12 febrero, 2026

El registro de los días

Miguel Alvarado

Toluca, México; 26 de diciembre de 2020.

Llevar un diario de reporteo para mí significa lo mismo que hacer el aseo de una casa, del cuerpo que le toca a uno. Cada vez escribo menos en mis diarios personales pero el acto de leerlos ahora representa lo mismo que un descubrimiento. He acumulado nueve de estos diarios agrupados en un cuerpo al que le he llamado “Pero nunca no”, frase que proviene de un viejo cuaderno que, siempre sí, terminé tirando.

Los reporteros que llevan un diario evidentemente registran distintas cosas. Información, horas, impresiones personales sobre todo. Hay algunos obsesivos cuyos cuadernos de notas tienen una descripción de quien ha estado tomando agua, caminando por la ciudad, comiendo con ellos, pero más bien se estructuran como una bitácora que excluye las opiniones personales, las cosas que provienen de nuestros abismos. Yo pongo lo que me va diciendo la angustia.

Los diarios de reporteros no son comunes o no se conocen públicamente. Se conocen más los diarios de vida llevados por escritores, pintores, escultores o estrellas del rock y del cine. Uno de ellos, el Libro del desasosiego, del portugués Fernando Pessoa, es una obra de arte que ha logrado poetizar lo cotidiano: sentarse a la mesa, tomar café, mirar a quien nos gusta y nos ha rechazado, y hace de las calles y los cafés un elemento del drama que para Pessoa era asistir a una tabaquería, hacer cuentas en su oficina, convivir con sus propias personalidades desdobladas. Otro ejemplo, el del rockero Kurt Cobain, describe el paso de un grito por la vida del rey del grunge, que al final tuvo que dispararse él mismo cuando supo sonriente, como un espíritu joven, que no tenía sentido seguir adelante.


Los registros pueden hacerse de muchas formas. Hay diarios en los que se dibuja o se pegan cosas. O ambas. Se ponen fotos, cosas tan simples como un cerillo, un boleto del Metro, el clip que se usó para entregar una renuncia firmada.

También hay diarios en video y las cuentas de la red social de fotografías de instagram resultan hoy una especie de registro que expone lo íntimo con más o menos cierto hilo narrativo, aunque la inmensa mayoría apenas resulta la compilación de algo informativo, solamente. Sin embargo, es cierto que las redes sociales lo han convertido todo en una dinámica de diario y expone sin más el alimento que le damos, el que acostumbremos consumir. Los buscadores de desaparecidos llevan sus video-diarios y los comparten para que se conozca cómo trabajan y la fatalidad que representa la policía, el narco, los asesinos para este país. Los delincuentes igualmente lo hacen. Antonio Olalde, el “Broly Banderas”, era un sicario de ojos verdes de principios de este siglo que trabajaba con los Caballeros Templarios de Michoacán. Se hizo famoso porque mantenía redes sociales y daba cuenta de sus hazañas y conquistas amorosas. Su diario incluía respuestas a sus “fans”, la velada confesión de ser bisexual y su admiración por Dragon Ball Z. Hoy, ni siquiera puede confirmarse que el Broly Banderas haya sido un personaje real.

Los extractos que presentamos aquí son parte de un diario permanente que escribo desde 1997, y que seguramente narran pozos sin fondo o laberintos de múltiples salidas. Puede ser una crónica de gozo pero también del más profundo dolor. Sin embargo, desde la escritura recuerdan una parte de las ganas que tenía y que ahora ya no están más, o de los miedos que descubrí y que de todas maneras me atraviesan cotidianamente. Otros pasajes son de plano introspecciones ante algo público, pero también lo contrario: el lugar común de alguien que nunca se acostumbró a las calles pero tampoco a estar alejado de ellas.

