Consuelo Chávez Durán
Ciudad de México; 22 de agosto de 2020. Mi familia, como tantas otras que radican en la Ciudad de México, llegó a la capital del país hace nueve décadas y lo hizo utilizando uno de los medios de transporte más populares de la época, el tren. Mis ancestros venían de Michoacán, por lo que utilizaron el famoso tren conocido como El Purépecha, que cubría la ruta México-Uruapan. En la Ciudad de México el tren llegaba a la legendaria estación de Buenavista, de donde salían también los trenes hacia todos lados de la República.
Los primeros vagones de ese tren eran los de segunda clase, y le seguían los destinados a la primera clase, con asientos numerados, y luego los vagones Pullman.
El trenecito, como siempre se le dijo de cariño en mi familia, fue durante muchos años el medio de transporte más importante para los Chávez, ya que nos permitía regresar “al ranchito”, a ese viejo y querido terruño de nuestros abuelos. Todas las vacaciones volvíamos a esa zona apartada del país, a donde sólo se podía llegar en tren. Era una ranchería ubicada en Michoacán, más allá de Maravatío, de nombre Los Lirios.
La historia que aquí se narra tuvo lugar en ese tren, en El Purépecha, un día cualquiera del año 1959. Es una anécdota que le escuché a mi tío Pablo cuando se la contó a mis padres. Yo aún era una niña, pero jamás la olvidaré.
Cierto día, el tío Pablo decidió visitar a los familiares que vivían en Michoacán, por lo que se levantó temprano para llegar a buena hora a Buenavista, donde compró su boleto en la taquilla. Como iba a viajar en segunda clase, era importante llegar temprano a la estación, para así tener más posibilidades de alcanzar un asiento libre. Contó que en cuanto el tren era anunciado para su abordaje, la gente corría a él, empujándose unos a otros, a fin de subir enseguida, alcanzar lugar y poder viajar sentado. En la segunda clase, quienes no alcanzaban un lugar tenían que hacer el recorrido de más de diez horas a pie.
Muchos eran los viajeros que llevaban bolsas de gran volumen, cajas, animales, mercancía y alimentos, y de ahí el nombre de guajoloteros, porque sí, hasta los guajolotes, las gallinas y los cerdos eran viajeros frecuentes del tren.
Larga fue la fila que el tío tuvo que hacer en la taquilla para llegar a esa ventanilla de hierro forjado, que lucía las iniciales de FNM (Ferrocarriles Nacionales de México); compró su boleto y corrió hacia el tren, pues recién se escuchó el llamado para abordarlo en el andén número dos. Por suerte, el tío Pablo era un hombre joven y fuerte y logró alcanzar lugar y viajar sentado.
El tren se llenó con bastante rapidez y mucha gente que estaba acostumbrada a viajar de pie se fue acomodando entre los asientos, que iban respaldo con respaldo y formaban un espacio. Ahí se acomodaban señores, señoras, niños y niñas, o bien colocaban a los animales que iban en costales o en huacales.
Junto al tío Pablo se acomodó una señora de edad madura, sin ser anciana, y le preguntó a Pablo si podía subir su cajita en la parte de los guardabultos, junto al equipaje de mi tío. Él aceptó y entre los dos acondicionaron el espacio. La señora colocó su caja, al tiempo que el tren comenzaba a avanzar.
Cuando iba por Toluca, como era de esperarse, pasaron los boleteros para verificar que todos contaran con su boleto. Quien no lo tuviera tenía que pagar el pasaje ahí mismo, pues no se permitía que nadie viajara sin pagar.
El tren siguió su largo recorrido y llegó a una estación cerca de Atlacomulco, donde se subieron señoras cargando grandes cubetas y canastas en las que llevaban mole, arroz y tortillas para vender. El tren se convertía en un festín y todo era alegría para quienes podían pagar por un platillo de mole con guajolote. La posibilidad de que el mole alcanzara para quienes viajaban en primera clase dependía de qué tan llenos fueran los vagones de segunda y del consumo que en ellos se hiciera de la comida.
