Miguel Alvarado
Ecatepec, México; 8 de septiembre de 2021.
Lo primero es limpiar el nicho de la Virgen. Hay que tallar hasta dejar casi pulidas las piedras que la fe y los hombres que le sirven pintaron de blanco y gris, de negro y café, de azules casi celestes. Este nicho se encuentra a mitad de la calle y sólo por eso ya no es lo que debía. Pero sí es una casa para la imagen, ante la que muchos se detienen sobre todo para ensimismarse. Ayer esa casa, que dicen que es sagrada, quedó rodeada del barro y la podredumbre que arrastró la tromba de hace dos días en 19 colonias que demostraron desde la pérdida el desorden que es y que será Ecatepec, el municipio más violento del Estado de México, pero también el más poblado, el que más muertes tiene por covid, el que más pandillerismo alberga en sus calles, el más desigual, el más deseado electoralmente.
Por aquí pasa la Sierra de Guadalupe, o lo que antes era eso, porque ya casi es tragada por la modernidad que alcaldes como Eruviel Ávila, quien luego fue gobernador del Edoméx, se encargó de endilgarle al municipio de la peor de las formas. Del otro lado, a esa modernidad podrida, llena de casas que van a caer en cualquier momento pero siempre resisten, de calles torcidas nacidas del abuso, de la corrupción abisal, decimos, esa modernidad herrumbrosa es apenas contenida por una barda que dice “hasta aquí”, pero no dice hasta cuándo alguien se la brincará y comenzará a fraccionar.
La sierra, finalmente, reclamó desde su origen por la llegada de quienes construyeron desde la exclusión y por ahí bajó el agua de la tromba que arrasó con 19 colonias y 15 comunidades que se trepan por los cerros. Al fondo de esta calle sin nombre en la que se detuvo la gente para limpiar la minúscula casa de la Virgen, un vetusto trascabo intenta quitar los desperdicios que se desprendieron de todos lados, de las casas en las que servían de menaje. Ahí, junto a la máquina operada con la pericia de quien está acostumbrado a la pérdida y a decir que siempre se ha levantado desde esa basura que lo insulta sin que se dé cuenta, desde la basura en la que él y su familia están condenados a vivir para siempre, sus vecinos palean el lodo y los cientos de palos o maderas venidos calle abajo en lo peor de esta jangada, cuando todo era arrastre y furia, nada más el sonido de una cascada de aguas pardas rebotando contras las casas, llevándose los autos.
-Aquí, aquí. Límpiale aquí- dice el anciano de la chamarra roja mientras le pasa una pala a alguien más joven y mueve los brazos como si pintara la casa de la Virgen de un solo brochazo irrepetible, invencible si se quiere, para terminar con esto de una buena vez. Pero la máquina atrás lo distrae y mejor mira resignado al enorme hocico de hierro que se lleva la basura.
Es puro cascajo salido de las casas, y eso nadie tiene que decirlo.
Otra calle. Otro vecino que trabaja para limpiar el paso se le queda viendo a la basura envuelta en el fango que persiste a sus pies, que nace como una flor rabiosa. Junto con él, otros arrastraban muebles a media calle. Ya no son camas, ni sillas, ni mesas los amasijos que se están removiendo. “Esta era una barranca”, dice entonces el hombre, mientras le da un sorbo a su Carta Blanca, que se toma con sus compas, recargado en una pared. Es que aquí, aunque el agua llegue hasta el cuello, no deja de ser Ecatepec ni las bardas de tener los agujeros que ya tenían, pero que ahora se ven de otra manera porque, fácil, la inundación subió un metro en estas calles.
– ¿Por aquí bajó la corriente?
-El agua bajó de una presa que está allá arriba, por las colinas del cerro. La presa se llama Aguamilpa, fue la que se reventó. Esos carros que se arrastraron son como cinco o seis. Y hubo un muerto a la altura de Los Mofles, así se llama el lugar- dice uno que bebe y cuando lo hace, también se preocupa.
Además de sostener el bote de Carta Blanca, los vecinos palean. Lo han hecho todo el día y sus voces, ya para la tarde, se confunden con el siseo intermitente de las máquinas. La calle parece un tianguis donde se exhibe lo perdido: a la mitad de lo que era el paso vial ahora están los muebles revolcados, las mesas de centro que no opusieron resistencia alguna, las cajas con revistas y papeles que no sirven para nada. Sobre un auto del que no puede reconocerse la marca, hay una lámina de madera arrancada de la puerta de un clóset. Las llantas de este auto se han quedado clavadas hasta la mitad, en el fango que ahora se cuece lentamente, y el agua, esa cosa parda que brilla bajo el cielo gris, no cesa de correr calle abajo, en hilos de agua que a todos les recuerda el estrépito de aquella muerte líquida que libraron por poco, por suerte.
-¡Qué me ven, qué me ven!- grita alguien a quien no se le puede ver porque está detrás de una montaña de escombro. De esta voz sólo se oye, además de su mantra que aleja, el sordo arrastrar de la pala contra el suelo, el áspero resbalar de la hoja contra el fango enquistado.
Dos días después, Ecatepec no se ha recuperado de los efectos de la tromba que lavó desde muy adentro la realidad frágil y desarticulada del municipio. No hay para dónde hacerse. De arriba le tocan la lluvia y las aguas. De abajo, el infierno del hombre.