7 de enero de 2017

“Deja que el futbol te cure”, le dijeron a Bobby Charlton cuando falleció Duncan Edwards y junto con él unas 28 personas, entre ellas siete footbollers ingleses en un accidente aéreo en Munich, Alemania, cuando el United, el verdadero Manchester, no la corporación que se enriquece a la mala con el futbol de hoy, volvía de Yugoslavia después de empatar con el Estrella Roja a tres goles, en 1958, en la original Copa de Europa. Edwards era una de los más importantes futbolistas jóvenes de la época y se perfilaba como el mejor del mundo. Nunca lo fue y nunca se sabrá si habría competido con Pelé, que en ese momento era un desconocido fuera de Brasil. Charlton lloró la muerte de su amigo incluso antes de perderlo, pues le tocó estar con él en la cama de un hospital de Alemania, donde esperaba que sus riñones se recuperaran. Contaba que fue el único jugador con el que, su lado, se sintió siempre inferior, un farsante del futbol. Duncan tiene una estatua en la explanada del viejo Old Trafford y será siempre, para los seguidores del MU, mejor que cualquiera.

Charlton, retirado por espanto y depresión, volvió pronto al equipo para ganar el primer partido de semifinal al Milan del campeón mundial Schiaffino y del primer Maldini, y luego caer en Italia cuatro por cero. Estuvo en el Mundial de Suecia y empató a cero con el Brasil más maravilloso de todos, aunque los tres puntos que consiguió en la primera ronda no le alcanzaron para avanzar. Bobby fue campeón del mundo, ocho años después, “haiga sido como haiga sido”.

Duncan Edwards es el mejor.

El más rápido.

El más inteligente.

Pero también el más muerto.

Estamos en contra. Vamos en contra. Reporteamos en contra. Diseñamos en contra. Editamos en contra. En contra de los que paraliza el miedo. Vamos en contra de nosotros mismos.

Entonces permite que escribir te cure, ya que no puedes jugar futbol.

Permite que reportear te cure, ya que no sabes escribir.

9 de abril de 2017

El perfil de la iglesia se refleja en tu cara. En tu busca la ciudad me reventó las piernas. Qué escaso el corazón, qué ganas de quedar bien con otros, de poner precipicios en el empeño.

Cerca, pero no tanto, la soviética María Shalneva, con dos banderas de posta, dirige el tráfico de Berlín en la Alexander Platz, el primero de mayo de 1945. La ciudad ha sido tomada por el Ejército Rojo a pesar de la masacre que sufrió de parte de su propia dirigencia. Empieza mayo y ya se sabe que Shalneva pasará a la historia. Detrás de su risa todo es ruina y por ahora nadie pregunta nada. Ella sonríe en la plaza en la que hoy alguien pintaba el rostro de la amada, en el suelo, y luego volteaba y pedía monedas para un boleto de avión a Irán. A nuestra espalda, a unos metros de distancia, el fotógrafo Yevgueni Jaldéi disparaba su Leica en 1945, la misma que retrató el Reichtag con la bandera y su hoz ondeantes y a una joven asesinada por soldados alemanes mientras sus manos acunaban palomas.

Quisiera decir que estoy asqueado, pero no sería justo, ni siquiera preciso.

Entonces las piedras.

El descenso.

5 de julio de 2017

Todo comenzó cuando una zona arbolada de Paseo Tollocan fue condenada a muerte por el gobierno del Estado de México. Luego se supo que el centro comercial Liverpool había pagado 140 millones de pesos para construir ahí un acceso a sus tiendas departamentales. Quien hará la obra es una empresa propiedad de la misma Liverpool, pero hay una historia que nadie conoce y que explica desde el extractivismo la urgencia de apropiarse de un espacio público. ¿Qué hay ahí debajo?

Agua, necesitamos agua, dicen los colectivos empeñados en esta defensa de pan de dulce y chocolate. El rock ha llegado a las siete de la noche, cuando Liverpool enciende su mala entraña y a 200 metros sus empleados escuchan que alguien está entre dos tierras y no deja aire que respirar.

Todo está listo. Ya los infiltrados, los enviados que negocian, las patrullas alrededor, la inocente resistencia de los que no saben cómo funcionan estas cosas. Aquí están todos, los buenos y los malos, los condenados y los líderes.

Entonces me miras, no dejas de mirarme.

Cómo te digo que no puedes quedarte conmigo, que mi camino siempre irá por abajo, abrazado a los que están ahí.

Con los ahogados.