Sobra decir que mi tío cenó mole y un jarro de café de olla, pero le comenzó a llamar la atención el cuidado y vigilancia que la señora que iba de pie a su lado ponía en la caja, que era un poco más grande que una caja de zapatos para adulto. La notó cansada y le ofreció su asiento por un rato, a lo que la mujer accedió, no sin antes decirle “Por favor, ahí le encargo mi cajita”.
Durante algunas horas Pablo cuidó aquel misterioso tesoro, entre empujones de las personas que caminaban rumbo al baño, que se encontraba en la orilla del vagón. Para cuidar de la caja con mayor atención, Pablo le sugirió a la dueña que él podía llevar la caja en el piso, entre sus pies, pero la señora se negó rotundamente a que tocara su caja.
Luego de un par de horas, la mujer de la misteriosa caja volvió a dejar sentar a mi tío y así fueron turnándose el asiento.
El camino hacia Uruapan se hacía largo porque tenía muchas curvas, y no puedo negar que algunos nos preguntábamos por qué no pusieron la vía recta.
Pronto llegaron a un túnel largo y se escuchó un alboroto de personas que discutían. Parecía un intento de riña al que mi tío no le prestó mayor atención. Las personas que iban de pie comenzaron a cambiar de lugar y el movimiento del tren seguía. Cuando tocó el turno de ir sentada a la señora, ya la mayoría de los pasajeros iban dormidos, y así llegaron a una estación cerca de Contepec, donde con extraña rapidez descendieron del tren varios hombres, por lo que Pablo pudo sentarse frente a la señora, quien le preguntó si faltaba mucho para Morelia.
– Sí, aún falta mucho- contestó el joven. La señora se puso de pie para verificar que su caja estuviera a buen resguardo, pero el tesoro ya no estaba. La caja misteriosa había desaparecido.
La señora comenzó a llorar y los pasajeros que la rodeaban, al verla tan afligida, comenzaron a buscar la caja. Otros comentaron que el alboroto en el túnel había sido porque parecía que unos ladrones iban a bordo del Purépecha. Nadie sabe cómo le hicieron para deslizar la caja a lo largo del guardabultos y en la estación recién pasada uno de los tipos la había bajado consigo y había salido huyendo, aprovechando que ella dormía. Otros pasajeros también lamentaron la desaparición de sus equipajes.
El caos reinó al interior del vagón, pero entre los afectados la señora era la más, y su llanto era lastimero y conmovedor. Mi tío estaba muy sorprendido, mientras procuraba brindar consuelo a la mujer diciéndole que no se preocupara, que las cosas van y vienen. No faltaron lo que se ofrecieron para cooperar con algo para compensar su pérdida, pero la señora estaba ahogada en lágrimas y no aceptaba nada, sólo quería su caja de regreso.
Intrigado, Pablo se atrevió a preguntarle.
- ¿Pues qué llevaba usted en la caja, que le es tan preciado?-le dijo. La señora respondió con palabras entrecortadas por el llanto:
– Traía el cadáver de mi nieto recién nacido. Somos muy podres y no tuvimos dinero de para enterrarlo en la ciudad, y como mi hija sigue en el hospital yo decidí llevarlo a sepultar al pueblo. Lo puse en esa caja, con unas cobijitas y por eso cuidaba tanto a mi angelito. ¿Qué voy a hacer ahora?, ¿qué le voy a decir a mi familia? ¡Se han robado el cadáver de mi angelito! - Todo fue silencio en el vagón. Nadie pudo pronunciar una palabra más. Mi tío, que era un hombre valiente y hosco, sacó su pañuelo y secó sus lágrimas, no sin antes maldecir a los malditos ladrones.
Al cabo de unas horas el tren llegó a su destino. Todos los pasajeros bajaron poco a poco, sin pronunciar una palabra sobre el incidente, pero yo, desde que escuché esta historia, nunca he dejado de pensar en la sorpresa que los bandidos se habrán llevado cuando destaparon la caja aquella. Sabrá Dios si el susto les habrá servido de escarmiento, o si esa abuela los habrá podido perdonar por haberla despojado así de su angelito. Quién sabe si las autoridades del tren se habrán enterado de lo ocurrido, pero lo cierto es que El Purépecha siguió recorriendo su ruta durante muchos años más, guardando en sus vagones historias insólitas como esta.



