sonriendo tímidamente, el nuevo arzobispo del valle de Toluca y Cuernavaca, Raúl Gómez González, tuvo la entereza de escuchar sin parpadear el discurso de la secretaria de Desarrollo Social, Alejandra del Moral, aspirante a la gubernatura del Edoméx; de soportar los abrazos del alcalde priista de Toluca y ex secretario de Movilidad, Raymundo Martínez, el mismo que despide a rajatabla trabajadores municipales y se niega a pagar las deudas con proveedores; de brindar con la titular de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México, la tibia y alineada Myrna Araceli García Morón, cuya dependencia dijo en un comunicado oficial de tres renglones, que iba a “investigar” la violencia; de platicar animadamente con Elías Rescala, coordinador de los diputados locales; con la ex alcaldesa panista de Metepec, Gabriela Gamboa, que gobernó ese municipio con los colores de Morena; con Rodrigo Jarque Lira, secretario de Finanzas y con Ana Muñiz Neyra, alcaldesa de San Mateo Atenco.

II

Esta semana se la pasó viajando y recogiendo símbolos como las llaves de las ciudades o pueblos que lo recibían. San Antonio la Isla, Metepec y Toluca, entre otros, le entregaron esas representaciones, que significan que Raúl Gómez, el nuevo arzobispo del valle de Toluca y Cuernavaca, tiene las puertas abiertas de esas administraciones y la confianza inicial de por lo menos poder hablar con sus representantes.

Esta costumbre, tan medieval como la propia iglesia católica, es parte de la representación del sistema de castas que rige los gobiernos del mundo. Las llaves no abren nada, ni siquiera diálogos comunitarios, que sería lo menos que se esperaría de un ayuntamiento y de los propios curas, cuyo contacto con el pueblo se reduce a lo mínimo necesario, a la parafernalia de los actos públicos, a las donaciones, a la confesión.

El poder público tiene componentes fácticos que cambian de forma y nombre de tanto en tanto: el clero -también el evangelista, representado por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador-, el empresariado, el poder político y las fuerzas armadas. La mezcla de estos cuatros estados del poder ha dado origen al quinto elemento, que es el crimen organizado y que se conoce con decenas de nombres como el narco, la maña, la DOT, los cárteles, el paramilitarismo, los malos e incluso “los adversarios”.

La designación de un jerarca, de un representante de estos poderes es también resultado de un interés político. Y así sucede con el nombramiento de Raúl Gómez. Si no lo fuera, si respondiera a una genuina preocupación de una institución por la ciudadanía, entonces Gómez no calificaría en el perfil de candidatos.


Las llaves de barro que entregó Metepec y después los obsequiosos homenajes del ayuntamiento de Toluca hacen recordar la muy pregonada separación de poderes y dejan al Estado laico en el mundo de las ideas.

La capital del Estado de México, sede además del Grupo Atlacomulco, la organización política que impulsó a Enrique Peña a la presidencia de México, y a su primo, Alfredo del Mazo, ha construido también su parte religiosa, que en realidad es un componente más de negociación y control.

A Raúl Gómez lo nombraron arzobispo desde El Vaticano, el 19 de marzo de 2022. Esa decisión coincide con el año electoral por venir, el 2023, cuando en la entidad se elegirá nuevo gobernador. Y también con el 2024, cuando habrá sucesión presidencial.

Nacido en el pueblo jalisciense de Capilla de Guadalupe, el 17 de febrero de 1954, Gómez tiene 68 años y ha llegado a una ciudad con una tradición político-religiosa muy profunda, que ha confundido la frontera de una y de otra en el mismo campo de acción.

El 18 de mayo, Gómez González decía en Metepec que servir “es el mejor desgaste de nuestra vida, nuestra persona y será la mejor huella que podamos dejar”, una frase que lo pintó de cuerpo entero un día después.

La relación de la clase política con el clero en el Estado de México es añeja y también perversa y puede rastrearse recientemente desde el ex presidente de México, Enrique Peña Nieto, quien guarda parentesco con dos obispos, Maximino Ruiz y Flores y Arturo Vélez Martínez. El primero fue gobernador de la Curia Metropolitana y el segundo fue primo del ex gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo Vélez, abuelo del actual Ejecutivo mexiquense, Alfredo del Mazo Maza.

