Miguel Alvarado

Todo estaba en su lugar: enfrente la mesa y su desorden

los vasos y las lapiceras y la cartera y las pastillas: un encendedor y los cigarros

los tres últimos en la caja de los Camel con su foto de enfisémicos que no asustaba a nadie.

Ese día fue un ladrido de ventanas y

la verdad de los periódicos hizo que amaneciera más temprano.

Hubo tantas flores que daban ganas de pisarlas y jugar futbol como Andrea Pirlo

en ese pasto de luciérnagas donde nunca hubo nada, nadie

tal vez la ropa, los zapatos, los puños abiertos, evitando.

O no: nada era así sino expedientes regados por todo el cuarto y mapas de apuros y congojas, fechas de entrega a editores invisibles

y 54 mil hojas impresas para nada de la averiguación previa de la Procuraduría General de la República sobre Ayotzinapa, con la clave PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, y que decía, en sus primeros renglones que “En la Ciudad de México Distrito Federal, siendo las quince horas con un minuto del día veinticinco de octubre del dos mil catorce, la suscrita Maestra BLANCA ALICIA BERNAL CASTILLA, Agente del Ministerio Público de la Federación […] da fe”.

A esa casa llegaban las niñas, desencajadas de la escuela

abriendo puertas en busca de un juguete.

Jugaban a caerse aguantándose la risa, derrumbadas por el rayo de las clases canceladas.

Ellas regresaron pero ellos no

y sus padres dijeron al principio lo mismo que nosotros:

“nadie nos ha confirmado nada, no lo vamos a creer”, esperando que viniera algo

y borrara el sol entrando por la ventana.

Sobra el cielo.

Sobran los cerros y en las brechas

se descubre el pedazo incinerado de un corazón

y por ahora sólo importa no acordarse para poder irse al Sur.

“Bienvenidos a Iguala”, leímos cobardemente cuando llegamos

al centro comercial Tamarindos, con sus guardias de azul

pagados por el cártel de los hermanos Casarrubias y los hermanos Pineda Villa.

Estábamos en el Sur cazando soldados

sin esperar demasiado en la distancia que Iguala nos permitió

y frente a la 35 Zona Militar vimos patrullar al 27 Batallón de Infantería

bajo ese cielo de banderas y cadáveres en el que andaban ellos

rastreando su propio fraude.

Esa vez dormimos en Tlachinolla protegidos por casas de lámina y madera que estaban de pie

gracias a los sobrevivientes del oro y del uranio en Teloloapan, Arcelia y La Fundición

y a Evelia Bahena y su guerra ganada contra la minera Media Luna aunque después de cuatro años todo y todos se fueron al diablo.

Nosotros agradecemos a los reporteros infrarrealistas que se perdieron en las curvas de la muerte y en las ganas de encenderse velas para ellos mismos.

Nosotros les agradecemos lo que no vieron y no reportearon y no escribieron y que a nosotros nos abrió los ojos demasiado tarde.

Sí, creo que sí: los soldados en Iguala podrían ser más altos.

Más delgados.

Menos jóvenes.

No tan hambrientos.

Más estudiantes.

Podrían hacer otra cosa

intocables hijos de puta de cabello a rape,

venidos del mar o la montaña.

Seguimos a los soldados monteándolos a pie por las calles de Galeana y Periférico Oriente.

Iban trepados, cargando sus G3 en tanquetas o pickups apoyados desde México por francotiradores como Luis González de Alba

quien después del Batallón Olimpia, en 1968, dejó de creer, pero en serio

y se dedicó a desarmar fantasmas en la penumbra de un escritorio.

Todos lo extrañan

él mismo se desconocía cuando de Tlatlaya sólo recordaba a “las putas que resultaron expertas en reconocer, de oído, los disparos de armas que no pudieron ver… Oh, yeah”.

Nunca fue soldado, aunque ya lo parecía.

¿Nos volveremos cruentos un día, amedrentados por la pérdida, sin balas para emboscar?

