Miguel Alvarado

Toluca, México; 22 de septiembre de 2021.

Hace mucho que Cristina Rivera Garza estuvo en Toluca. Daba clases, creo, en alguna universidad. Me refiero a estar como a vivir. En ese tiempo todos éramos muy jóvenes y de verdad muy inocentes, pero creíamos, como muchos seguimos creyendo, en la fuerza de la palabra. Así que asistíamos al taller de literatura de Guillermo Fernández, en las oscuras salas del Museo de Bellas Artes, a las siete de la noche. Ahí, entre los fantasmas de ese es convento y los espectros que ya nos rodeaban, y que no sabíamos que eran los nuestros, comenzamos a leer de una manera en la que ninguno de nosotros lo había hecho. Leer, quiero decir, con el corazón primero, con los ojos muy abiertos, recolectando las herramientas que después, cada uno en lo que haría, usaría de la manera más pertinente.

A ese taller asistía Cristina Rivera, a quien recuerdo siempre muy delgada y acuciosa, de cabello largo y lentes redondos, siempre inteligente pero ávida de lo que Fernández, el mejor traductor del italiano al español en su momento, nos transmitía. Es el único taller al que yo he asistido y supongo que en todos pasa más o menos lo mismo. Terminar las sesiones y después seguir en la casa de alguien para beber, hablar, fumar, comer, reír, escuchar música debe ser un ritual para quienes van.

Ahí estaban Selene Hernández, después periodista y fundadora del semanario Nuestro Tiempo; Juan Carlos Barreto, fotógrafo y poeta, quien ha publicado en un ambiente tan hostil como el toluqueño algunos de sus trabajos mejores; Jorge Arzate, hoy destacado académico en la UAEMéx; Rocío Franco, editora y escritora; y decena más que iban y venían, que se quedaban y se iban, que escribían o leían. No los recuerdo a todos.

Pero a Cristina Rivera sí la recuerdo. Yo creo que nadie sabía que tenía una hermana a la que habían asesinado en 1990. En ese entonces, para muchos de nosotros la vorágine del mal, de ese mal que arrebata a quien quieres y que llega a cancelarte la vida o parte de ella, estaba muy lejos, tenía las maneras de la nota roja y no traspasaba los límites de nuestra conciencia de aprendices despreocupados. A Cristina eso que nos parecía lejano y que entonces no se llamaba feminicidio le había quitado a su hermana. Ahora que lo recuerdo, también me da de frente la realidad de ese taller, de sus componentes, porque en ese taller algunos de sus integrantes murieron de manera violenta, como si se tratara de un destino tardío que, extraído de la aventura que entonces representa la palabra, se cumpliría puntual reclamando su cuota miserable de dolor. A Guillermo Fernández, el ilustre literato que daba ese taller, lo asesinaron en su casa, en 2012. Ahí lo encontró Rocío Franco, atado, maniatado. Ese crimen no ha sido esclarecido y supongo que nunca será resuelto.

Antes de que todo eso pasara, Liliana, la hermana de Cristina Rivera, había sido asesinada. Y años después la escritora, porque en ese se convirtió Cristina, publicó una biografía. “El 16 de julio de 1990, Liliana Rivera Garza, mi hermana, fue víctima de un feminicidio. Era una muchacha de 20 años, estudiante de arquitectura. Tenía años tratando de terminar su relación con un novio de la preparatoria que insistía en no dejarla ir. Unas cuantas semanas antes de la tragedia, Liliana por fin tomó una decisión definitiva: en lo más profundo del invierno había descubierto que en ella, como bien lo había dicho Albert Camus, había un invencible verano. Lo dejaría atrás. Empezaría una nueva vida. Haría una maestría y después un doctorado; viajaría a Londres. La decisión de él fue que ella no tendría una vida sin él. Hace apenas un año decidí abrir las cajas donde depositamos las pertenencias de mi hermana. Su voz atravesó el tiempo y, como la de tantas mujeres desaparecidas y ultrajadas en México, demandó justicia”.


Eso es lo que dice Cristina del libro que habla de su hermana y que en poco tiempo ha alcanzado en México un lugar significativo no sólo porque ella es una escritora muy buena, sino porque representa el caso de miles de mujeres a las que les ha pasado más o menos lo mismo. Han sido ejecutadas por razones de odio, sin que medie ninguna otra causa, ejecutadas porque su asesino ha podido hacerlo.

Leer un libro así me cuesta mucho. Quizá no podría. Así que me conformo con seguir las reseñas y opiniones acerca de la obra y que de tanto en tanto aparecen en medios de comunicación. Ahora la autora se presenta en la Feria Internacional del Libro del Estado de México, y abre además las actividades, el 24 de septiembre a las dos de la tarde, en el Centro de Convenciones de Toluca.

Esta nota en realidad informaría en un principio de algunas de las presentaciones y actividades de la susodicha Feria, pero se ha ido hacia otro lado y qué bueno. No quisiera revolver el recuerdo de Cristina con programas y horarios, con los nombres de autores que no conozco y que tampoco despiertan mi particular interés. De todas maneras, aquí puede consultarse el programa completo de la Feria.

Han pasado 31 años para que Cristina pudiera abordar el tema de su hermana asesinada y tampoco quiero imaginar lo fuerte o empático o inteligente que uno necesita ser para escribir acerca de un caso tan cercano. Pasaron tres décadas para que ella pudiera hacerlo y ese barrunto de tiempo quizá le haya servido para muchas cosas, excepto para olvidarla. Yo sé que así pasa y yo sé que así es.

A Cristina dejé de verla hace mucho, después de que ella se fue a San Diego, California, a dar o tomar clases, quizá a ambas, no recuerdo bien. Su recuerdo representa, sin embargo, una etapa en la que todos soñábamos con hacer algo con la palabra que resultara inaudito, tal vez brillante e increíble. Algunos lo hicieron, otros se dedicaron a cosas más humanas y prácticas. El invencible verano de Liliana resultó ganadora del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2021 y si este viernes a las dos de la tarde puedo ir a escucharla, iré.

De cualquier manera, los fantasmas del convento del Museo de Bellas Artes en Toluca me acompañan siempre -yo creo que a todos los que estuvimos en ese taller repleto de presencias y espíritus- y con ellos puedo leer, aún, lo que hace 25 años escribimos ahí.

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