Escuela Superior de Fotografía Lumière: texto y fotos. Brenda Cano: diseño. Ricardo Fabela: foto de portada.
Toluca, México; 9 de enero de 2022.
Generacional, así se catalogaría el trabajo de la familia Arizmendi dedicada al oficio de la alfarería en Tecomatepec, Ixtapan de la Sal. Desde hace tres generaciones, ese trabajo ha roto las barreras del tiempo y el espacio, no sólo como un conocimiento al que hay que heredar y una manera de manutención, sino como una forma de vida.
Producir no solamente significa trabajo: significa tener una experiencia ocupacional que se ve plasmada en cada pedazo de barro regado por el camino, en el calor de un horno encendido, en el aroma de la pintura fresca y cada pisar, no sólo de lo que se llama taller, sino de lo que ellos llaman hogar.

Niños jugando con piezas defectuosas, madres criando hijos y atendiendo hogares, padres que dignamente se esfuerzan por llevar el sustento a casa; personas que han crecido a la vez que los hornos se calientan, que van dejando huella entre esas piezas de barro que hoy ya son parte del paisaje en el que cada miembro de la casa, hasta las mascotas, han dejado testimonio de una forma de vida.
Don José mira la gente pasar a su negocio de artesanías desde la silla que ocupa, es un día normal para él, que lo pasa entre las personas que deciden comprar lo que su taller familiar produce, lo cual le hace pensar en lo minucioso de cada pieza fabricada, comenzar cada vez el proceso desde cero para culminar en la venta al público.

Porque, así como cada pieza lleva un proceso, el de formar a una familia completa en el quehacer alfarero no es nada fácil. Se sientan las bases y conocimiento del material, se comienza a moldear, posteriormente a esmaltar, lijar, quemar, pintar y finalmente a vender.
Una línea del tiempo se dibuja como una huella que se deja marcada sobre el barro; son tres generaciones que conviven en un mismo espacio, en un mismo tiempo, en un mismo horno. La tradición y la experiencia parecen pesar más que la sistematización que eventualmente podría obtenerse de los estudios universitarios.

Los pasos se asemejan a cada uno de los integrantes del taller, una especie de línea de vida que sitúa a tres hombres de la familia: desde Jesús, el más joven que es como una pieza que aún está cruda; Ángel, el hijo de Don José y padre de Jesús, que ha llegado hasta la primera quema, y por su parte Don José, la pieza terminada que conjunta todos los pasos y personas anteriores.
Los tres, desde distintos momentos, han adoptado esta actividad como el sustento principal de la familia, pero también han decidido ser parte de la línea de vida que se moldea en cada generación, de una forma distinta, pero con un común denominador.

Cada generación entiende lo que pasa por sus manos, aquella primera que compró un yacimiento de barro hasta la que se ilusiona de llenar camiones con los requerimientos necesarios para que acepten su mercancía por millares en Estados Unidos. Sin embargo, en la mirada cansada de don José hay un dejo de desilusión, parece que es el único que entiende que la tierra que compró, junto con los abuelos de la comunidad de Tecomatepec, no está dando los frutos que esperaba.
En sus palabras se nota el enojo de saber que se trabaja mucho por un precio injusto de sus productos, que más allá de un consenso comunitario el precio está marcado por una tradición sin relación con el costo-beneficio. Tal vez don Ángel, quien ahora está encargado del taller no tenga el tiempo suficiente para preocuparse por eso, pues en el taller la producción no para, hay que entregar miles de piezas de barro y se vacían los moldes, se esmalta y se llenan los hornos sin detenerse a pensar que todo ese esfuerzo tiene un costo que no se les está retribuyendo.

Don José mantiene su mirada altiva e invita a pasar a los transeúntes a ver lo que su tienda ofrece. No permite que le regateen. Conoce el valor de cada una de sus piezas, pero también conoce el valor de cada uno de los integrantes de su núcleo.
Poco han cambiado los diseños en estos años, la razón es que el cliente siempre pide lo mismo y que la constante y demandante producción que necesitan entregar no permite detenerse para “innovar” en diseños o probar nuevos esmaltes. A pesar de esto, Chucho (que estudió ingeniería industrial), tiene como proyecto la construcción de un nuevo horno donde se pueda quemar sin resumidos de plomo, pues los productos que contienen dicho elemento no pueden ser comercializados en Estados Unidos.

Entre las tres generaciones, si bien hay diferencias en cuanto a la visión que tienen para el negocio, existe una pasión que los une, un amor infinito por el trabajo que les ha dado tantos años de comer, un oficio que comienza directamente en el suelo que pisan, que pasa por sus manos y que después, al calor de un horno, como hogaza de pan, se termina de materializar para convertirse en ese sustento que seguirá sosteniendo por lo menos a una generación más de alfareros.









*
Este texto fue elaborado por alumnos del Taller de Fotografía Documental del sexto trimestre del Diplomado Integral en Fotografía de la Escuela Superior de Fotografía Lumière.