Pero ese 2015 a los soldados en Iguala había que seguirlos en taxis o camiones, adivinar su ruta como entonces

cuando fueron a Taxco, el 15 de junio del 2010 y acribillaron a 14 sicarios

aunque los testigos vieron otra cosa y dijeron

-después de lavarse la sangre-

que los muertos eran tropa de otro ejército.

Esa tarde no cazamos: cómo hacerlo cuando en la casa dejaron cuatro soldados de plástico que en la noche siguen brillando desde el librero conquistado de la sala.

O allá, antes del Crucero de Santa Teresa, nosotros detenidos por alzar una cámara y mirarles las cuencas

sus nidos de metralla en El Tomatal y el Puente del Enano a las dos de la tarde.

Ya sabemos que eso no es nada, y también que así comienza todo.

Yo digo que el mar sólo es el mar

que nadie se ahoga en el mar     aunque parezca

la boca retorcida de una fosa

donde dios está enterrando.

Esa tarde no cazamos pero otras veces lo hicimos mejor, maravillados porque México será para siempre Territorio Telcel.

Bendito Slim, tu New York Times y tus 51 mil millones de dólares que por fin sirvieron para algo.

Bendito tú y hasta la CIA que silenciaron

–más bien porque no supieron-

de quién era el número telefónico que al final

             -que ahora es el principio-

resultó de Julio César Mondragón Fontes. 

A los maestros de Chiapas, Guerrero y Michoacán los soldados les rompieron la madre en las calles y los campos

y a Julio César Mondragón le arrancaron el rostro después de fracturarle 12 veces las costillas.

Porque a él, tendido en el fango del Camino del Andariego le hicieron un corte en el pecho en forma de gota y hacia arriba, siempre arriba, diseccionaron su piel

mientras el cuenco de esa gota se llenaba de sangre, que se hizo tan grande como la presa Valerio Trujano en la noche más serena.

Yo creo que a Julio César le negaron la muerte

aunque el cuchillo se lo enterraran toda la noche, toda la noche lo acuchillaran.

Una mano y su desgarro cicatrizan desiguales entre el aire de las tumbas

cuando arrancan las tanquetas y le digo a Stella que la amo cuando las hojas se mueven

y entre las ramas pasa la noche, la suave epilepsia de la montaña.

Qué pobre

qué inútil resultaba uno acostado en Aguatordillo

lleno de pánico y azúcar cuando el polvo se levantaba

sobre la llaga abierta de los nuestros.

Qué tendría la negrura de Guerrero

que acotaba la muerte en el salón de los maestros

poniéndole término a algo parecido a la felicidad.

¿Era verdad?

¿Era tan tarde?

¿Era cierto que abrían boquetes y cambiaban oro por arsénico?

A esta hora es el fin del mundo cuando hay que seguirte, Julio César

nada más para saber que nada está bien

y que sólo tú y yo somos culpables de no tener casa.

No éramos -cómo se dice-

no éramos un arma cargada apuntando a cualquier lado

ni el agua corriendo por Iguala

y entonces me pregunto por qué mañana tenemos que estar en Tixtla.

Mi madre hace la sopa

y mira en la ventana el único rayo que hay del sol.

En su cansancio no ha barrido las hormigas

y luego, sentada en el sillón no imagina

el ahogo del azogue

el zumbido de flores y mineras contra el plato del guisado.

Y uno sabe, como lo supo Julio César

que no hay otro camino que los campos y los niños

quizás las luces apagadas en El Charco, el 7 de junio de 1998.

Entonces ella dice:

“mataron a mis perros

se llevaron a mi hermana

y todas las noches tengo la sed que ella me dejó”

y luego oculta en el brazo las señales de un mordisco

las botas en las flores oliendo a estiércol.

En la mesa estaban ellos

sobre todo ella y su cansancio

la habilidad materna que uno pierde o despilfarra en el camino

la habilidad, decimos, de levantarse a medianoche y sostener la casa

compensar el tiempo con las comidas y los diarios.

