Miguel Alvarado

Toluca, México; 27 de febrero de 2021.

A Fernando Óscar Martín hay que mirarlo bien. Mirarlo una, dos veces, las que sean necesarias. Tres, cuatro o cinco o seis. Hay que mirarlo para saber que aunque no tenga una cámara en la mano, siempre está fotografiando. Entonces uno se pregunta si se necesita una cámara para ser fotógrafo, para crear las imágenes como hacen los alfareros con la tierra o los raspadores del aguamiel con los magueyes que abrasan.

Es argentino pero vive en todas partes. Eso no lo dice él. Lo dicen las fotos que ha tomado a lo largo de sus recorridos por el continente y también las que ha tomado en Toluca, a la que llegó quién sabe cómo. Trepando quizá, como dice una semblanza que confirma su lado nómada y que narra su estadía en la misteriosa Tierra del Fuego.

De ese lugar no hay noticia alguna, excepto las que viajaron con el Alert, un barco que en 1925 cruzó los límites humanos para llegar a la isla donde estaba la ciudad maldita de R’lyeh. El barco había salido de Dunedin, en la imposible Nueva Zelanda, y de regreso por América ya iba convertida la tripulación en bestias dolorosas. A ese barco se le atravesó el Emma, también de bandera neozelandesa que había levado anclas en El Callao, en ese entonces un puerto nuevo muy cerca de Lima, y que errabundeaba hacia la Antártida. En las coordenadas latitud 47°9’S y longitud 126°43’O, apuntadas en la bitácora del capitán Johansen se localizaba aquella ciudad, emergida de la noche del océano, más allá del último confín. Fueron los navegantes del Emma quienes detuvieron a los antropófagos del Alert, que iban decididos a esparcir su mal, su amarga metamorfosis, a las lindes de la Tierra del Fuego.

Pero esa es la historia de otras andanzas que algún día se narrarán.

Fernando Óscar Martín no nació en la Tierra del Fuego sino en los arrabales de algún barrio tanguero, en el corazón de Buenos Aires, en plena dictadura militar argentina, en los tiempos en que Maradona apenas era el Pelusa. Lo dice él mismo, y uno apenas lo asimila porque sus imágenes dicen otra cosa: que nació en México y que entiende estas tierras negras y a sus habitantes, los habitantes más profundos, más silenciosos, los que raspan en busca del pulque, los que amasan la terracota y se quedan callados, con el corazón rebosante de cosas.

Especializado en antropología visual, escapa con su familia para estar lejos de los militares a la ciudad de Ushuaia, que hoy es una ciudad turística y que también es el Fin del Mundo.

“Fernando, quien radica desde hace quince años en México, tiene una forma peculiar de componer sus gráficos. Esto probablemente se remonta a su adolescencia en la lejana Tierra del Fuego, etapa de su vida durante la cual se siente inevitablemente atraído por el cinematógrafo”, describe, como si ese recuerdo se tratara de una imagen reflejada en un espejo.

Y como pasa con lo que debe pasar, a Fernando le regalaron una cámara los marinos extranjeros que recalaban en el puerto, y que lo veían ir y venir del cine a los embarcaderos. 

Como si hablara de otra persona, dice de él mismo que “toma sus primeras clases con el fotógrafo de la isla y cineasta local, quien lo invita a ser coprotagonista del mediometraje Simón Radowitzki. En esa época tuvo también la oportunidad de conocer y tomar varios talleres de tallado en madera con la india Varela, la última indígena Ona (Selknam) de la región de Ushuaia; convivió con ella y escuchó sus fabulosas historias, lo cual determinó su interés por el conocimiento antropológico”.

Entonces, sin más, comenzó a subir hasta llegar a México hasta quedarse en Toluca, lo cual lo convierte todavía más en un misterio porque, ¿quién se queda en Toluca que no sea nacido aquí? 

Las imágenes que logra Fernando Óscar Martín le han dado todos los premios y siempre es noticia alguno de sus ensayos, que retratan la tierra y sus circunstancias, entre las cuales el ser humano es casi siempre la medida de las cosas.


