23 abril, 2026

La niebla envolvía lo que nos quedaba

La niebla envolvía lo que nos quedaba

Toluca, México; 6 de diciembre de 2020.

Editor, pero sobre todo reportero, Miguel Alvarado (nacido en Toluca), escribe también poesías y cuentos. Sobre esto último, algunas de sus narraciones nacieron de lo que ha visto en las calles, en los caminos que ahora ya no se atreve a caminar. Esta serie de cuadros ha estado guardada por años y por años se ha prometido que algún día la revisará, la editará, se pondrá en paz con lo que alguna vez dijo. Quizá ya sea ese momento.

Yo y mi padre éramos la corteza de un árbol, el canto oscuro de una selva que no permitió jamás que cruzáramos el umbral. Yo y mi padre éramos el recibo del gas, la mañana sin desayuno y la barba crecida, que espera hasta lo último para raspar una carne ya herida.

Salimos de la casa que habíamos rentado en las afueras. Caminamos en silencio, mientras la niebla envolvía lo que nos quedaba. Su mirada era una mano que me guiaba y cuando yo perdía el rumbo su silenciosa indicación me señalaba dónde debía mirar.

Una vez llegamos a la carretera y su mano no se movió. Había gente que se arremolinaba en torno a un bulto. Estaba tapado con una cobija de colores, como la que usábamos para taparnos en la noche.

Su brazo no se movió y quisimos pasar de largo. Me detuve un momento pero la gente que llegaba terminó distrayéndonos. Mi padre no dijo nada, aunque se paró adelante, esperando que lo alcanzara.

Entonces al muerto le miré el sol en los ojos, la barba blanca que despuntaba entre las arrugas, la nariz larga que oteaba un viento que no lo reviviría. Mi padre se dio cuenta y regresó por mí, y con su brazo tocó mis hombros para hacerme caminar otra vez.

Yo no conocía el resplandor de la muerte pero en ese momento me pareció dulce por inacabable.

Entonces caminamos juntos otra vez por la curva infinita que nos devolvió a casa sin haber llegado a ninguna parte ese día.

Esta fue la única vez que mi padre detuvo su brazo y no levantó los ojos. En cambio, me mostró el sendero, la pelota de futbol, la cabellera de mi madre acariciada y querida, brillante bajo el sol como un ramo de rosas amarillas.

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