El camión atraviesa las obras del nuevo tren y

dicen los de Xochicuautla que la autopista parte en dos al pueblo y es un asalto

una herida de trascavo en sus jardines.

Las heridas son esas, pero también las que vi en Tecomatepec: 

ella se adentrará estirándose en las sombras

mirando abajo cuidadosa, violentamente contra las piedras.

Disimula que sangra tomando el agua que le dan.

Le queda bien la ropa blanca y no le importa la edad que tiene.

“Me violaron hace muchos años”, dice cuando mira el platanar

de manera

que sólo hay

espacio

para amarla.

Dice, como si rezara, el nombre de los suyos

y en su boca se pronuncia una O que no concluye.

Ella se acuerda de los hijos, de su hermano en Canadá que le habla una vez a la semana.

“El otro que tengo está en la cárcel”

dice

dice

cuando se da cuenta de la hora, de que hay que ir a trabajar o terminarán echándola.

¿Cuánto dura tu risa, el aire arrugando tu rostro sin que te des cuenta?

¿Qué haces el domingo frente a la cárcel, de la mano de tus hijos?

Tenemos cuentas pendientes y como sabes

se me ha ido la vida escribiendo notas pero aquí, a la sombra del limonero

le digo a Julio que venga en paz.

Él no sabe que fuimos al Sur a cazar soldados y que los hallamos en la sábana de llamadas de 132 páginas de la compañía Telcel

preparada diligentemente para la PGR, que le puso un sello anaranjado que dice “confidencial” para rastrear el número 7471493586, que nadie pensó que fuera de él.

Ni siquiera lo supo el Grupo Interdisciplinar de Expertos Independientes.

Julio César compró el celular a Jorge Luis González Parral el 25 de septiembre, un LGL9, “demasiado equipo”, diría luego. A Jorge Luis lo desaparecieron en Iguala junto con 42 normalistas y sólo los amigos de Julio César y su familia supieron esa de compra.

Tampoco lo supo Telcel

pero

recopiló

segundo a segundo

las 30 actividades de ese celular después del 26 de septiembre del 2014

y que siguieron hasta el 4 de abril del 2015 que no significarían nada si no fuera porque hay cuatro contactos desde la ciudad de México

-a donde nunca fuimos a cazar soldados-

desde un lugar llamado Lomas de Sotelo.

Guardamos esa sábana en un disco duro externo Adata HD71O de un terabit, negro con franjas amarillas como las señales en la noche       en la carretera de Chontalcoatlán o Rancho Viejo en Luvianos, cuando pintan los tramos que están pavimentados. 

Y los cuatro contactos más importantes que se hicieron al teléfono de Julio César Mondragón, robado cuando lo mataban, dieron las coordenadas 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W

que salieron de los números telefónicos 5511425164, 5551865625, 5513606680 y 5518155210.

Así ha pasado este día

con los muertos

aquí, a la mitad de nosotros

a estas alturas encaminados a Carrizalillo.

Debajo del limonero

Julio César soñaba que iba al espacio cuando era niño.

Su sombra se asoma y yo digo que estaba oscureciendo

yo digo que la luz, el residuo, se quedaba porque sí en sus ojos planetarios.

El 27 de octubre del 2014 el número 5513606680 se contactaba con el teléfono robado de Julio César Mondragón desde adentro del Campo Militar 1A, ya se dijo que en la ciudad de México. 

El día que encontramos eso, lo primero que anotamos fue que el lugar de transmisión “es un terreno baldío, una especie de triángulo de terracería que parece un estacionamiento”. Los otros tres números y sus coordenadas desde el espionaje público de Google dijeron lo mismo, que alguien se comunicaba desde el Campo Militar 1A.

Eso tenemos y también

al vocero del general Cienfuegos diciendo que la seguridad nacional

no se negocia con un grupo de culeros que ofende a las fuerzas armadas.