¿Por qué los obispos se llevan tan bien con Peña y su Grupo Atlacomulco?, se preguntaba el especialista en temas religiosos Bernardo Barranco, y la respuesta que encontró fue muy simple: les daba lo que ellos le pedían.

De Vélez Martínez, el mismo Barranco apunta que “murió el 22 de agosto de 1989 a los 85 años de edad, después de haber estado al frente de la diócesis durante casi 30 años. Tuteló el Estado de México con personajes que van desde Isidro Fabela, pasando por Gustavo Baz, Sánchez Colín y, por supuesto, el profesor Carlos Hank González. En pocas palabras, Vélez es la versión religiosa de un priismo acendrado y del llamado inexistente Grupo Atlacomulco. Hasta el componente de la corrupción pesa sobre el potente personaje en los manejos poco furtivos de los recursos manejados en las rifas de casas realizadas por el primer obispo de Toluca”.


Acerca de Vélez, el primer obispo que tuvo Toluca, la historia de esas rifas que organizaba lo visten de obispo entero.

La diócesis de Toluca fue fundada en 1950 por orden del papa Pío XII, en un mandato aparecido en la bula Si tam amplo, que además marcaba el tamaño que ocuparía desde entonces. Doce mil 658 kilómetros cuadrados y en ese tiempo una población de 5 millones de personas, 63 parroquias, diez capellanías, quince vicarías fijas y ochenta sacerdotes eran el tesoro que se recogía en esa diócesis primigenia.

El periodista local, Elpidio Hernández, recuerda mejor que nadie aquellos sucesos. “Medio año después, en abril de 1951, con las plegarias todopoderosas del entonces gobernador Alfredo del Mazo Vélez, padre de Alfredo del Mazo González y abuelo de Alfredo del Mazo Maza, fue consagrado como primer obispo de Toluca su primo, Arturo Vélez Martínez, cuya obra más significativa y visible fue la construcción de la Catedral toluqueña, bendecida en abril de 1978. Pero muy pronto el representante de Dios se vio envuelto en un escándalo de altos vuelos conocido como el de “la Catedral de Toluca” que estuvo a punto de hospedarlo en un centro penitenciario, pues para edificar la nueva morada de Dios el prelado hizo uso de diferentes formas de recaudar fondos, incluidos magnos sorteos de residencias y automóviles; un buen día muchos de aquellos fondos desaparecieron o los premios no fueron entregados y aunque nunca se formularon acusaciones contra nadie, el nombre del obispo originario de Atlacomulco quedó irremediablemente ligado al de un gran fraude”.

Hernández señala también que ese primer obispo Vélez, primo del gobernador Alfredo del Mazo, fue, con los años, convirtiéndose en empresario hotelero y consiguió levantar el Motel del Rey, la Quinta del Rey, el Holyday Inn y hasta una discoteca, Villa Jardín, un lugar al que los hijos de Arturo Montiel acudían cada 8 días. Fue justamente en Villa Jardín donde Arturo Montiel Yáñez, hijo del gobernador Arturo Montiel, conoció a una francesa muy guapa, que se decía periodista de la revista Match de París y que se llamaba Maude Versini. Ella, después de ese encuentro, recorrió los laberintos de la política hasta casarse con el gobernador y ser distinguida como Primera Dama.

El Grupo del Rey se encargaba de la administración de estos lugares, centro de reuniones para políticos mexiquenses que iban a comer y a pactar negocios en sus salones gigantescos.

“Apenas tomó cargo de la obispatura, Vélez se echó a la espalda la tarea de continuar los trabajos para edificar el nuevo templo parroquial en Toluca, cuyas primeras obras iniciaron el 12 de mayo de 1867 en un predio anexo al convento de San Francisco en Toluca, sueño interrumpido en aquellos días por las circunstancias imperantes de persecución contra la iglesia en el país. Para recaudar fondos de la feligresía el obispo creó y manejó un organismo civil llamado Patronato Pro Construcción Catedral, que organizó funciones de teatro, kermeses y vendimias”, dice el periodista Elpidio Hernández.

