21 abril, 2026

No lloren. No lloren. No lloren. El cabello saldrá de nuevo

No lloren. No lloren. No lloren. El cabello saldrá de nuevo

Miguel Alvarado

Toluca, México; 24 de junio de 2021.

Ahora que las veo ahí paradas, sobre las sillas, en plena calle sin que a nadie les importe -quiero decir, a ningún juez, a ninguna autoridad, a ninguno que tenga el poder de hacer algo- ahora que las veo, decía, ahí paradas, tan pequeñas como niñas, me acuerdo de los presos del penal de Tenancingo, que se arrejuntaban en la mesa en la que platicábamos con uno de los internos, que contaba con los labios cerrados las cosas que lo habían llevado adentro, a purgar 47 años de condena cuando no se le había probado nada, nada de nada. Pero hace tanto de eso que ya no me acuerdo de él, de sus ojos negros como los posos de nuestras uñas, negras de tanto rascarle a los pisos, a las paredes y a los cartones en los que a veces dormía. Hace tanto de eso que no me acuerdo sino de la voz y la cabeza agachada, de los guardias pasando ahí cerca, mirando nomás porque la verdad es que sabían que adentro había un reportero y hasta eso nos dejaron terminar, pero no volver. Me acuerdo, sobre todo, de los demás presos, unos cien que de pronto se sentaron en silencio junto a nosotros, escribiendo como epilépticos, sin eso cabe decir, en las servilletas de las carnitas que las familias les llevaban. Era domingo. O sábado, ya no me acuerdo, pero esas servilletas las tengo junto a los expedientes con las historias y la sentencias cuando las hubo. Porque lo que más había era nada, la espera por una resolución, por un abogado que por lo general nadie podía pagarse y por eso dejaba la ley en las manos, en los ojos de Dios, pero a veces Dios es ciego o, más bien, uno es incapaz de verlo.

Y verlas hoy ahí, gritando sobre todo por sus hijos frente al edificio muerto del Poder Judicial, verlas, decía, subidas en las sillas ofreciendo sus cabelleras. Verlas gritar, porque los gritos también se palpan, se tocan, se auscultan, se los pone uno en su garganta para que no se olvide que debemos defendernos, que lo último que debemos dejar de hacer es defendernos.

 Entonces nos defendemos. Ustedes, con las pancartas y las fotos de sus hijos, sobre todo, pero también de tíos, padres, madres, adolescentes que se encuentran presos, sí, pero probadamente inocentes y con todo y eso no poder salir. Porque los hay que no lo son y esos son los que salen más pronto. Adentro se quedan casi para siempre los que son inocentes y eso lo pude ver en los expedientes de los presos de Tenancingo en 2015, cuando todo era más fácil, incluso más peligroso.


Así que verlas ahí paradas, verte a ti, que llorabas pero en eso te diste cuenta y te aguantaste, que llorabas cuando escuchaste la máquina de rasurar cerca de tus orejas significa para mí que las cárceles y los presos injustamente acusados encuentran su extensiones en carne como la tuya, en corazones como los de tus compañeras, a las que ya tusan y en las cabezas comienzan a aparecer los primeros cráneos.

Alguien, al micrófono en esta manifestación de familiares presos por culpa de la justicia podrida del Estado de México, se ha referido a la leyenda de Sansón. Al principio no supe por qué pero alguien que llevaba las máquinas de rasurar se encargó de responder. Y tú, la que tienes el cabello largo, largo, pintado de morado, te paras ahora en la silla que te toca y con calma y parsimonia aceptas que te quiten tu cabello.

Esta es la justicia del Estado de México, del gobierno ya ni tenócrata de Alfredo del Mazo, primo del ex presidente Enrique Peña, a quien en otros escenarios se le conoce como El Intocable. Es justicia, decíamos, del cabello roto, recogido por alguien en una cajita de cartón porque servirá como ofrenda para las 23 familias que reclaman la aplicación de la ley de Amnistía, la cual los jueces no quieren ejecutarla porque, dicen, en el caso des estos 23 presos se trata de delitos de alto impacto.

Las familias siempre dirán que sus parientes son inocentes, y la Fiscalía que no. Para eso están los jueces, que deciden y uno se pregunta qué es lo que deciden, cómo lo hacen y cómo vive, cuántos autos, cuántas cuentas tienen.

Ya vi que lloras, que es imposible aguantarse cuando ves de reojo que los cabellos vuelan de tu cabeza. Frente a ti, entre todos levantaron una ofrenda, la cosa más sencilla que se pudo y que contiene, entro otras cosas, un balón de futbol y el escudo gigante del Cruz Azul, un equipo desahuciado que ahora es campeón. Y eso, que parece para nosotros los que vivimos afuera una nimiedad, es para los de adentro un símbolo de algo que se nos escapa, aunque de cualquier manera lo sentimos claramente. Una foto de Luis Edgardo Ávila, otra de Kenia Inés Hernández. El trofeo, la fruta, los balones, los zapatos de los bebés, las botellas, la fotos, los cirios, las playeras y los rostros, las decenas de fotos con los rostros de ustedes, los de afuera y los de adentro. El té de cedrón, que alguien lleva como una flor que abre en medio del sol, inunda con su olor la calle de Bravo en el centro de Toluca.

A eso huele afuera y por eso uno busca siempre salir.

No lloren. No lloren. No lloren. El cabello saldrá de nuevo. Y los injustamente presos, también.

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