Miguel Alvarado

Brenda Cano: Diseño.

Toluca, México; 25 de noviembre de 2021.

A Eréndira y Jocabeth del Valle las cercaron en Paseo Tollocan el 4 de agosto de este año. Un grupo de golpeadores al mando de líderes ambulantes las buscó y las encontró en la zona de la terminal de Toluca, un día de operativos policiacos y disputas. Entonces unas 15 o 20 personas, hombres y mujeres, las arrinconaron contra las jardineras, debajo de un puente y allí, entre todos, las golpearon sin que nadie interviniera, ni siquiera los cerca de 70 policías municipales que observaban la agresión, a unos diez metros. Los policías se movieron hasta que a las jóvenes las dejaron bañadas en sangre, con lesiones de segundo y tercer grado que pusieron por algunos días en riesgo sus vidas. ¿La razón? Los líderes de la zona de la terminal quieren desalojarlas del lugar en el que trabajan, también en ese lugar. A ellas y a sus compañeros. Pero también lo hicieron porque se trata de mujeres a las que las autoridades del Estado de México no toman en cuenta, o por lo menos no como si se tratara de hombres. Por eso, a las hermanas Del Valle cualquiera puede fabricarles acusaciones ante la Fiscalía, que no investiga adecuadamente y si lo hace es para torcer las versiones que ha podido recabar.

En el momento de la golpiza, los gritos de quienes las agredieron, fueron:

“¡Pinches viejas revoltosas!”

“¡Feminicidas!”

“¡Pártanles la madre!”

“¡Péguenles en la cara!”

A ellas las enviaron al hospital, donde se recuperaron muy lentamente de sus heridas físicas. Sin embargo, el miedo a nuevos ataques persiste y persistirá siempre porque esa golpiza lleva implícito el mensaje: “no protestes, no denuncies, no acudas a los medios de comunicación, entrega tu dinero, vive con miedo, lo que trabajas no es tuyo porque es mío”.

Esa violencia contra las mujeres también la ejercen otras mujeres que se han visto atrapadas en una espiral a la que responden como pueden. De todas maneras, sus víctimas siguen siendo mujeres, niños y ancianos, los grupos más vulnerables. Esto viene al caso porque hoy es el día de la Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que en todo el mundo trata, primero de hacer visibles los abusos que se cometen por el solo hecho de que puede hacerse, y eso incluye todo tipo de manifestaciones, desde expresiones verbales hasta la violencia definitiva, que es la muerte, el feminicidio, el asesinato.

A las jóvenes Del Valle nadie les dio voz. Ni reporteras comprometidas con movimientos feministas ni autoridades ni tampoco organizaciones sociales les dieron cabida en sus agendas, por lo menos no lo suficiente. Paradójicamente, el caso de las Del Valle se hizo conocido porque con ellas también fue golpeado un reportero y fue su imagen la que salió en las noticias locales. Eso, finalmente, representó una violencia más porque al fin y al cabo lo fáctico que se vuelven los medios en una ciudad tan conservadora, tan feminicida como es Toluca seguía invisibilizando la violencia contra las mujeres.


El caso de ellas no fue letal, pero puede serlo debido a que esa fuerza sistémica que es la letalidad no ha abandonado sus cercanías.

El 25N tiene su origen más o menos aceptado en la ejecución de Las Mariposas, tres jóvenes dominicanas llamadas Patricia, Minerva y María Mirabal, ejecutadas por Rafael Leónidas Trujillo, el dictador de aquel país, el 25 de noviembre de 1960. Ellas viajaban en una camioneta, junto con un chofer. Pertenecían a una familia de lucha social y política y en aquel país, que atravesaba por un periodo de dictadura, eso significaba una sentencia de muerte. Eso fue lo que pasó. Un grupo armado las detuvo, las ahorcó, junto con su acompañante y ya muertos todos los molieron a golpes para simular que hubieran fallecido. El auto en el que iban fue arrojado a una barranca y así las encontraron. La versión oficial fue que habían sufrido un accidente, pero esa versión oficial tuvo su refutación, por decirlo de algún modo, cuando un año después a Trujillo lo acribillaron en una carretera dominicana cuando iba a ver a una de sus amantes. En 1993, un salto de tiempo que no pretende negar otras luchas y otras conquistas en el terreno, la ONU decidió conmemorar en el día de las ejecuciones de las hermanas Mirabal, una fecha para remarcar un proceso de eliminación de la violencia, que en México, por lo menos en Toluca, no ha funcionado de ninguna manera porque así lo dicen los casos reportados, los números recabados desde la oficialidad.