Fue María Izaguirre, esposa de Adolfo Ruiz Cortínez, que llegaría a la Presidencia de México, que el obispo Vélez pudo organizar las rifas para terminar de construir la Catedral de Toluca. Se rifaba de todo, desde casas hasta aparatos electrodomésticos y mansiones ubicadas en Las Lomas, en la Ciudad de México. Incluso se formó un patronato que se encargaba de las operaciones y las cuentas, y “también consiguió que el periódico Excélsior (el más influyente de aquellos días) autorizara un crédito cercano al millón de pesos en publicidad para los sorteos y la venta del boletaje. Más tarde, se descubrió que el Patronato había desaparecido las ganancias íntegras de rifas, sorteos, kermeses y funciones de teatro. El escándalo creció aún más cuando el obispo, confiando en las leyes celestiales, decidió no entregar una residencia ubicada sobre la carretera México-Toluca. El diario Excélsior contrató los servicios del entonces abogado postulante José López Portillo, quien por aquellos días formaba parte del despacho “J de J Taladrid”, escudriñó en las cuentas, auditó y exigió el embargo precautorio de los bienes acumulados en la diócesis producto de las rifas y sorteos. El escándalo llegó al grado que el ex párroco de San José estuvo a punto de ser llevado a un centro penitenciario pero nuevamente el alma piadosa de Del Mazo intercedió y para evitar un bochorno liquidó muy silencioso las deudas de su estirpe”, apunta Hernández.


El mismo presidente López Portillo recordaba ese episodio en su libro de memorias, “Mis tiempos”. Vélez fue obispo gasta el 29 de septiembre de 1980 y falleció nueve años después, el 22 de agosto de 1989.

El primero obispo de Toluca se parece mucho al actual arzobispo Gómez González, que no hace sino seguir la ruta que los prelados de jerarquía han construido con el gobierno del Estado de México y sus altos funcionarios.

El último cargo que Gómez González tuvo fue el de obispo de Tenancingo. Ahí aprendió a guardar silencio en un lugar que necesitaba la voz potente de un liderazgo para denunciar el avance del narco y la colisión de autoridades y policías. Gómez González nunca será como el obispo de Cuernavaca, “el obispo rojo”, Sergio Méndez Arceo, o como Samuel Ruiz o Raúl Vera, a quienes su inteligencia los definen. Nunca será como los sacerdotes que eluden todos los días a la muerte en sus ministerios enclavados en la Tierra Caliente, y enfrentan a caciques y sicarios, al lado de la comunidad organizada.

“Un día, los feligreses más conservadores de Saltillo, la capital de Coahuila, se cansaron del cura. Estaban hartos de que su catedral se llenara de migrantes, de prostitutas, de homosexuales o de madres buscando en fosas por los cerros a sus hijos desaparecidos por la violencia. Corría el año 2011 y el obispo Raúl Vera, después de una década al frente, había apoyado el matrimonio entre personas del mismo sexo, había alzado la voz por los transexuales y había criticado a la clase política y el inmovilismo de la alta jerarquía católica. En sus homilías protestó por las condiciones de vida de los mineros, atacó a la violencia del crimen organizado y los pobres eran la opción preferencial de actos y oraciones. Pero los ultraconservadores del Yunque estaban hartos, así que una noche se encaramaron a las rejas de la catedral y colocaron una pancarta que decía todo sin decir nada:

‘Queremos un obispo católico’, recuerda el periodista Jacobo García en una nota para El País.

Gómez González representa para Toluca eso que los ultraderechistas de Saltillo querían. Es y será un arzobispo católico, de lo más rancio y apocado. Eligió esconderse entre sus sotanas cuando la policía, uno de los brazos armados del Estado, arremetió. Eligió el abrazo de Del Mazo y escogió el festejo en lugar de auxiliar a los heridos. Su vocación no es el ministerio de Cristo sino la simulación del amor comunitario, la tergiversación de los valores universales reunidos en los derechos humanos esenciales.

Si Gómez González hubiera abierto la puerta de su Catedral, habría dejado de ser arzobispo para convertirse en poderoso defensor. Pero no lo hizo y ya no podrá hacerlo.

Afuera de la Catedral, un día después, un grupo de mujeres levantan un oratorio para pedir por quienes practican el aborto, porque su espíritu encuentre redención.

Entonces levantan las manos y rezan.

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