Lloran las madres una última ternura machacada en el negro esputo de las bocas

aquí, en la sonrisa de Julio

en los ojos de Julio, donde ya nada tiembla.

Entonces aparece Juliana, Juliana Spahr que escribe sobre Siria pero no la conoce

porque si la conociera hablaría de esas calles y los campos

los niños o los cuerpos de los niños como endurecidos pedazos de carne

y no de los mapas        las ciudades como un conjunto aunque doliente.

Juliana podría escribir tanto

pero se pierde                                

-como uno se pierde en el Cielo de Iguala-

mirando peces en la orilla, nombrando aves

esperando, creyendo que todos queremos oír su voz

que será nasal y hermosa como un azulejo.

Pero Siria no la conoce

como la periodista Anabel Hernández conoce todo de Iguala

calles como la Juan N. Álvarez y sabe

que el Sanatorio Cristina ofertaba tomografías por mil pesos

y ha visto la acera destrozada del 27 Batallón por donde pasan los alumnos de las escuelas cercanas. 

Sabe que en Iguala los tacos cuestan quince pesos y todo eso que es la vida allá, sus muertos y sus desaparecidos.

Eso sabe, mientras la Farmacia Leyva abre las 24 horas y de vez en cuando solicita repartidor con moto

desde allí Evelia Bahena

vio cómo los policías metieron 17 cuerpos en 17 bolsas al ayuntamiento

y una vendedora de comida se dio cuenta, pues cómo no darse,

que les daban un tiro en la cabeza a los sometidos en la plaza.

Y eso

el oscuro acecho en la ventana

le pone término, un punto por así decirlo

a la sensación de estar de más

y que disparan, amor, adelantándonos la hora.

Un niño cruza en bicicleta el Callejón del Andariego, entre polvo y tráileres

a 500 metros de la puerta parda del C4, que se encuentra en la misma calle donde torturaron y ejecutaron a Julio César, a espaldas de las oficinas del SAT y del Hotel del Andariego, donde contadores de los Guerreros Unidos pagaban las nóminas de halcones y sicarios.

El niño pasa frente a las cruces y las flores que marcan el lugar donde encontraron el cuerpo de Julio César, con uno de sus ojos arrancado y arrojado a 40 centímetros de sus manos

y de un lago hemático que tomó forma del mapa de Guerrero que sólo vieron los soldados que lo encontraron, el forense que tomó las fotos

y nosotros

que vimos las fotos y desde entonces dormimos aferrados a ellas porque ahora forman parte de nuestra vida por quién sabe qué razones silenciosas.

Quisiera no haberte visto tirado en la calle ni escarbado en tu nombre

cada hoja, cada letra, cada coma

porque dios no aparece en tus heridas

y en tu rostro sólo está la notable ausencia de las flores.

Dios no tuvo nada para nosotros en Iguala ni en Toluca.

Recargado en la ventaba miraba el fantástico skyline de las montañas

a donde iríamos seis años después.

Tengo a la vista las calles entenebradas

esos cables

las casas grises

y los soldados apuntando desde arriba.

Y dice:

mienten los que afirman que estando vivos estamos bien.

Tenemos la certeza de los perros

en la pared el calendario

el camino escafilado hacia una llaga.

¿Y si las huellas que seguimos son las nuestras?

¿Qué son ellos, que tenían cafés los ojos

la boca abierta como una iglesia?

Uno piensa que la credencial de prensa lo mantendrá a salvo.

Uno, que no sabe lo que mira

se acerca a los cuerpos y con soplo epiléptico

apaga de golpe el sol

clausura los ojos de una vez.

Cuando a los estudiantes los mataban los soldados

en mi casa los niños se acurrucaban para el cuento de las brujas

junto a la ventana donde no se asoma el sol

Los infiltrados

ya sin máscara

comenzaron a disparar.

  • Editor del portal web Vicversa. Reportero. Tiene un pequeño libro de poemas publicado por Diablura Ediciones, un sello de Toluca que hace cosas preciosas con la serigrafía.

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