3 de junio de 2019

Antes de entrar a la autopista a Puebla hay una recta que no termina hasta que las casetas de cobro y una desviación la truncan. El peaje de San Buenaventura cobra cuatro pesos y en la de San Marcos hay que pagar 20 por dar la vuelta. Eso cuesta el paso aquí, la propiedad privada del suelo público. Íbamos ahí cerca, ya casi, ya mero, como dicen. Y mero llegamos y ya se sabe que siempre hay que esperar, mejor dicho saber esperar sin hablar ni enojarse porque a veces las cosas no salen como uno planea. Íbamos para ver si podíamos desmentir a un estudiante de Ayotzinapa que se hace pasar por víctima. Entonces llegamos y quien iba a decirnos lo que después nos dijo no estaba, pero ahí en esa calle donde nos estacionamos había un local y una señora muy pequeña vendía quesadillas. Ahí se sentaron mis compañeros, y al cabo de un rato otras personas llegaron. Se reían mientras pedían quesadillas y refrescos.

-Acabo de comprar 200 kilos de coca y hay que moverlos- dijo uno a los demás, que en total eran seis. Entonces le marcó a alguien a quien le ofreció lo que tenía, pero le dijo que no se emocionara, que era de la más mala, porque era para los decomisos y que si la quería pues ya estaba avisado, porque de verdad era la más mala.

Entonces llegó a quien esperábamos y nos dijo que los coqueros ya habían matado a dos.

“Aquí mero, a 10 metros de donde estás parado”, dijo, señalando el poste de luz o un espacio entre un auto estacionado y la esquina. Se las vinieron a hacer de jamón y se sorrajaron unos disparos y ahí quedaron tirados, hace bien poquito, casi les toca a ustedes”.

5 de mayo de 2017

Un muro en Berlín decía: “Disfruten la guerra. La paz será peor”, cuando morían 54 mil alemanes prisioneros de los rusos luego de la debacle de Stalingrado, en enero de 1943. Allí, a 30 grados bajo cero las marchas de la muerte llevaban a los presos rumbo a los campos de concentración descalzos y apenas cubiertos, sin agua ni comida.

En Guerrero hay 6 asesinatos diariamente desde enero del 2017 y una zona de control narca desde el penal de Las Cruces en Acapulco, ejercida por el cártel del CIDA, que dejó a principios de julio nueve decapitados, 19 muertos y 20 fugados.

Pero en Toluca, donde no hay muros todavía, las flores se adornan con flores y alumbran con luna o sin ella.

Este no era el trato.

 8 de abril de 2017

Albañiles en la normal rural Raúl Isidro Burgos descansan un momento, antes de reanudar los trabajos de remodelación y mantenimiento para los que fueron contratados. Es abril del 2017 en la foto y fuimos a la escuela porque en la noche habría un baile y los más jóvenes querían ir. Los demás dormiremos a las dos de la mañana después de escuchar una historia sobre guerrilla intelectual e infiltración, en una de las aulas vacías – pues cómo no, a esas horas-, apuntada con tinta azul en la vieja Moleskine verde usada como bitácora y diario para la investigación de Guerrero.

El último párrafo de esa libreta dice: «cuando les maten a su chingada madre, entonces cobren los tres millones de pesos».

Y dice: «se lavan las manos con la sangre del pueblo. Nosotros seguiremos esta lucha y seguiremos en resistencia». Las palabras de la familia Mondragón no son las únicas. Está la lista de las armas usadas en el ataque contra los normalistas, un teléfono a la orilla de la hoja, donde alguien puso -no yo- “no al silencio”.

La bitácora, cuando el hommie dijo que Ayotzinapa te abre los ojos, y donde yo respondí que también te los cierra, tiene las declaraciones del general José Rodríguez Pérez, jefe del 27 Batallón de Infantería de Iguala en el 2014, donde acepta que personal de la Sedena controlaba el C4, y eran «dos elementos de nombres soldado de Infantería David Aldegúndez González Cabrera y sargento segundo de Infantería, Felipe González Cano».

Iguala es un viaje, un trazo, la ruta de otros que son lo mismo que uno.

Pongamos, Julio, que ya no puedo hablar de ti. Pongamos que sólo puedo hablar contigo.

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