13 diciembre, 2025

«Esta es la hora de las brujas, del caldero del oxígeno, de la férrea voluntad para no seguir»

«Esta es la hora de las brujas, del caldero del oxígeno, de la férrea voluntad para no seguir»

Karen Colín: diseño. Miguel Alvarado: texto y foto.

Ciudad de México; 13 de febrero de 2022.

Este es el impresionante Anahuacalli, un castillo o fortaleza diseñado por arquitectos de renombre, entre ellos Juan O’Gorman, y que funciona como un recipendiario de la colección fabulosa, fantástica y aterradora de figuras prehispánicas de Diego Rivera, quizá el pintor más famoso de México. Pero esta mole, que se asemeja al castillo de Frankenstein por lo sombrío de su trazo y las piedras volcánicas provenientes del volcán Xitle, mueve a muchas reflexiones. ¿Cómo se hizo Rivera de las más de 59 mil figuras que formaron su colección? Decía su pareja, Frida Kalho, que en eso invertía todo su dinero para que las figuras no quedaran en manos de extranjeros. Eran otros tiempos y el saqueo de coleccionistas nacionales y de otros países era más fácil, en realidad tan fácil como es ahora. Este, el del coleccionismo de lo que se considera como patrimonio nacional, es un debate que deja heridas profundas y abiertas en la arqueología que se practica hasta hoy en México.

El tráfico impune de estas figuras puede encontrarse en todas las zonas del país e involucra a nombres que se han hecho famosos a la sombra de descubrimientos y proyectos de rescate y conservación. Sí, el Anahuacalli es impresionante y terrible, y lo que ahí se exhibe es arte puro -del que no hay una sola cédula informativa, lo cual marca otro punto de inflexión en torno a este recinto negro- pero también doloroso porque narra un proceso de obtención del que apenas se habla. El inframundo y el cielo que intenta representar resultan la misma cosa a final de cuentas. Hay que visitarlo, hay que ensombrecerse aquí, hay que dejar que lo que representa esta casa monstruosa nos afecte, enseñe, nos grite, revele lo que quiere decir en realidad.

Aquí fue donde nos contagiamos del coronavirus delta.

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Toda la noche el ruido del concentrador taladra lo oscuro del cuarto y se instala en los pulmones para desgarrar los cilios y los alveolos. Es una enfermedad de luces verdes y azules, de ruidos y bips a toda hora, pesar constante debido a los mareos o remolinos enquistados en brazos y piernas. Ahí desatan sus tormentas. La debilidad duele y se concentra en las articulaciones. Uno mira las puertas abiertas, lo grisáceo entrando apenas y sabe que la ventana está abierta porque se mueve a veces, cuando el viento la agita. Toda la noche el concentrador avisa que hay oxígeno suficiente, que lo único que se necesita es conectar una manguera de plástico en la nariz y dejar que llegue el aire. Ya quebrada, la profunda oscuridad que hay a las 4 de la noche vuelve a romperse cuando ese tubo se enreda al cuello, se aprieta al brazo derecho y su propia respiración resopla. Sólo se necesita ahogarse para dormir. Esta es la hora de las brujas, del caldero del oxígeno, de la férrea voluntad para no seguir, del impulso de apagar el flujo. Es, sobre todo, darse cuenta de cuánto se ha perdido y cuánto debe uno tratar de olvidar, de acomodar entre cada partícula de aire.

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La manguera conectada a la nariz hace el ruido de una respiración humana, pero ese aire se ha llenado de una sensación de plástico. Se siente apenas una corriente de aire que resuena otra vez en la noche, otra vez en lo oscuro, cuando las mangueras responden lo que significa estar vivo pero rendirse. Me he dado cuenta que es eso, que ya no quiero seguir. Tampoco en el sueño se repone uno. En uno de esos sueños aparecía una pared, una barrera de grafito que impedía el paso. Estar ahí detenido, condenado a mirar la grisura de aquella punta gigantesca sin lápiz, explicaba la cancelación de la palabra, el sólido convencimiento de que más allá no había nada. “Aquí me bajo”, dicen, decimos cuando sabemos que no hay un espacio que haga diferencias. Ese mismo misterio también está en la canción del aire, en el indoloro ahogo de todas las noches, cuando se apaga la luz.

