Elisa Díaz Castelo/ Periódico de Poesía

Ciudad de México; 19 de septiembre de 2021.

Cuando nos pusimos de acuerdo para que me pasara su libro, Bruno estaba por tomar un autobús de vuelta a Coatepec, así que me lo dejó encargado en una cerrajería de nombre Lock que queda a un kilómetro escaso de mi departamento. A diferencia de casi todas las cerrajerías que conozco, umbrosas y atestadas de objetos oxidados como imagino que será el taller de Hefesto, esta tenía un frente amplio y era luminosa. Una serie de llaves doradas brillaban en las vitrinas que cubrían las paredes. Tras el mostrador, un hombre con un generoso bigote pintado de negro limpiaba una llave con un paño sin levantar la vista. Cuando pregunté si alguien me había dejado un paquete, levantó la mirada sin mover el rostro y preguntó despacio:

—¿Y qué hay dentro del paquete?

Le contesté que un libro. Entonces, giró sobre su banco, se inclinó como si fuera a sacar una llave del mostrador y extrajo un sobre manila.

—¿Su nombre cuál es?

—Elisa.

Acercó un poco el paquete hacia mí pero se detuvo a medio camino con una sonrisa burlona.

—¿Apellido?

—Díaz.

—Entonces —concluyó—, esto es para ti.

Caminé de vuelta con una sonrisa bajo el cubrebocas. Además del curioso encuentro con el cerrajero, me divirtió la congruencia remota que supone pasar a recoger un libro a una tienda de llaves. Me detuve un instante en la Plaza Río de Janeiro, saqué el libro de mi bolsa y, después de bañarlo con gel antibacterial, leí los siguientes versos:

Nunca hubo llaves, ni muebles ni libros,

solamente pistas de cómo llevar a cabo la presencia.


Mal de aire, de Bruno Darío (Cuernavaca, Morelos, 1993), es justo eso: una llave de no sabemos cuál puerta, un mapa que para guiarnos primero cuestiona las bases mismas de la topografía.

Sus poemas en todo momento reflexionan en torno a aquello que los constituye: hablan del lenguaje y su relación con los objetos. Y quizá sólo cuestionándose las bases del discurso, refiriéndose a la herida que supone la escisión entre objeto y palabra, sea posible llevar a cabo, aunque sea durante algunos instantes sueltos y aislados, la presencia.

Darío reflexiona en torno a la relación entre palabra y mundo en el nivel enunciativo del texto. Quiere, por ejemplo, “calcular el peso neto de esta cosa indigna de llamarse” o afirma: “metí la lengua por el agujero del objeto” (¿y qué es el lenguaje mismo sino una forma de meter la lengua, como una llave que entra en la cerradura, en los objetos?). La palabra ocupa un espacio, tiene un peso y una contundencia tosca y concreta en este libro. Se inmiscuye, cambia, toca las cosas que nombra. Y esta intromisión de la palabra en el mundo de los objetos tortura al enunciante, pues éste nota una asimetría fundamental entre la forma, el peso, la textura de la palabra y la forma, el peso y la textura de aquello que designa. Sin embargo, el enunciante parece tener solo la palabra como ruta de escape de la palabra: “Vamos ahí, donde no está contemplado explicar los objetos sino acontecer con ellos”.

Lejos de quedarse en el nivel enunciativo, la inquietud que genera la falta de coherencia entre palabra y mundo se filtra dentro del entramado formal de los poemas y se transmite, en forma de agudo desasosiego, al lector. Uno de los métodos del desasosiego es la hibridación de géneros y de lenguas. En varios de estos poemas, se realizan cambios abruptos de idioma, de español a inglés y viceversa, incluso a media frase. Al cambiar de un momento a otro de idioma, el autor pone en evidencia la artificialidad de todo lenguaje. Se trata, también, de otra forma en la que se juega con los límites entre lo descifrable y lo ininteligible. La influencia del surrealismo francés se siente a cada momento de este libro:

De existir estoy crudo. Crudo estoy de mi carne y mi hueso. Creo que un toro es un buen amigo. Colecciono exoesqueletos de los escarabajos que vienen a morir a mi puerta. El lenguaje se desmorona, se hace chiquito en el exceso.

La vocación híbrida de mal de aire se vuelve evidente en la plétora de géneros literarios con los que estos poemas coquetean. Se trata de una colección cuyos poemas participan de la poesía en verso, del ensayo, de viñetas narrativas. Son textos fluidos que no acatan las reglas tácitas de los géneros y el efecto de estos cambios repentinos de tono es, en mi opinión, descolocar al lector, hacerlo consciente de las herramientas que transmiten el significado, del lenguaje mismo.

A veces, por ejemplo, los poemas se estructuran como cartas, pero cartas que se burlan de su propia forma epistolar pues, en lugar de dirigirse a personas concretas, están dedicadas a los destinatarios arquetípicos: “Hermana”, “Profesor”, “Amistad” y la más ominosa y recóndita, “Atroz”. Además, ya que se organiza a partir de una serie de fechas, el libro, con sus cartas, sus ensayos y viñetas, también se puede leer como un diario.

Fiel a los apuntes que uno toma en un diario, Mal de aire habita los lindes de la preescritura, puede sentirse por momentos como una primera versión de un texto más pulido que se difiere hasta la inexistencia. Sin embargo, estos poemas buscan ese carácter poco acabado y caótico de las primeras versiones:

Hay algo fundamental en la preescritura. Tal vez las cosas quieren ser dichas un rato. ¿Y por qué nos creemos con el derecho a decirlas? Oh, acaso escogen las cosas su nombre con el pulso de sus formas… siempre cambiantes… La piedra escogió que la llamasen piedra: el lenguaje cayó en la trampa.

La preescritura tiene su propio encanto pues, pienso, es lenguaje vulnerado, atravesado por la temporalidad, por una naturaleza impermanente. A diferencia de las palabras monolíticas y estáticas de ciertos poemas clásicos de nuestra tradición, que se bastan a sí mismos y cuya perfección parece separarlos del resto de las cosas del mundo, las primeras versiones se comunican todavía con el mundo temporal e inestable que nos rodea; son abiertas, fluidas, orgánicas, como edificios a medio construir que han sido tomados por una vegetación selvática. A Darío no le interesa la estética inexpugnable del poema perfecto, sino la emanación temporal y líquida de la primera versión.

Bruno Darío, Mal de aire, Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2020, 98 pp.

Publicado originalmente en periodicodepoesia.unam.mx

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