19 abril, 2026

«Por ahora falta miel»

Miguel Alvarado

Toluca, México; 20 de agosto de 2021.

Por qué, se pregunta uno, por qué hay que estar sentado a la orilla de este catre y por qué este joven se aguanta la tristeza mientras cuenta la historia de su hermano, Gilberto Gómez. Por qué tiene uno que atestiguar la miseria que se desparrama desde los actos de corrupción de un sistema de gobierno diseñado para la impunidad, y que se repite inacabable en la Federación de López Obrador, en el Estado de México de Alfredo del Mazo y en el municipio en el que uno vive, que puede ser cualquiera porque en todas partes es lo mismo. 

Mientras Christoper Gómez habla de su hermano las paredes crujen, las ventanas se arrugan golpeadas por el idioma de intemperie que escupido como una ráfaga, como una angustia que se ha instalado para siempre y que ahora, en la carpa que cobija a las más de once personas en huelga de hambre, en el centro de Toluca, convierte a cada uno de los que están ahí en las víctimas de todos porque como cuerpo social somos incapaces de ayudarlos.

Afuera, con el miedo caminando a un lado porque están los policías mirando, grabando y señalando, los familiares de 24 presos injustamente en penales del Estado de México han escrito sus nombres con pintura blanca sobre la plancha de la Plaza de los Mártires. La tarea les llevó toda la mañana y a las dos de la tarde las letras enormes llenan la mitad de la explanada.

-Pero no son 24 los presos a los que no se les aplica la Ley de Amnistía, son más de 900 casos los que nuestros colectivos están impulsando y de los que ningún poder estatal quiere oír. A mí me daba risa el otro día cuando vi que Ricardo Sodi, el magistrado del Poder Judicial, ponía en sus redes sociales: que había mil presos liberados. Luego, luego, les dije a mis compañeros porque eso no es cierto. Y mira, en esta plaza estamos rodeados por todos los poderes. Frente a nosotros está el gobernador, que no abre la boca para nada. Acá al lado, el Poder Legislativo, que con nosotros ya se lavó las manos y a la izquierda se encuentra el Poder Judicial, siempre con las puertas cerradas- dice Christoper, y cuando habla sus ojos se vuelven más rojos y sus ojeras, a las doce del día, se le clavan como una daga que le corta algo por dentro. Detrás de él, las campanas de la Catedral tañen por una razón que no son ellos.

El joven, de unos 25 años, lleva toda la semana en huelga de hambre. El primer día se escucha el grito de las tripas, el gruñido que exige saciedad. Después de algunas horas hasta eso pasa, pero entonces se acomoda en uno la pesadez, la somnolencia como umbral de una debilidad que se acentuará con el paso del tiempo. Tomar agua y los sueros ayuda, así como un poco de miel, pero dentro de poco eso no será suficiente para él ni para nadie, para ninguno de los que están ahí aferrados, sobre todo ellas, al retrato que llevan de sus familiares.

A Christoper le encerraron a su hermano en septiembre de 2020 porque lo acusaron por un delito sexual que no cometió. Lo bajaron del auto en el que iba junto con su familia y sin más lo levantaron. Apareció después en el penal de Santiaguito, en Almoloya de Juárez, y en el proceso se demostró que el hermano estaba en las playas de Zihuatanejo cuando sucedió todo por lo que se le acusa. El año transcurrido desde entonces ha cambiado la vida de la familia Gómez. Gilberto es el segundo de tres hermanos y también el más tranquilo, el que no se metía en problemas. Los tres son ingenieros y trabajan. A Christoper, además de sumirlo en una profunda pena, le abrió los ojos y se dio cuenta de que las cárceles, de que los prisioneros, de que México, pues, no es lo que parece, no es lo que dicen las autoridades que es.

– Nos enfrentamos con todo tipo de corrupción. Para empezar, la corrupción que permitió el encarcelamiento de mi hermano Gilberto. Luego, la estancia en la cárcel, donde desde el primer día nos extorsionan a los presos y a las familias de los presos- dice Christoper mientras saca una bolsa de plástico en la que lleva, a manera de representación, “el barco”, lo que le llaman el barco en las cárceles y que no es otra cosa que la bolsa semanal que las familias entregan a sus parientes, y que va cargada de cosas: comida, papel de baño, utensilios de higiene, los objetos indispensables para vivir en la cárcel.


Porque todo cuesta, hasta formarse en la fila para entrar a la cárcel tiene un costo. ¿Quieres entrar primero? Hay que pagar 130 pesos. ¿No llevas tanto pero necesitas entrar? Cáete con 50 varos. ¿No llevas esa cantidad? Pues entonces éntrale con 30 pesotes. ¿No llevas nada? Entonces te formas en la fila de los que, si bien les va, van a pasar hasta el final, si es que pasan.

