Miguel Alvarado
Toluca, México; 14 de septiembre de 2019.
El calor le sofoca las ropas casi negras, manchadas de mugre como colguijos que dibujan mapas, líneas cardinales trazadas en el azar de una elección de vida que lo obliga a recorrer las calles de la ciudad.
En 2012 se le veía caminar y caminar y caminar.
-Mira, ese señor tiene más perros que vidas -decían mis sobrinas cuando se lo encontraban.
-No, no son tantos perros. Yo conozco otros que han tenido más. Hasta los cuidan mejor que a su familia y los dejan entrar a las casas, dormirse debajo de las cobijas -decía una de ellas.
-Pero están bien sucios –dicen las niñas- Y huelen feo, a perro muerto. Deben ser malos. Y el señor está flaco y parece malo, no te creemos que no sea malo, porque el otro día nos contaron que persiguió a unos niños y les pegó con ese palo que lleva en las manos.
Es malo, está sucio. Tiene perros, más de diez, y camina por las calles como si fueran suyas porque se detiene donde se le antoja y se sienta en las sombritas de los árboles o de las casas con portones. Trae un plumón y hace chinos. Bueno, figuras extrañas como uno de esos muñecos de palitos que las niñas hacen en la escuela y que trazan con sus lápices Blanca Nieves. Nada más que los del hombre, el mugroso, tienen cara de chino, como de mandarín y junto a ellos escribe cosas bien raras pero chidas, como una que dice “la influenza es culpa de los gachupines”.
-Pero nadie lee lo que escribe –dicen las niñas-. A nosotras ni nos gusta leer pero sí nos gustan sus chinitos, los que pinta en las calles. Un día lo vimos desde lejos y como que nos quería pegar porque se volteó y nos miró con sus ojos rojos, casi negros y dijo algo que no le entendimos, pero nos quería pegar. Entonces nos echamos a correr, pero luego regresamos y vimos su dibujo. Está chido… bueno, no tanto.
Las niñas sonríen mientras buscan dulces en sus mochilas y hablan de todo lo que miran, como si todo las traspasara. La calle, la escuela, son el resultado de una elección que a veces no quiso tomarse pero que sin embargo se hizo y en las llagas, las de verdad, las que el señor aquel se pinta en las manos y en las piernas flacas, apenas se puede leer el mensaje que envía a quienes sirven de filtro, de ejemplo de algo: yo digo que la vagancia es aquel helicóptero de la policía, pintado de azul que recorre la ciudad tres veces al día y que asustaba porque llevaba hombres armados apuntando a las calles.
Este hombre es uno de los personajes más famosos de la ciudad. Le llaman el Señor de las Bestias y reapareció en las calles hace una semana, después de años de no saber de él. En 2012 ya era muy popular cuando policías municipales lo detuvieron para llevarse a los perros que los acompañaban y que ya nunca le devolvieron.
Pocos saben dónde vive y que se llama Porfirio Lamerque Paredes, un hombre que ha logrado adaptarse al abandono de sí mismo. Escribe y pinta muros mientras todos especulan acerca de su pasado. En 2012 tenía 70 años, y una nota del portal electrónico de La Prensa da muchos más datos, y afirma que el Señor de las Bestias era “licenciado en Ciencias Políticas por la UAEM, maestro de política internacional por la UNAM y ex tesorero municipal durante la administración de Yolanda Sentíes” y que en aquel entonces vivía en un barranco, en estación del ferrocarril. Otras fuentes en redes sociales lo ubican como Alejandro Saldívar González, licenciado en Ciencias Políticas del Instituto Científico y Literario, maestro en Política Internacional en la UNAM, director de la Tesorería de Toluca de 1988 a 1990 y secretario particular de la alcaldesa Yolanda Sentíes Echeverría en esos años.
Las niñas miran los chinitos. Están en algunas paredes, en los tubos de los semáforos, en las vallas metalizadas que adornan pornográficas los lugares comunes, tan públicos, tan colectivos como uno mismo. Deletrean como pueden -porque apenas están en la primaria y solamente leen los libros de texto oficiales- los mensajes que deja aquel hombre.
-Mira, son como los que están en el baño de la escuela.
-No, los de la escuela son más bonitos, ¿no ves que hasta les ponen flores y toda la cosa? Estos parecen como las letras que hacen los maestros, nomás que dicen cosas raras.
-A ver, ga-chuu-piii-neeess. Gachupines. ¿Y qué es eso?
-Pues son unos zapatos puntiagudos.
-Ah, ¿en serio?
-No, ¿cómo crees? Ya, mejor vamos a ver algo en Netflix.
Y entonces, cómo le hacemos.
Porfirio no desapareció así nada más. En 2013 fue internado en una unidad médica de Ixtapaluca debido a un problema de salud. Quienes lo atendieron en esa ocasión dieron un diagnóstico más cercano acerca de la personalidad de este personaje: trastorno sicótico y posible esquizofrenia paranoide. Por eso lo internaron en el hospital Granja la Salud, para enfermos mentales. Se reportó que tenía un hermano en Sinaloa y que sería dado de alta y trasladado con él en cuanto la hernia que padecía pudiera curarse.
Hoy hasta un mural tiene, una especie de grafiti muy bien hecho que alguien trazó en una de las bardas del Mercado 16 de Septiembre. Ahí, hace unos días, Porfirio se dejó tomar fotos y sin mayores aspavientos se convirtió en el símbolo de una ciudad que no tiene mayor identidad que un equipo de futbol y un establecimiento de tortas en los Portales. Y es que Porfirio o como sea que se llame el hombre de la barba larga, no sólo encarna a su personaje, el del Señor de las Bestias. No es un artistas pero sí el representante de los desposeídos, de los invisibilizados, de los abandonados, de los pobres más miserables.
Eso que es el Señor de las Bestias también lo es Toluca, la ciudad más fría del país, en cuyo corazón apenas cabe la indiferencia: para los migrantes, para el Señor de las Bestias, para los desaparecidos, para los ejecutados, los secuestrados y los feminicidios.
Señoras y señores, el Señor de las Bestias ha regresado a la ciudad.