Otro caso. Ayer por la tarde un médico de Ocoyoacac fue acusado de abusar de dos jóvenes de entre 16 y 18 años a quienes había contratado para trabajar. Ellas lo denunciaron y una parte de los pobladores rodeó el consultorio del señalado, a quien se identificó como Alfredo “N”. En algún momento intervino la Guardia Nacional, para evitar que el hombre fuera linchado, y aunque algunos pudieron entrar a ese consultorio, se encontraron conque ya no había nadie. El responsable había conseguido escapar incluso con la presencia de las fuerzas de seguridad.

Hace cinco años, en Toluca la participación activa de la sociedad en defensa de los derechos de las mujeres era muy menor. Sin embargo, la formación y consolidación de colectivos feministas ha dado a los casos de abusos y feminicidio un cuerpo, un nombre, un rostro y una narrativa, pero también el acceso a procesos ante la justicia, los procesos administrativos que frenan la aplicación de la misma, y también de la implementación de una resistencia social que tiene por objetivo la defensa y la autodefensa ante la poca efectividad del Estado, que por otra parte se ha convertido en una suerte de enemigo permanente cuando se trata de investigar, procesar, juzgar y castigar a los responsables de la violencia de la que se habla. Pero aunque se ha trasladado a la calle esta visibilización de los efectos de la violencia, también debe decirse que el miedo, por un lado, y la justificadísima creencia de que el Estado no ayuda sino, más bien, tritura, ha silenciado una inmensa mayoría de los casos.

En Toluca se pueden poner casi todos los nombres femeninos que se nos ocurran, y casi todos tendrán vinculado un caso de violencia: Brenda, Fátima, Adriana, Perla, Wendy, Angélica, Dolores, Libia, Fabiola, Ana, Karen, Karina, la lista es interminable y los casos más recientes parecen perpetuar esta violencia como la herramienta de control que se tiene sobre las mujeres, de la edad que sea, del estatus social, laboral o económico que sea.

Los últimos casos de abuso y feminicidio implican además la participación de un miembro de la familia o de una persona cercana a ella, con acceso al círculo íntimo de la víctima, lo cual incluye a vecinos y amigos. Entre los miles de casos publicados en la prensa, apenas hay noticias acerca de feminicidas vinculados por lo menos a proceso, pero incluso en algo tan avanzado también se pueden encontrar casos en los la decisión de los jueces terminan por liberar a los feminicidas.

El de los feminicidios es uno de los crímenes más atroces cometidos en el Estado de México, una entidad con Alerta de Género pero con muy pocos resultados. Un feminicidio se define como un crimen de género, lo cual quiere decir que alguien, hombre o mujer, asesina a una persona a quien haya violentado sexualmente, le cause lesiones o mutilaciones, necrofilia, la haya violentado con anterioridad, y entre los involucrados haya existido una relación sentimental, afectiva o de confianza, entre otras cosas.

Hasta el 26 de octubre de 2021, en Edoméx se habían registrado 112 feminicidios. Es primer lugar nacional seguido de Veracruz, Jalisco y CDMX. Hay 21 municipios mexiquenses incluidos en la lista de los 100 más feminicidas del país. Ecatepec es el municipio más feminicida de la entidad. Toluca registraba 5 feminicidios hasta octubre de 2021. Todo esto, de acuerdo al Secretario Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

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