Ahora, entre sus últimos proyectos se encuentra la realización de un documental al lado de Lisandro Solís, un productor y cineasta en búsqueda constante.

El trabajo de Fernando Óscar Martín que se presenta en VcV retrata al pulque y a los aguamieleros de Jiquipilco, un municipio rural del Estado de México. Además, el texto es suyo. Aquí lo tienen.

Jiquipilco: entre el octli y los tlaquicheros

Octli es el nombre en náhuatl que se le da al pulque, bebida obtenida por la fermentación del aguamiel, líquido que se extrae de una planta llamada maguey pulquero, el cual es resistente a las heladas y a las sequías. El pulque en México es una bebida muy utilizada desde la época prehispánica como complemento de la alimentación

Las personas que se dedican a la extracción de la bebida son llamadas tlachiqueros, la herramienta que utilizan para raspar la piña del maguey se llama raspador, también utilizan un acocote hecho de calabazo, se trata de un guaje alargado que se usa para extraer el aguamiel de la planta el cual tiene un orificio en la parte superior y otro en la inferior, usado para succionar el líquido y hacer que éste quede dentro de él, posteriormente, dicho líquido se pasa a un contenedor de cuero, llamado odre, el cual se carga en un morral para transportarlo antes de pasarlo al tinacal

Fotografía: Fernando Óscar Martín.

El aguamiel se echa a pudrir y a los quince días se fermenta, va hirviendo, al rato sube la espuma y se apaga, esto significa que el pulque está listo.

El Estado de México tiene una importante tradición en el cultivo del agave pulquero y la producción del pulque, es el caso del municipio de Jiquipilco donde se consume desde hace tiempo y forma parte de la dieta diaria de los habitantes, favoreciendo la economía. Se considera representativo del lugar.

“El pulque, en náhuatl ‘octli’, extraído del maguey, es la bebida embriagante originaria más importante de México. Era un elemento esencial en la vida ritual de algunas comunidades prehispánicas: se consideraba que facilitaba la comunicación con los dioses.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.

El “Tlachiquero” es la persona que extrae el aguamiel del maguey para después fermentarlo y obtener la bebida conocida como pulque. La palabra “tlahchiqui” proviene del náhuatl y se refiere a raspar una cosa; en este caso el maguey. Octli es el nombre en náhuatl que se le da al pulque, bebida obtenida por la fermentación del aguamiel, líquido que se extrae de una planta llamada maguey pulquero, el cual es resistente a las heladas y a las sequías. El pulque en México es una bebida muy utilizada desde la época prehispánica como complemento de la alimentación

Las personas que se dedican a la extracción de la bebida son llamadas tlachiqueros, la herramienta que utilizan para raspar la piña del maguey se llama raspador, también utilizan un acocote hecho de calabazo, se trata de un guaje alargado que se usa para extraer el aguamiel de la planta el cual tiene un orificio en la parte superior y otro en la inferior, usado para succionar el líquido y hacer que éste quede dentro de él, posteriormente, dicho líquido se pasa a un contenedor de cuero, llamado odre, el cual se carga en un morral para transportarlo antes de pasarlo al tinacal

Fotografía: Fernando Óscar Martín.

El aguamiel se echa a pudrir y a los quince días se fermenta, va hirviendo, al rato sube la espuma y se apaga, esto significa que el pulque está listo.

El Estado de México tiene una importante tradición en el cultivo del agave pulquero y la producción del pulque, es el caso del municipio de Jiquipilco donde se consume desde hace tiempo y forma parte de la dieta diaria de los habitantes, favoreciendo la economía. Se considera representativo del lugar.

Fotografía: Fernando Óscar Martín

“El pulque, en náhuatl ‘octli’, extraído del maguey, es la bebida embriagante originaria más importante de México. Era un elemento esencial en la vida ritual de algunas comunidades prehispánicas: se consideraba que facilitaba la comunicación con los dioses. El “Tlachiquero” es la persona que extrae el aguamiel del maguey para después fermentarlo y obtener la bebida conocida como pulque. La palabra “tlahchiqui” proviene del náhuatl y se refiere a raspar una cosa; en este caso el maguey.

Fotografía: Fernando Óscar Martín.

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