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Nos acordaremos de cómo ha protegido el gobierno de la 4T a los infiltrados de Ayotzinapa. Nos acordaremos de Citlalli, quien negoció la incorporación de uno de ellos como diputado federal. Nos acordaremos de Omeapa y de sus jefes narcos. También nos acordaremos que intentaron levantarnos en Tixtla y de la familia Mondragón y de Julio César, a quien le negaron incluso una muerte rápida o piadosa y también nos acordaremos de cómo buscan cuerpos los funcionarios del gobierno federal, de cómo han cerrado los expedientes a las víctimas. Nos acordaremos que un día estuvimos del mismo lado y que inexplicablemente muchos de los que ahora son gobierno se fueron para el otro. Nos acordaremos, además, de que el destino de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa lo sabíamos desde 2016, pero cuando llegó el momento le dieron voz a los responsables. Nos acordaremos que no es lo mismo ir solos a Carrizalillo que con 200 soldados como guardaespaldas y nos acordaremos de todas y cada una de las palabras que se han pronunciado y se pronunciarán. Nos acordaremos que quienes son ahora parte del sistema han subido de peso y han comprado lo que antes era un lujo innecesario. Nos acordaremos de su silencio, pues prefirieron cerrar la boca para mantener sus trabajos que denunciar o renunciar ante lo indigno. Nos acordaremos que Ayotzinapa es hoy un caso electoral y será resuelto en la coyuntura de los comicios presidenciales. Nos acordaremos que los trabajadores de la 4T le tiene miedo a sus superiores y que llegaron al poder dándole la espalda a Ayotzinapa, a la que cerrarán tarde o temprano. Nos acordaremos y lo escribirimos, lo contaremos y publicaremos precisamente para nunca ser como ustedes.

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Sin embargo, en la ventana de enfrente hay una mujer sentada a una mesa que trabaja en algo todo el día. Junto a ella hay dos computadoras y en una pone siempre una película, que es de acción porque las figuras corren, gesticulan, llevan armas y hay explosiones, persecuciones, cuerpos volando. A veces, a las 11 de la mañana, abre la puerta de cristal que da al estacionamiento y brevemente barre el balcón minúsculo. Entonces respira. Estirándose, toca el cielo raso con los brazos que al mismo tiempo forman una curva por encima de su cabeza mientras las hojas en su escritorio se remueven por el viento que allí sobra. Más tarde comerá un sándwich o algo parecido, siempre sentada en su lugar, siempre con las dos pantallas encendidas.

No, no es eso, no es nada. Es apenas el concentrador que se ha quedado sin agua.

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Respiro. Hace dos horas que sólo escucho el motor del oxígeno y siento la fuerza rugiente de su motor, que calienta este espacio como una hornilla. A esta hora, Ramsés ya ha reportado un muerto, una balacera y un accidente de tránsito como si nada, mientras yo me he colocado la mascarilla, he desayunado, he tendido la cama y por último me he metido a bañar. Esas son las diferencias alveolares, que nos van retrasando en el orden del mundo, incluso en decir que ya no se quiere seguir con nada. El aire que sale de la manguera es una ola constante que no sólo va y viene, sino que se queda traspasando, transitando ese camino de plástico. La manguera se ajusta a la carne y termina por incrustarse como un golpe.

No, esto no se compara con lo que han pasado lo hospitalizados, ni con lo que sufrieron los muertos. Ahora el oxímetro marca 74 puntos.

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Me siento triste, muy triste. Deseo que no haya nada, que no esté nadie. Ha sido un mes agotador para todos y el sueño que me domina no tiene forma, sólo no hay nada cuando sueño, apenas un duro vacío que se parece al movimiento de una puerta al cerrarse. Se ha quedado todo el día la respiración de la manguera, del aparato que por suerte se consiguió. Todos los días pienso en los que no pudieron tener nada cuando los atacó el coronavirus, y en los que murieron ya en los hospitales o en sus casas con los ojos y las bocas hinchadas, sin tanque ni aparatos. Sigo navegando delta adentro, cada vez más asombrado de cómo es que el ahogo apenas se siente si llega de a poco. Tengo el alma envenenada y a esta hora de las brujas, quisiera que no estuviera nadie, que no pasara nada.

Trescientos doce mil muertos después, respiro.

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