– La corrupción de los custodios en increíble- dice Christoper mientras va sacando las cosas de su propio “barco”. Pone en el catre un papel de baño, frascos transparentes de crema y otras cosas que se van perdiendo en su regazo. Saca las cosas con la fuerza de un indignado. Lo hace rápido y se enoja mientras recuerda. Además, sus manos se encuentran atadas con una cadena azul que les limita el movimiento. Él ha querido llevarse al plantón las condiciones que los presos viven en las cárceles para que todos se enteren de esa corrupción que es la impartición de justicia, el cuidado de los presos y el oficio de ser custodio.

Ya que uno comienza a pasar, tiene que ir primero al “corral de las vacas”, donde es revisado por un policía. Si uno la libra, es enviado al siguiente filtro y así se sigue hasta que se pueda llegar a donde está el familiar. Desde el principio, la extorsión está presente porque los policías exigen pago para dejar que “el barco” y la gente vayan pasando. Christoper dice que los policías sacan la comida y el contenido de lo que se lleva, y por sus puros güevos requisan todo.

-Esto pasa, esto no pasa. Esto pasa, esto no pasa. ¿Quieres que pase? ¿Cuánto le vas a poner? Hay unos que ya ni revisan el “barco”. Ya nada más estiran las manos para que uno les ponga el dinero. Y así es con todo. Para que el preso pueda caminar por el pasillo que va al baño, hay que pagar 10 pesos. Para que use el baño, hay que pagar diez pesos. Para que pueda regresarse, otros diez pesos. Es lo mismo si quieres a los salones a tomar talleres o clases. Diez pesos por cruzar los pasillos- dice el joven. La comida que se les da en la prisión está echada a perder. Una gran parte proviene de la comida desechada por los grandes centros comerciales, que está en mal estado o caducada, y que en lugar de tirarla se la vende a las prisiones para alimentar a los presos. Si no comes eso y si no te llevaron el barco, entonces no comes nada.

También se paga por otras cosas. Se paga por meter la comida a los refrigeradores. 30 pesos. Se paga para poder bañarse. 30 pesos. Se paga para tener cama. Se paga para que en la visita la familia pueda sentarse en una mesa. 10 pesos. Se paga por protección.

-Pero esa protección nosotros no la hemos agarrado porque nos advirtieron que luego son puras extorsiones, te sacan 20 mil pesos cada tanto y así, así. A los custodios les decimos que ellos pueden ser los próximos, y aunque ahorita pueden hacer lo que hacen, hay muchos a los que se les torció la suerte y ahora están presos, injustamente o no -señala Christoper, cuya familia ya ha pasado también por la corrupción de los abogados. El primero que tuvieron les sacó 130 mil pesos y nada más no hizo nada. Hasta un defensor de oficio habría podido desempeñar un mejor papel, dice, con los ojos más tristes todavía, mientras sus manos inconscientemente tocan la playera que viste, y en la que ha estampado el rostro de su hermano, que sonríe muy franco. La verdad es que los hermanos no se parecen físicamente.

Afuera, los policías estatales están practicando sus rutinas para los desfiles de septiembre. Se ponen junto a la carpa de los huelguistas un rato por las mañanas, para dizque ponerse de acuerdo en los ejercicios. Pero lo que en realidad hacen, y para lo que no necesitan práctica, es burlarse de los huelguistas, de reírse de quienes los asisten, de carcajearse de quienes van a verlos. Eso, a veces, es peor que la calor de la una de la tarde, el frillazo de las tres de la mañana, que la presencia afantasmada del gobierno mexiquense.

-Esos de allá enfrente -dice Christoper mientras se incorpora un poco y mira hacia el palacio de Gobierno- hicieron una mesa de diálogo. Y nos quieren comprar que con enfermeras y atenciones aquí en la carpa. Si nos quieren comprar, que nos den la libertad de nuestros familiares, con eso nos compran y tan, tan. Yo no me voy de aquí hasta que mi hermano salga libre.

Frente a él, la mesa de las vituallas donde colocan el agua, los sueros, las caretas, los geles, los desinfectantes, se vacía rápidamente. Algunos les llevan cosas pero todo se usa casi de inmediato. No es fácil conseguir ayuda y hacer empatía con una ciudad a la que de pronto el término de ojeta puede describirla demasiado bien.

-Creo que ya no tenemos miel- dice Christoper, mirando las cosas en la mesa al tiempo que sus manos encadenadas tratan de hacer un recuento de lo que falta.

En un rato más llegarán los jinetes y sus caballos. Han atravesado la ciudad para unirse a sus compañeros en el plantón. Ellos también hacen su parte y entre todos han conseguido llamar la atención de manera poderosa. El centro de derechos humanos Zeferino Ladrillero ha estado apoyando a los familiares, que se agruparon en el colectivo Haz valer mi libertad y esa fuerza les ha permitido protestar de esta manera.

Por ahora falta miel. Habrá que ir a buscarla.

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