Miguel Alvarado

Toluca, México; 19 de diciembre de 2020.

Tenía una enorme habitación que también le servía de estudio en el Museo-Taller que llevaba su nombre Ahí llegaba para quedarse a dormir cuando se le hacía tarde o buscaba cambiar de aires, El museo era su casa y como tal la usaba. Los fines de semana decenas de pintores aprendices y otros no tanto tomaban cursos con él y sus ayudantes. Ahí se la pasaban practicando, cada ocho días, mientras Luis Nishizawa los miraba, les decía cómo sí o lo contrario. Eso era los sábados por las mañanas. Después de eso, el taller cerraba y Nishizawa se iba o se quedaba, según lo que necesitara. Su habitación, al fin y al cabo, estaba en una zona que no podía franquearse y como estaba hasta lo más profundo del museo, no molestaba a nadie. Desde ahí podía verse un poco el centro de la ciudad y las azoteas de las viejas casonas de Toluca, que tenían sus cosas, sus ruidos, sus sombras. Sus fantasmas.

Luis Nishizawa murió demasiado pronto y demasiado viejo. Para estas fechas tendría 102 años. O 103, porque nació el 2 de febrero de 1918 y pronto sería su cumpleaños. Su padre era japonés y su madre mexicana. Quién sabe por qué, nació en la hacienda de San Mateo Cuautitlán y desde que supo de sí, quiso ser pintor.

En 2008 se quedaba a veces en la habitación del museo que desde 1992 ya llevaba su nombre, porque llegaba los viernes ya muy tarde. Era mejor para él quedarse en el centro de Toluca porque al otro día trabajaría desde temprano, toda la mañana. Y quedarse ahí solo, o casi, porque también dormía algún ayudante suyo, imponía. El viejo centro de Toluca y las viejas y sombrías casas de la calle de Bravo, a un costado del siniestro palacio de Gobierno, no son cualquier cosa.

Y él mismo lo decía.

-Me he quedado aquí en la noche, pero con la luz encendida porque espantan. Un día que yo me quedé aquí, me tocaron. Yo pensé que era la muchacha que me traía café y le dije “pásale”, pero nadie me contestó. Luego me tocaron en otra puerta y esta vez sí era la muchacha con el café. Le dije que por qué no me había hecho caso. Pero me dijo que nadie había ido, más que ella, y yo soy la única que está en el taller, en el Museo. Entonces, ¿quién me tocó? Quién sabe. Porque cuando me he quedado aquí, en la noche, me quedo con la luz encendida, por las recochinas dudas. Pero también había una mujer que trabajaba aquí y un día la espantaron. Ya no quería venir, pero la entrevisté y le pregunté qué había pasado. Me dijo que nada le habían hecho, pero que sintió que alguien la estaba viendo. Dijo que había un joven vestido de monje, muy guapo, que se sonreía con ella. Yo dije: pues es el Quintín (un pintor toluqueño). Es que los espantos son según las circunstancias…- decía Nishizawa muy serio, mientras descansaba en la pieza que ocupaba. Entonces tenía 91 años de edad y pintaba y pintaba. Seguía pintando.


¿Cómo será consunción, ese cansancio que parece extenderse para siempre y que no permute retorno alguno?

– Desde pequeño dibuja los principios de la lluvia con un palo. Ya mayor, me gustó la pintura y desde entonces hasta hoy sigo pintando. Uno va cambiando de acuerdo con lo que uno va haciendo. Generalmente he dibujado con tinta china, pero eso lo he tomado de la pintura japonesa, con mucha agua, muy aguados, nada más de un color, negro. También he hecho con colores, pero en formatos grandes. Yo soy Premio Nacional, el premio más alto que da México a un artista y el Japón me considera hijo predilecto, por ser pintor, porque me conocen, han visto mis cosas y ellos propusieron eso. El premio es el hecho de salir, no es el metal ni nada. No a todos les dan. Pero el más alto, que yo considero, es el Premio Nacional que me dieron.

De la pintura mexicana, criticaba que estaba demasiado influenciada por lo que se hacía en Estados Unidos, y eran sobre todo los jóvenes los que se dejaban llevar así como así, casi frívolamente. Pero él tenía algunos favoritos, que tomaban el arte por el arte. La verdad es que se acordaban de bien pocos, pero nombró algunos, entre ellos a Benjamín Domínguez, a Arturo Rivera y a Ismael Guardado. “Es que yo he tenido tantos alumnos”, decía muy pausado, justificando su mala memoria. En realidad, la tenía intacta.

– Mi padre tenía un pequeño rancho con vacas y todo. Y cuando llovía yo, con una vara, dibujaba, trataba de dibujar una vaca o un caballo, porque para mí los caballos… porque teníamos un caballo muy fino, que casi era como un hombre. Por ejemplo, mi hermano, para montar al caballo… él se agachaba… pero cuando mi padre lo quería montar, se ponía brioso. Y después, cuando nos venimos a México, el caballo lo vendió mi padre a una hacienda y cuando veníamos a tomar el tren, vi al caballo con otro caballo, con una yegua, en el cerro. Y yo dije, bueno, siquiera ya tiene su compañero, porque el caballo nos quería mucho. Mi padre fue un judoka y siempre me habló de las hazañas de los guerreros en Japón. Todas las mañanas me hablaba. Entonces yo conocí ese país, antes de ir, a través de mi padre.

– ¿Cuál fue la primera impresión que se quedó de Japón?

– Al llegar el avión, vi el Fuji, y era una tarde preciosa. Más tarde, ya estando ahí, un día dije: voy a subir el Fuji. Empecé a subirlo, pero llegué a una altura donde había rocas muy grandes y dije: como tiembla mucho en Japón, tiembla orita y me mata, porque me aplasta una roca.

– ¿Qué lugares le han impresionado más?

– Cuando yo me casé, le dije a mi esposa que tenía para comprarle una casa o que nos íbamos de viaje y me dijo: vámonos de viaje. Entonces viajé durante un año por todo el mundo. Y claro, a donde viajé varias veces, que me ha gustado mucho, es Francia.

– ¿Cómo es hoy un día en la vida de Luis Nishizawa?

–  Me levanto a las siete y media, invariablemente. Procuro que mi esposa me dé mi desayuno y después me meto a mi taller. A la una, una y media, me llaman para ir a comer. Después de la comida, descanso otra media hora, me levanto y sigo trabajando hasta las 11 ó 12. Para mí el tiempo no existe porque lo que yo hago requiere mucho tiempo.

– ¿En qué trabaja ahora?

– Estoy haciendo una serie de cuadros chicos para mis hijos, porque como no les voy a dejar dinero, les voy a dejar obra.

– Si no hubiera sido pintor, ¿qué habría escogido?

– No sé. Porque siempre desde niño quise ser artista, pintor.

Luis Nishizawa murió el 29 de septiembre de 2014 y en el Museo-Taller las sombras de sus obras sigue hablando desde las paredes. Si alguien más ha visto al monje apuesto, se ha guardado muy bien de decirlo.

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